A María no le gusta el silencio. Hace poco la invitaron a un primer evento de integración para las nuevas adquisiciones de la compañía. No es muy fanática de socializar al 100 % del tiempo y en estas reuniones corporativas está claro que se vive una inmersión donde no está muy bien visto que no pongas tema.
Aunque hizo su mejor esfuerzo, al regreso su jefe la llamó y le dijo que la había notado aburrida. Le dijo que debía tratar de hablar más y que al final no estaba bien que estuviera tan callada. María hace yoga y medita en las mañanas, así que ha aprendido a no hablar cuando no debe. No es que no hable, es que valora el silencio que otros no, incluido su jefe, quien se incomoda con él.
Y es que vivimos en una época donde el cambio dejó de ser un acontecimiento para convertirse en un ritmo. Todo se mueve, todo se transforma, todo se actualiza. Y, sin embargo, seguimos siendo criaturas profundamente preocupadas por cambiar. La negación es nuestro primer refugio, ese pequeño mecanismo psicológico que nos permite fingir que lo que está pasando no está pasando.
La negación no es cobardía: es, al final, protección. Elisabeth Kübler-Ross la describió como la primera estación del duelo, ese lugar donde la mente se esconde para no enfrentar la magnitud de lo que se desmorona. Pero hoy, en esta sociedad con exceso de comunicación hacia afuera, la negación ya no es una etapa, es un estilo de vida.
Saltamos de un tema a otro, de una crisis a otra, de una noticia a otra, sin detenernos a pensar qué significa todo esto para nosotros. No hay pausa y, por tanto, no hay duelo y menos silencio.
La hiperconexión nos ha vuelto expertos en reaccionar y amateurs en reflexionar, ya que apenas empezamos a procesar un cambio como una ruptura, un despido, una mudanza, una pérdida o cualquier otra cosa que nos duela, ya estamos siendo arrastrados por la siguiente ola de información y la verdad es que parece que nos dejamos llevar con gusto y voluntad.
El algoritmo no espera nuestro duelo. La vida tampoco. Y así, acumulamos cambios sin metabolizarlos, como quien acumula cajas sin abrir en un cuarto que ya no tiene espacio.
La dificultad de aceptar el cambio no viene solo del miedo a lo nuevo, sino del ruido que nos impide escucharnos. Antes, el cambio era un acontecimiento que se acompañaba de silencio y de una conversación íntima que podía tener pausa o de un cuaderno para escribir notas. Hoy, el cambio ocurre mientras seguimos conectados, respondiendo mensajes, consumiendo contenido, opinando sobre temas que no nos pertenecen. La vida personal se diluye en la corriente de lo inmediato.
He encontrado que el cerebro necesita tiempo para reorganizarse después de una transición. Sin ese tiempo no hay ese espacio que nos permita vivir un duelo. Creo que lo que ocurre es una especie de congelamiento emocional. Seguimos funcionando, pero no sentimos; tal vez nos quedamos sin integrar y, aunque avanzamos, no sabemos si vamos a llegar a donde queríamos.
Quizá el verdadero desafío de esta época no sea adaptarnos al cambio, sino recuperar el silencio necesario para entenderlo. Volver a afrontar cosas que puedan doler y hacer silencio nos puede restituir la paz interior y eso también se nota por fuera.
María, que tu jefe no cambie tu forma de vivir el silencio, de observar con prudencia el mundo. No dejes que el ruido te alcance. En silencio escuchamos más lo que nos dice Dios (o el Universo o la vida), que te muestra dónde está tu mejor camino.
Deja que el silencio llegue a tu vida, aunque te incomode.