Siempre he creído en el poder de la ayuda psicológica, la psicoterapia, los buenos libros, las mentorías y especialmente el coaching. Pero a muchos les cuesta entender su valor y, a mi juicio, los mejores líderes que he conocido tienen mucho de coaches.

Hay libros que enseñan herramientas y hay otros que, en silencio, cambian la forma en que uno se relaciona con los demás. The Coaching Habit, de Michael Bungay Stanier, pertenece a esta segunda categoría. No porque proponga teorías complejas ni modelos sofisticados, sino precisamente por lo contrario, y es que pone en evidencia algo tan simple como incómodo. Nuestra tendencia a hablar demasiado y escuchar poco.

La propuesta del libro me encanta porque es sencilla, práctica y aplicable. Liderar no es tener listas las respuestas, es hacer mejores preguntas. Y, sin embargo, llevar esa idea a la práctica implica desmontar años de hábitos fundamentados.

Por alguna razón histórica y automática que desconozco, en la mayoría de los contextos profesionales, el valor de un líder se ha asociado históricamente con su capacidad de resolver, de opinar rápido, de intervenir. El silencio, la pausa y la pregunta han sido interpretados —equivocadamente— como falta de control o de conocimiento.

Lo que Stanier invita a cuestionar es justamente esto. ¿Qué pasaría si, en lugar de intervenir para corregir, nos detuviéramos a entender? ¿Qué cambiaría si, en vez de asumir que sabemos cuál es el problema, hiciéramos el esfuerzo de explorarlo con el otro? En esa pequeña pausa entre el impulso de responder y la decisión de preguntar, se juega gran parte de la calidad de nuestras conversaciones.

El libro no romantiza el coaching ni lo convierte en algo etéreo o lejano. Y es que soy coach y definitivamente no me siento vendedora de humo. Al contrario, lo aterriza en lo cotidiano, en las reuniones siempre de afán, en las conversaciones con café, donde alguien trae un problema esperando una solución ahí mismo. Y aparece mágicamente la oportunidad de hacer algo distinto. No dar la respuesta, sino devolver la pregunta. No quitar el peso, sino ayudar a que el otro lo sostenga mejor y sepa qué hacer con él.

El tema es que este cambio no es solo técnico, es profundamente cultural y personal. Parte importante de este proceso es guardarse el ego en un cajón. Una buena pregunta para ayudarte en este tema es cuestionarte: ¿qué harían sin mí en este caso?

Y es que preguntar implica ceder protagonismo. Implica que pueden responder sin mi intervención directa. Soltar el control y entenderlo es perspectiva. La cosa es que eso para muchos líderes puede resultar impensable.

Hay algo particularmente poderoso en una de las ideas más simples del libro; la encontré muy interesante, y es que la calidad de nuestras preguntas define la calidad de nuestras conversaciones. Y, por tanto, la calidad de nuestras relaciones y resultados.

Una pregunta bien hecha y con buena intención no solo abre posibilidades, también transmite respeto, confianza y curiosidad genuina. Le dice al otro, sin decirlo explícitamente: “Tú me importas”.

Hoy nos exponemos a la velocidad del ambiente y eso le gana a la reflexión. No se trata de convertir cada interacción en una sesión de coaching formal, sino de incluir en la vida pequeños cambios que generan crecimiento y valor para otros.

Escuchar un poco más e interrumpir menos. Quedarnos quietos ante el impulso de completar la frase del otro o dar la solución. Y sé que esto cuesta cuando la cabeza nos funciona más rápido que el cuerpo.

Al final, The Coaching Habit no trata solo de preguntas. Trata de confianza. En que el otro es capaz. Confianza en que el aprendizaje no ocurre cuando se recibe una respuesta, sino cuando se construye una propia. Y, quizá lo más desafiante, confianza en que nuestro valor no disminuye cuando dejamos de ser quienes tienen todas las respuestas.

Es un momento en el que se habla de liderazgo transformacional, agilidad y desarrollo de talento; este libro recuerda algo básico.

Lo que aprendí es que las grandes transformaciones no siempre empiezan con grandes discursos, sino con pequeñas decisiones repetidas todos los días. Y llegué a la conclusión de que sé perfectamente qué harían sin mí: hacerlo muy bien e incluso mejor. Me sentí orgullosa.