RAFAEL ESCALONA MARTÍNEZ, nacido en Patillal, Cesar, un 26 de mayo de 1926, fue una figura que habría cumplido 100 años de edad de encontrarse aún en este plano. Ahora lo acoge la eternidad, pero sus letras y su esencia siguen perpetuándose en la mente de quienes, como él, soñaron y siguen soñando con tener una casa en el aire.
Sus letras, cómplices generacionales de hombres que buscaban llamar la atención de las mujeres que les robaban el sueño, son muestra de una inigualable inspiración que miles han apropiado por décadas para transmitir su amor. Y sí, tan importante fue su legado que se narró en una telenovela de amplia difusión y reconocimiento, Escalona, protagonizada entre 1991 y 1992 por el cantante Carlos Vives, con el sello autoral de un joven Sergio Cabrera.
Al respecto de un ícono cultural como pocos en el folclor vallenato y musical de Colombia, Astrid Escalona y Efraín Quintero Molina compartieron con Arcadia detalles de la vida del maestro. Estos permiten forjar una mirada más profunda del gestor de canciones como El testamento y La vieja Sara.
Quintero Molina, actual vicepresidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, conoció de cerca a Escalona. Fue su vecino. “Desde muy niño lo conocí, porque su mamá, Margarita Martínez, vivía a menos de una cuadra de mi casa, donde residían el maestro Escalona y sus hermanas, Justa y Matilde”, menciona. Por eso, para la familia de Quintero, Escalona era “muy allegado”.
Por otra parte, Astrid Escalona, su hija, quien lidera la Fundación Rafael Escalona junto con su hermana Carolina, define al maestro como “un caballero de nobleza profunda, afectuoso y de una elegancia innata”.
Sobre Rafael, Quintero afirma que se trataba de “un hombre muy recatado, muy serio y muy observador”, una faceta que exalta un deseo que Rafael tuvo desde niño: ser pintor. Astrid destaca que “la pintura fue su primer talento cuando era niño”, y no es descabellado pensar que influyó en la forma en que percibía el mundo, alimentando su capacidad de observar y luego escribir, así como un pintor observa para después pintar.
Muestra de ello son los versos que le escribió a una ternera que le regalaron. “Donde aparecía una historia cualquiera, él tenía la capacidad de hacer un verso”, explica Efraín, mientras que Astrid enfatiza que Escalona “poseía una facultad excepcional para relatar las vivencias y tradiciones populares, definiendo su propia creación bajo una narrativa costumbrista”. Aquellas canciones que compuso para las musas que pasaron por su vida evocan cuadros de grandes pintores, realizados desde la inspiración que agitan amores y sentimientos.
Su gusto por la pintura también se manifiesta en aquel clásico lleno de añoranza que le escribió a Jaime Molina, su amigo del alma, que le dedicó desde el corazón y el vacío que le dejó su muerte. Esta canción exalta una legendaria promesa entre los dos: “...si yo moría primero él me hacía un retrato, o si él moría primero le sacaba un son”; pero, a raíz de la muerte de su amigo, escribe: “Ahora prefiero esta condición, que él me hiciera el retrato y no sacarle el son”.
La partida de Jaime, el pintor, impactó en gran manera a Rafael. “Los dos hicieron una pareja impresionante donde la amistad creció”, relata Quintero Molina. Mientras tanto, su hija revela que “se conocieron desde muy niños; sus madres eran amigas e iban a lavar al río, y a los dos los amarraban de las manos con una cinta roja para que no se separaran ni se alejaran mientras jugaban cerca de ellas”. Esa cinta roja fue a la vez materialización y presagio de aquella relación inmortalizada a través de un himno de amistad y confidencialidad.
Fue al ver la habilidad de Jaime en la pintura que Escalona decidió dejarla a un lado. Pero luego, al morir Jaime, la retomó, dejando un legado maravilloso en ella. Astrid describe que, al despedir a Molina, “Escalona no solamente le hace la canción, sino que también le hace un retrato y, a finales de los años ochenta, escribe la canción La mariposa del río Badillo”, que relata lo que Jaime Molina le responde desde el cielo a Rafael.
Escalona no fue una figura relegada de la provincia, sino un personaje activo dentro de la vida social y política colombiana. Astrid cuenta que cuando él llegó a Bogotá, “arribó desconociendo el alcance de su prestigio en la capital, siendo acogido con un afecto inmenso que le abrió las puertas a la consagración”.
A raíz de esto se “desencadenó un notable despliegue mediático y el interés del entonces presidente Gustavo Rojas Pinilla, quien reconoció su genio artístico. Fue recibido con honores en los escenarios más exclusivos y en las altas esferas políticas y sociales del país, encontrando en la capital un reconocimiento que contrastaba con su realidad en el Valle en aquel tiempo”, suma Astrid. Su afecto por Bogotá no pasa, pues, desapercibido. “Él solía decir que Bogotá lo acogió con un equipaje cargado de sueños, los cuales hallaron en esta ciudad el escenario propicio para transformarse en realidad”, agregando que “Bogotá siempre amó a Escalona y Escalona amó a Bogotá”, pues hizo de la capital “su hogar durante más de tres décadas”.
Adentrarse en la mente de este compositor es abrir el cuaderno de un poeta y sumergirse en sus vivencias, atravesadas por felicidades, gozos, tristezas y lágrimas marcadas en la fragilidad de una hoja que, hoy y siempre, se disfrutarán a través de los oídos. Quizá por eso, su genialidad no se resume en algo local, tocando la universalidad misma de la música. No en vano, la junta directiva de los Latin Grammy le confirió el premio especial de la Academia, un solemne tributo a la excelencia y permanencia de su obra musical.
La conexión existente entre la música y la pintura en la vida de Escalona no es forzada; opera como un complemento inseparable. Por ejemplo, cuando el compositor acompañó a su amigo Gabriel García Márquez a la entrega del Premio Nobel, “compuso “El vallenato Nobel”, una melodía que posteriormente inmortalizó en un lienzo que hoy se custodia en la Casa Museo Rafael Escalona, en la ciudad de Bogotá”, detalla su hija.
En lo estrictamente musical, Efraín Quintero resalta que la “escuela de parranderos hizo que el maestro Escalona fuera construyendo versos con sus amigos, con el viejo Emiliano Zuleta, con Poncho Cotes, y esos amigos de parranda hacían una especie de laboratorio”, ampliando que “la parranda fue el primer laboratorio de música”. Y aunque Escalona no tocaba instrumentos, la musicalización “la silbaba o la tarareaba”, y después alguien “con la guitarra arreglaba eso”, siendo este el origen de algunas de sus famosas canciones.
Quintero describe a Rafael como “inmortal”. Su hija lo define como “el hombre que enalteció a Colombia mediante la grandeza de su legado artístico y cultural”. En últimas, fue el artista que hizo de la cotidianidad canciones; de las mujeres, musas; y de las musas, himnos.
Recordar a Rafael Escalona es recordar la grandeza del territorio que lo vio nacer y el misterio de la mujer colombiana que tanto lo inspiró. Escalona partió de este mundo, sí, pero ahora habita aquella casa en el aire que le construyó en letras a su hija Ada Luz, la morada de uno de los artistas que más apreciará Colombia.