En la galería Diners tienen lugar un trío de exposiciones cuyo punto en común consiste en la convicción de que a través de la pintura todavía queda mucho que decir, o mejor, de que aún no existe un medio más apto que la pintura para expresar las sensaciones, intuiciones y reflexiones propias de la era contemporánea. Cada exposición, sin embargo, hace manifiesto un particular sistema de valores y unas estrategias peculiares, y por consiguiente, cada una irradia una personalidad distinta y unos propósitos creativos singulares, los cuales, pese a su disparidad, reflejan posiciones características del arte de finales del siglo XX. Ana Patricia Palacios presenta unos bodegones sui generis en los cuales el color se condensa en el fondo de las representaciones mientras que las flores, macetas y floreros que componen su temática están primordialmente dibujados, lo cual les otorga cierto carácter de recuerdo más que de producto de una observación atenta. Son bodegones que hablan de cotidianidad y repetición, que plantean interrogantes acerca del arte y del mundo en el momento actual, y cuya presencia atractiva y poética, además de revelar un gran dominio técnico y una especial sensibilidad para las superficies y el pigmento, reivindica la individualidad como prerrogativa artística en estos momentos de uniformidad y globalización. La exposición de Margarita Gutiérrez representa un cambio en el rumbo expresionista y espontáneo de su producción puesto que ahora su trabajo es resultado de una detenida investigación acerca de los motivos decorativos que caracterizaron los años 50, década en la cual nació la pintora y aprendió a entender el mundo creado por el hombre. La artista utiliza telas de esa época, que combina con abstracciones apoyadas en las formas de los muebles y otros implementos característicos del diseño de mediados de siglo, para crear imágenes evocativas, de talante autobiográfico, las cuales traen a la memoria, por sus colores agudos e irregularidad, las obras de artistas como Calder y Miró. La obra de Iván Rickenmann fusiona áreas imprecisas grises y amarillas con zonas de admirable realismo que evidencian el contexto urbano de sus experiencias. En sus lienzos figura prominentemente una baldosa azul que remite a baños o a clínicas, sobre cuyo trazado el artista representa elementos de la vida cotidiana como rejillas y bombillos, haciendo gala de una innata habilidad en la interpretación de sus características y materiales. Sus imágenes proyectan un ambiente apesadumbrado y angustiante, premonitorio de deterioro y soledad, pero al mismo tiempo permiten vislumbrar una esperanza de redención a través de los raciocinios que suscitan tanto la ejecución como la apreciación del arte.