El FOMO existe desde hace muchos años, toda la vida. Solo que los centennials sí le pusieron nombre y ahora hablamos del tema de manera más fluida, o al menos entendemos que ese sentimiento puede ser real.
Hablamos del FOMO como ese temor a perdernos algo. La expresión nació asociada a las redes sociales, al miedo a no estar donde ocurren las cosas, a no participar de la conversación, a no aparecer en la foto. Sin embargo, de nuevo, creo que siempre ha existido porque todo va asociado al ego, a esa necesidad de pensar que somos necesarios.
El FOMO ocurre cuando sentimos la necesidad de estar en todas las reuniones, estar copiados en todos los correos, participar en todas las decisiones y opinar sobre todos los temas. Vivimos con la sensación de que, si no estamos presentes, algo importante sucederá sin nosotros.
Lo que me llama la atención es que vivimos con inconsistencias permanentes. En un momento en el que las empresas hablan de foco, productividad y simplificación, muchos pasan horas asistiendo a reuniones que no requieren su presencia. No porque tengan una contribución indispensable, sino porque temen perder relevancia. Podemos también pensar que el FOMO es producido por los jefes, ya que, si te invitan, es difícil no ir porque tú mismo podrías considerar que eres relevante.
Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿de verdad queremos estar ahí por responsabilidad o porque nuestro ego nos dice que debemos estar ahí?
Sigamos en la reflexión. Existe una diferencia importante entre ser necesario y sentirse indispensable. La primera es una condición temporal relacionada con nuestro rol. La segunda suele ser una construcción emocional.
Creemos que entre más reuniones tenemos en el calendario, más ocupados parecemos; más importantes somos, más relevantes resultamos en la vida de la empresa. Cuanto más demandada es nuestra opinión, más valor creemos aportar. Cuanto más saturada está nuestra agenda, más exitosos nos sentimos. ¡Auxilio, me parece muy ineficiente!
Creo que un buen jefe debe sentirse feliz de que no lo inviten a todas las reuniones. Eso quiere decir que delega, que cree en su equipo, que su gente sabe qué hacer sin él o ella y que, seguro, cuando lo necesite, lo va a buscar.
Pienso que los líderes más efectivos no son quienes están en todos los espacios, sino quienes saben elegir cuidadosamente dónde generan valor. Entienden que decir “no necesito estar en esa reunión” no es una señal de desinterés, sino de confianza en el equipo.
Si sentimos que ninguna conversación puede ocurrir sin nosotros, estamos enviando un mensaje preocupante: o no confiamos en los demás o hemos construido un sistema excesivamente dependiente de nuestra presencia. Y, de nuevo, el ego nos juega una mala pasada.
Los líderes solemos hablar de empowerment, autonomía y desarrollo de talento. Sin embargo, a veces nuestro comportamiento contradice nuestro discurso. Queremos equipos empoderados, pero seguimos apareciendo en cada conversación. Queremos que las personas tomen decisiones, pero necesitamos aprobar cada paso. Queremos fomentar la independencia, pero experimentamos ansiedad cuando una reunión ocurre sin nuestra participación.
La madurez profesional podría medirse, precisamente, por nuestra capacidad de distinguir entre dónde somos útiles y dónde simplemente buscamos validación. Creo que llegar a esta afirmación es lo que más me gusta de cumplir años. No necesito que nadie me valide si yo tengo claro en qué estoy y por qué.
No toda invitación requiere nuestra asistencia. No toda conversación necesita nuestra opinión. No toda decisión depende de nuestra presencia. No todo el mundo busca un consejo (a menos que explícitamente se pida).
En una época obsesionada con la visibilidad, quizá el desafío más grande sea aprender a desaparecer de algunos espacios. Dejar que otros brillen. Confiar. Soltar. Entender que nuestra contribución no se mide por la cantidad de reuniones que ocupan nuestra agenda, sino por el impacto que generamos cuando realmente decidimos estar.
Quizás el verdadero antídoto contra el FOMO corporativo sea recordar que el liderazgo no se trata de estar en el centro de todas las conversaciones. No se trata de ser el centro del mundo, porque nadie lo es. El FOMO corporativo existe y me parece tremendamente improductivo e inseguro. ¡Por más foco, eficiencia y productividad!