Cuando mi señora llegó a la casa, terminaba de tomarme el vaso de agua número 87 y sentía que la vejiga me iba a explotar. –¿Qué pasa? –se sorprendió al verme–: ¿por qué pareces embarazado? –Me he tomado 87 vasos de agua y debo llegar a 500 –le respondí. –¿Te embobaste? –me preguntó con su acostumbrada impaciencia conyugal. –Nada de eso –le dije–: a los 500 miro si el agua enferma como el glifosato: me faltan apenas 403… –Serían 413 –me corrigió–. Ni siquiera sabes restar… Podía tener razón: mis conocimientos matemáticos son tan lamentables que podrían nombrarme presidente del Senado. Pero ni sus comentarios desobligantes, ni mi evidente hinchazón abdominal (y los ruidos de ultratumba que comenzaba a producir) podían menoscabar mi tarea. Tarea que más parecía una gesta, o una ingesta, según se vea, y que surgió en el mismo momento en que escuché las declaraciones de Marta Lucía Ramírez en que, por defender el uso del glifosato, terminó diciendo que 500 vasos de agua también podían enfermar. Si está suscrito y quiere leer la columna completa haga clic en este enlace, sino registrese aquí.