Para obtener resultados distintos, hay que hacer apuestas diferentes. Esa frase ha sido el derrotero de Eduardo Sosa, fundador de la empresa que hoy se conoce como Colchones Dormilife. Arrancó en 1999, uno de los años más difíciles en la historia reciente del país, con una dura recesión económica.
Boyacense de origen, Sosa se trasladó desde su infancia a Bogotá, en donde ha desplegado toda su inventiva empresarial. Comenzó con un negocio de venta callejera, amparado en aquel formato inolvidable del comercio que consistía en dejar la mercancía en el hogar con un pago inicial y luego volver de manera periódica a cobrar por cuotas.
Salía con una carreta cargada con cinco colchones a recorrer los barrios del sur de la capital, en donde las familias se entusiasmaban con la idea de estrenar hoy y pagar luego. Y le fue bien. De esa primera experiencia aprendió que el resultado del negocio dependía no solo de vender, sino de saber cobrar, administrar y reinvertir.
Con esa ecuación como fórmula, dio su siguiente paso: fabricar y poner el sello personal a una mercancía que, luego de varias evoluciones tecnológicas, hoy se inscribe en el segmento de alta gama. “Empezamos con las uñas, fabricábamos colchones de mota, rellenos. Luego aprendimos a hacer el tapizado, con espuma y unidad resortada, pero todo era muy artesanal”.
De la mano de Beatriz Villa, socia de negocios y de vida, fueron subiendo peldaños. Por ejemplo, se lanzaron a vender en centros comerciales a medida que acuñaban productos cada vez más sofisticados.
Para ello viajaban a conocer mercados desarrollados, de donde traían ideas y luego maquinaria para ir armando sus plantas a fin de producir colchones, camas eléctricas, así como para fabricar resortería y espuma. “Les dábamos un toque adicional a ciertas tecnologías y materias primas que en ese momento no existían en Colombia y así le fuimos agregando un diferencial al producto”, recuerda Sosa.
Se encuentran entre los pioneros en camas eléctricas o “inteligentes” y ahora producen también sillas masajeadoras. Entretanto, en cuestión de camas, acuñaron el lema que explica el nombre de la empresa: “La cama no solo es para dormir, sino para vivir”, en alusión a las variadas funcionalidades que le agregan, como la vibroterapia.
“No pretendemos curar enfermedades, sino prevenirlas. Después de la pandemia, los colombianos se concientizaron de que la cama no es solo un mueble. Por eso, el mercado de alta gama ha tomado fuerza”, afirma. Tanto es así que las ventas de la compañía, en promedio, ascienden a 25.000 millones de pesos al año. Eso sí, también hay altibajos, surgen temas regulatorios, arancelarios y tributarios, pero Sosa sigue en el camino de enfrentar obstáculos e innovar.
Así pues, ya preparan una novedad que saldrá al ruedo en diciembre: la incorporación de un sistema de regulación de sueño a sus colchones, con marcaciones de todo lo que le sucede al cuerpo durante el descanso.
“No ha sido fácil, pero no hay otra opción que mirar hacia adelante”, concluye.