Llega el Mundial de fútbol pero los conflictos sociales y políticos siguen su curso. Se escucha La Marsellesa de Francia, La Marcha Real de España, los cantos legendarios de 48 países. Rueda el balón en México y millones de televidentes en cinco continentes acogen la pausa. El anfitrión central es Estados Unidos. Setenta y seis de los 104 partidos del Mundial serán en 11 de sus ciudades. La final se jugará en Nueva York el 19 de julio. El conflicto entre Estados Unidos e Irán ocupa la atención del planeta, pero sus selecciones tienen cupo en la fiesta.
No van a encontrarse en la cancha, pero el orden internacional debe ceder ante la tregua deportiva. En el reverbero de Europa el gobierno turco distensiona el Oriente Medio y mantiene su contrapeso con Israel, pero ahora el reto inmediato es superar el tercer puesto de Corea-Japón 2002. Es un asunto nacional. El antagonista natural es Croacia, pero a los croatas les tocó con Inglaterra, y en el país de las 1.000 islas en el Adriático no olvidan el reconocimiento inglés a su independencia, ni tampoco cómo Croacia los eliminó en tiempo extra en la semifinal del Mundial de Rusia 2018.
La historia teje los hilos del mundo y el fútbol acompaña con recuerdos de victorias y derrotas. El pentacampeón Brasil enfrenta por quinta vez a Escocia en los mundiales, un destino siempre saldado en favor de la verdeamarela. Cuentan en Bangú que a finales del siglo XIX un escocés fue el primero que enseñó a los trabajadores de Brasil a jugar fútbol. La canarinha también compite contra Marruecos, cuarto lugar en Catar 2022 y campeón en la Copa Africana de Naciones, con una sociedad que vive en paz, rodeada de tensiones, pero que ahora abre el paréntesis para apoyar a su selección.
Las mismas esperanzas de festejo se viven en Congo, una antigua colonia belga hoy en los focos del mundo por el virus del ébola. La guerra interna también agrede a su gente, pero espera que el fútbol entregue alguna alegría. Esa sociedad ya tuvo un Mundial, Alemania 1974, cuando el país se llamaba Zaire y el técnico era el yugoeslavo Blagoje Vidinic. Un exarquero que terminó el Mundial y fue a dar a Colombia, donde no pudo repetir la hazaña en 1978. Por coincidencia, Congo enfrenta a la tricolor colombiana a bordo de su séptimo Mundial.
Hay tensión en Colombia por la reincidencia de los violentos y el calibre de las elecciones, pero el Mundial 2026 se asoma y la sociedad se une para ganar o perder. La selección también enfrenta al encopetado Portugal, con sólida economía de mercado no exenta de problemas sociales, y con el debutante Uzbekistán, con atención en sus fronteras, pero esperando el alivio del fútbol. Ecuador también afronta afugias porque los criminales ganaron terreno, pero la selección convoca al país y el partido estelar en primera fase es contra Alemania.
Ya se midieron en 2006 y la victoria fue germana. Pero el fútbol es como la vida, cada partido es una revancha. La aplanadora teutona es favorita y su sociedad confía porque conoce las recompensas del fútbol con cuatro campeonatos. El de Italia 1990 resultó la antesala de la reunificación de sus territorios. Ahora se mide también con Costa de Marfil, un antiguo protectorado francés de presente estable que quiere celebrar; y con el debutante Curazao, país constituyente del reino de los Países Bajos en el mar Caribe que si no desentona de su ascendente futbolístico habrá cumplido.
Países Bajos también obtuvo el tiquete mundialista. El bálsamo social sería que después de tres subcampeonatos mundiales se diera el paso a la gloria. Su sociedad controvierte por el incremento del gasto militar, pero antes de resolverlo la naranja mecánica debe ganarle a Suecia, que retorna después de ocho años y espera darle a su sociedad unos días de júbilo. Desde que rompió su neutralidad política y apoyó a Ucrania tiene tensos a sus habitantes, pero sus rivales también tienen cargas sociales por alivianar con cada gol que anote su selección.
La inteligencia artificial concluye que los favoritos son España y Francia. La ‘furia roja’ ya ganó en Sudáfrica 2010 y los galos se llevaron las copas de Francia 1998 y Rusia 2018. En el papel no tendrán contratiempo para superar a sus rivales, pero nada está escrito porque jugar un Mundial es hacerlo para la historia. Cabo Verde es el antagonista con menos rodaje frente a los españoles, pero en este antiguo territorio portugués insular que por primera vez asiste a un Mundial, jugarlo es una dádiva. En todas las naciones que compiten hay azares, pero las selecciones representan.
Francia desembarca con tesoros, pero Senegal llega a su cuarto Mundial y tiene el respaldo de una sociedad en estado de paz vigilante que acompaña a sus baluartes. Es tribal. Noruega lleva cuatro mundiales, este es el primero del siglo XXI. Desde que Rusia desestabilizó a Europa vive en máxima alerta. Pero su selección interviene en el Mundial, le tocó ante Francia, y sabe que ganar sería una locura. México y Canadá son también anfitriones. No comparten las andanzas guerreristas de su vecino, Donald Trump, pero confían en que nada grave ocurra y que sus selecciones ganen.
El país azteca es hoy el tercer país con mayor criminalidad del mundo, pero lleva tres mundiales organizados y 18 jugados. La meta de la selección es superar los cuartos de final de 1970 y 1986. Tendrá el partido inaugural frente a Sudáfrica, que organizó el Mundial de 2010 después de dar lecciones políticas al mundo. Canadá se mantiene distante de las guerras mientras edifica la octava economía del mundo, pero ahora está concentrada en su selección, y se mide a Catar, que quiere ser difusor de diálogo y diplomacia y que su equipo ratifique los avances del balompié asiático.
Es un asunto de honor. Bosnia conserva heridas de la desintegración de Yugoslavia, pero también las raíces futboleras de su pasado balcánico. Suiza lleva 12 mundiales enarbolando la cruz blanca y orgullosa de su neutralidad perpetua, pero otra historia es en la cancha. Argentina es el campeón vigente. Desde su victoria en Catar 2022, la polarización política protagoniza, pero la selección ya hizo el llamado y enfrenta a Argelia y Jordania, donde se vive con el ojo entre dormido por los incendios de Oriente Medio, y a Austria en busca de dejar su huella mundialista.
Se estima que cerca de 5.000 millones de seres humanos verán el espectáculo por televisión o a través de las plataformas digitales en 195 países, y que la cifra de ingresos del negocio completo superará los 41.000 millones de dólares. Pero más allá de las ganancias deportivas y económicas, la esperanza del mundo es que el 19 de julio, cuando concluya el evento, cese la pausa y las naciones vuelvan a sus distintas realidades sociales y políticas, la violencia no haya usurpado los escenarios y las memorias del fútbol hayan actualizado el registro de sus alhajas.