Hay calamidades de ficción, inimaginables en su escala, y, como Colombia lo ha vivido esta semana (y Venezuela, con brutal intensidad, el último mes), hay calamidades demasiado reales que traspasan lo milenario y nos recuerdan lo vulnerables que somos. Son tan vastas y devastadoras que logran, por unos instantes poderosos, borrarnos el fanatismo político y la división en la que vivimos sumergidos y nos ponen a (casi) todos del mismo lado.
En la ficción o en la realidad, esta línea borrosa entre la vida y la muerte ratifica al arte como espejo y herramienta masiva de catarsis. Porque no hay disyuntiva más radical que esa hasta que se sobrevive. Entonces, a diferencia de quienes todo lo perdieron, incluida la vida, se decide entre ayudar o quedarse quieto. Primero se sobrevive, luego se puede ver de nuevo a la existencia, no como algo dado, sino como algo precioso. El vecino insoportable deja de serlo, y recordamos que es un ser humano de carne, hueso y espíritu, al que hay que salvar, o lo puede salvar a uno.
Estos temas y otros más íntimamente familiares toca El final de la calle Oak, la película dirigida por David Robert Mitchell, que llegó esta semana a cines del país. Mitchell se hizo un nombre en Hollywood recientemente con cine de horror (el filme de culto It Follows lo puso en el mapa) y aquí toma varios lenguajes cinematográficos para mezclarlos con gran efecto, imprimiendo un espíritu de aventura y de incertidumbre.
En el corazón de la cinta se siente el código de películas como Super 8, de J. J. Abrams, y el universo ochentero de Steven Spielberg (del que E. T. es embajador y del que nació una serie como Stranger Things). Pero hay un giro particular que viene por cuenta de integrar un elemento inesperado pero clave del Spielberg de los noventa: ¡dinosaurios que no tendrían por qué estar en esa Tierra, en ese tiempo, interactuando con esa humanidad!
La trama se centra en una familia clásica estadounidense en 1985, feliz en la superficie, pero con grietas que la tienen andando con freno de mano. La integran un padre (Ewan McGregor) que, por prevención, no es tan honesto con su mujer como quisiera respecto a las dificultades de trabajo que enfrenta. Lo acompaña una aguerrida madre (Anne Hathaway) que, por exactamente las mismas razones, no es tan honesta con su marido como quisiera sobre sus aspiraciones como escritora y sus frustraciones con él. Asimismo, una hija adolescente (Maisy Stella) y un hijo (Christian Convery), que no son ajenos a los evidentes distanciamientos. Y, entre todos, el cachorro fiel, Starbuck, que mantiene a la familia unida, o esperanzada, cuando se ve enfrentada a una situación absolutamente inusual.
Por cuestiones en principio inexplicables, una noche, una extensa parte de su barrio se ve transportada hacia la prehistoria. Así pues, unas cuantas calles del suburbio clásico de las series gringas se ven primero cercenadas, luego rodeadas por una flora exuberante, densa. Lo más complejo es, claro, que sus perfectas calles y patios se ven lentamente invadidos por las criaturas que dominaron en aquellos tiempos, con sus enormes dientes y su hambre insaciable. Con ellos, anfibios enormes y reptiles de tamaños asombrosos y aterradores. Tanto como al silencio que oculta sentimientos, a toda esa fauna hay que correrle.
Más allá de la imagen balanceada que proyectaba hacia el barrio y la sociedad, esta unión familiar agrietada se ve obligada a luchar por sobrevivir. Y en medio del camino para entender lo que sucede, en la cara de las pérdidas de vidas y el cambio radical entre lo que era existir ayer y lo que es un hoy radicalmente diferente, afloran los temas callados, estallan las verdades ocultas de lado y lado.
Lo bello es que, desde ahí, ante la cara del peligro y la pérdida, y gracias a haberlo dicho, se ve cómo esa oscuridad pasa a segundo plano. La odisea es sobrevivir y, solo si se puede, como se pueda, volverse a querer de nuevo, ignorando el ruido de lo inconsecuente.