La libertad de vivir y de crear es paradójica. Se piensa un derecho natural, una manera de vivir normal, hasta que se entiende que millones alrededor del mundo no la tienen. Para muchas de estas personas, y Jafar Panahi es una de ellas, aspirar a la libertad es una causa existencial desde la labor que desempeñan. Es la única opción que les brota y, hasta que la fuerza mayor se los impida, contra todo, encuentran una manera.
Nacido en 1960, en Mianeh, Irán, el director declara (en encuentro con medios latinoamericanos de los que SEMANA formó parte) que no quiere vivir en otro país y no se cree capaz de hacer otra cosa que no sea cine. Esto, a pesar de que las autoridades iraníes le han demostrado a la fuerza que no aprecian su vocación y quisieran que se detuviera. Que Panahi siga empecinado en crear en esa tierra en la que se le persigue, a la que siempre regresa, después de haber sido encarcelado en dos ocasiones por su manera de pensar, manifestarse y crear, es una testarudez coherente con su llamado.
“Hagan lo que hagan, el artista hará su trabajo”, explica. Y suma con la entendible acidez de la experiencia personal y perspectiva histórica que “hoy no se puede hacer con los artistas el tipo de cosas que se hacían 40, 50 años atrás”.
En 2010 fue por primera vez a prisión, pues se pronunció contra la reelección de Ahmadineyad. Pasó 15 días en confinamiento solitario antes de compartir celda con tres personas; y cuando quedó libre, se le prohibió filmar y viajar por 20 años, bajo amenaza de seis años de prisión. La segunda vez, aplicando esa amenaza, dejó una huella aún más profunda. Se extendió por siete meses, entre 2022 y 2023. Al salir por primera vez de prisión, apuntó la cámara hacia él mismo. Al salir por segunda vez, miró a otros. “Cuando vives con un grupo de personas durante siete meses en prisión, sientes lástima por ellas. Escuchas sus historias y, con el paso del tiempo, se quedan en tu mente. Cuando salí de la cárcel, sus historias desfilaban ante mis ojos y corazón, una a una, y de alguna manera las tenía presentes. Eso fue fundamental”.
De ahí nació Fue tan solo un accidente, el undécimo largometraje de su carrera, que, como todo lo que ha hecho desde 2010, hizo clandestinamente, a su manera, sin obedecer al control del Gobierno ni a las restricciones. La película ganó merecidamente la Palma de Oro en Cannes 2025 ante una gran competencia, como Sentimental Value, de Joachim Trier, otra enorme película que llega pronto. En los Premios Óscar tiene todo para ser nominada, como mínimo, a mejor película y a mejor película extranjera. Ahora llega a los cines de Colombia el jueves 4 de diciembre, vía Cineplex. No se la puede perder.
Es importante recordar que se estrena, pero pudo no haber sucedido. A Panahi trataron de detenerlo. Instigaron a su equipo para frenar el trabajo. Pero la experiencia los ha dotado de estrategias para evitar riesgos y proteger avances. Cuando las autoridades se acercaron demasiado, Panahi detuvo la producción un tiempo… cuando sintió las aguas más tranquilas, la completó.
A todos los colaboradores y actores seleccionados (la mayoría naturales), les preguntó si estaban dispuestos a participar en un proyecto arriesgado. Asumieron el compromiso compartido y el resultado es un filme memorable a muchos niveles. A partir de lo dicho en esta nota, se puede pensar que es un dramón absoluto. Y sí, hay drama y revisión de traumas profundos; estos explican por qué la trama se desenvuelve como se desenvuelve. Pero la película se hace más que eso de manera brillante por la manera (a la vez plausible y absurda) en la que encadena historia y personajes, e ilumina dinámicas sociales que, en ciertos puntos, nos llevan a visitar la risa.
Al respecto de este inesperado y genial vaivén tonal, Panahi anota que, de lo que ha visto, secuencias que hacen reír en Occidente no tienen el mismo efecto en Oriente. Pero acepta que sí quería que hubiera humor en la película, “antes de los últimos 20 minutos, porque quería que esos últimos minutos fueran realmente impactantes. Cuando sales del cine así, la película sale contigo. Y si la película hubiera sido unilateral desde el principio, esa última secuencia habría perdido su impacto”. Esta respuesta quizá siembra semillas en los cines que descartan modular sus tonos para maximizar sus impactos. El asunto, también vale anotarlo, es que Panahi es un guionista de altísimo nivel con coguionistas a su altura, y esa es una consecuencia de su maestría.
Parte clave de ese final que desnuda el filme (del cual no queremos revelar demasiado, pues suma llegar sin preconcepciones) es el sonido. Un simple accidente en la carretera desencadena las acciones, pero un sonido da rienda suelta a la trama, y otro, que cada quien juzga a su manera, la cierra. Sobre ese aspecto, Jafar anota que no suele apelar a la música; la considera una especie de manipulación emocional. “En este caso, el de ser crudo, hubiera resultado contradictorio usarla. Recurro más a los sonidos que nos rodean, al barullo. Creo que así el público se adentra más en la historia y siente más el lugar”. Y si escucha un cuervo, no es coincidencia. Panahi explica que “tienen la función de ser informantes en diferentes culturas”, y acepta que sumó uno en posproducción.
Se le pregunta si cree que su cine puede impactar cambios. Responde que no espera un impacto o influencia social inmediata, pues eso lo acaparan hoy los medios de comunicación y las redes sociales, que “en un instante crean atmósferas para la gente”. Pero sí demarca su terreno de intención: “Una película permanece en la memoria cinematográfica y en la memoria de la historia de cada país. Es en ese terreno que se da su impacto”. Ofrece, entonces, el ejemplo de su cinta Offside (2006), en la que abordó una de sus causas, la de la igualdad para las mujeres. “Unos me dijeron que un día las mujeres finalmente podrían entrar al estadio, y otros que ese no era un problema real. Pasaron casi 18 años hasta que las mujeres pudieron ir al estadio, y eso es lo que la película ha registrado, una época, unas restricciones y unos problemas que tenía la gente”.
Panahi se prueba un maestro en contar historias en la pantalla, manteniendo suspensos y ofreciendo incluso risas.
Tiempo después de haber escrito su cinta, de haberla filmado, presentado en Cannes y triunfado, de haber ido y vuelto a su país, todavía los recuerdos de las personas que conoció tras las rejas lo acompañan. Hay cicatrices que se borran con el tiempo, pero no suele ser el caso con los lazos humanos profundos. Por eso pensó sobre qué podría suceder si una de estas personas saliera a la libertad y se encontrara con una persona que la torturó, y creó esta producción que no se puede rotular y, por eso mismo, sale con uno del teatro.
“Cualquier forma, cualquier Gobierno, cualquier régimen puede crear muchas dificultades para la gente, puede prohibir muchas cosas, pero con talento y con pensamiento se encuentra una manera de resolver estas cosas. Es necesario seguir adelante, nunca detenerse”, asegura un director que mediante la acción deja un legado enorme. “Desde mi experiencia, si pones a un artista en prisión, un día, de alguna manera, hará una película inspirada en esa prisión”, concluye el valiente.