Este año, la moneda que más se ha fortalecido en todo el planeta no es el euro, ni el yen, ni el real brasileño. Es el peso colombiano. En doce meses se valorizó cerca de 23 % frente a un dólar que, contra el resto del mundo, venía subiendo. La Tasa Representativa del Mercado cayó a niveles que no veíamos en siete años.

Gráfica 1 — La variación año a año del peso (USD/COP desde 1991). El peso en un extremo de fortaleza pocas veces visto: la caída interanual del dólar es de las más profundas de toda su historia. Foto: API

Para quien exporta café, flores, petróleo, servicios esa no es una buena noticia: cada dólar que trae rinde menos pesos. Para el resto del país, es la sensación extraña de un dólar barato que nadie pronosticó.

¿Por qué está pasando? La respuesta que circula es tranquilizadora y muy colombiana. Bancos como Goldman Sachs, que hasta revisaron sus proyecciones para darle la razón al peso, lo atribuyen a nuestros propios méritos: la promesa de un ajuste fiscal de más del 3 % del PIB, un Banco de la República firme que sostiene la tasa en 12 % y hasta un “desacople” del petróleo. Virtud local, premiada localmente.

Es una buena historia. El problema es que está contada mirando solo hacia adentro.

Cuando algo es la excepción, la causa suele estar afuera

En el estudio de los sistemas complejos hay una intuición útil: cuando un elemento se comporta distinto a todos los que lo rodean, la causa casi nunca es lo que todos ya ven. El peso no se movió parecido al resto de monedas; se movió más que ninguna. Esa rareza es una pista. Y las pistas, esta vez, apuntan hacia afuera de Colombia.

Empecemos por lo que en los mercados llaman carry. Es sencillo: el peso paga una de las tasas de interés más altas del mundo. Para un inversionista global que se endeuda barato en yenes o dólares, prestarle a Colombia al 12 % es un negocio tentador. No compra pesos por fe en el ajuste fiscal; los compra por el rendimiento. Hoy Colombia es el tercer mayor carry entre las monedas líquidas del planeta, detrás solo de Turquía y Brasil. Su fortaleza y su tasa alta son, en el fondo, el mismo hecho visto dos veces, y esa decisión se toma en Nueva York y Tokio, no en Bogotá.

Gráfica 2 — El peso, entre las monedas que más pagan del mundo. Diferencial de tasa frente al dólar: Colombia en el podio del carry global. Foto: API

Ese apetito global tiene termómetros. El principal, que los operadores vigilan hace décadas, está en zona de euforia. Al tiempo, el petróleo —que sí importa, y mucho, para el peso— ya tocó techo y empezó a devolverse. Y el euro, que pesa más de la mitad de lo que mide al dólar, muestra señales de darse vuelta: si el euro cae, el dólar sube contra todas las monedas emergentes, Colombia incluida. Son cuatro fuerzas externas, todas apuntando en la misma dirección y todas maduras.

Y una corriente que no aparece en las cuentas

Hay un motor más, y lo ha planteado el exministro Andrés Arias, hoy cohost del podcast 10 AM Pro: la economía ilegal. Colombia vive un récord histórico de coca —según Naciones Unidas, unas 253.000 hectáreas, dos terceras partes del cultivo mundial— junto a una expansión de la minería ilegal de oro. Ese oro se exporta como si fuera legal y trae dólares de verdad al país; y parte de las ganancias del narcotráfico se repatría y se convierte en pesos. Solo por cocaína, la ONU estima flujos ilícitos de entrada de entre 1.200 y 2.600 millones de dólares al año; el oro ilegal suma una cifra difícil de medir, quizá comparable.

La tesis de Arias es directa: esa marea de dólares subterráneos —que se disparó con el Gobierno actual— estaría acelerando la valorización. Y los datos acompañan el énfasis: bajo esta administración los cultivos de coca y la producción de cocaína tocaron máximos históricos, la erradicación se redujo drásticamente y los integrantes de grupos armados ilegales crecieron cerca de 45 % desde mediados de 2022, según Reuters. La tendencia venía de atrás —atravesó gobiernos de distinto signo—, pero la aceleración de los últimos años es difícil de negar. Y el punto de fondo se sostiene: buena parte de lo que empuja al peso no está en el presupuesto que celebran los analistas. Está afuera, en los mercados globales; y abajo, en una economía ilegal que hoy corre más rápido que nunca.

El peso vive en varios pisos a la vez

Conviene pensar el mercado como círculos concéntricos. En el centro está la historia local: el presupuesto, el emisor, la política. Alrededor está el mundo: el yen, el carry, el petróleo, el dólar. La mayor parte del tiempo manda el círculo interno y la narrativa se escribe sola. Pero en los momentos de quiebre manda el círculo externo, y la conversación local sigue hablando de lo de siempre mucho después de que el verdadero motor cambió de piso.

Gráfica 3 — El mapa multiescala. Lo local (el peso) vive dentro de lo global (yen, carry, petróleo). A veces la señal fluye hacia adentro; a veces hacia afuera. Foto: API

Aquí aparece lo más incómodo, y es un asunto de fragilidad. Buena parte de esta fortaleza no está en manos colombianas ni pacientes. Un solo fondo estadounidense, Pimco, llegó a concentrar cerca del 30 % de toda la deuda pública en manos extranjeras. En diciembre de 2025 el Gobierno le colocó, por fuera de subasta y en una sola operación, unos 6.000 millones de dólares en bonos. Y una parte creciente de la apuesta ni siquiera es compra real: son derivados apalancados que se deshacen a la velocidad de una llamada de margen.

Todo esto, además, en un mercado diminuto. El peso negocia apenas unos 7.300 millones de dólares al día: es la moneda número 30 del mundo. Un precio sostenido por pocas manos extranjeras y dinero prestado, en un mercado del tamaño de un pañuelo. A la entrada es un cohete; a la salida, una cerradura.

Hay además una advertencia que trasciende a quién gobierne. El gobierno entrante podrá cambiar muchas cosas —el tono fiscal, la política de seguridad, la señal a los mercados—, pero la fragilidad ya está acumulada: la concentración extranjera, el dinero prestado, la dependencia de flujos que no controlamos ni medimos. Esa factura no se salda con un cambio de discurso; se cobra cuando el ciclo se dé vuelta. Y cuando el macro se voltee —el yen, el petróleo, el dólar—, el micro no amortiguará la caída: la acelerará. La misma delgadez del mercado y la misma concentración que hoy convierten cada dólar que entra en un salto de valorización, mañana convertirán cada dólar que salga en una depreciación de la misma intensidad. El cohete y la cerradura son la misma estructura, vista en dos direcciones.

Nada de esto es un pronóstico de colapso. El peso podría seguir fuerte un buen rato. Es, más bien, una advertencia sobre dónde mirar. Si esta valorización se revierte, las primeras huellas no aparecerán en Bogotá: aparecerán en el yen, en el petróleo, en el real brasileño, en la decisión de un fondo en California. Y mientras eso ocurre, nosotros seguiremos explicándolo con el presupuesto.

Los mercados funcionan en varias escalas a la vez. El precio no lo fija una sola causa, sino el nivel del sistema que domina el flujo de información en cada momento. Por eso, esta vez, la pregunta más útil no es qué está haciendo bien Colombia. Es quién, afuera, dejó de temerle al riesgo, y qué pasará el día que vuelva a temerle.