Las tasas de interés en Estados Unidos vienen siendo uno de los temas más álgidos, tanto porque suponen una cantidad de factores múltiples interrelacionados como porque implican en la economía global un factor determinante para el mundo financiero y los mercados de capitales. Al respecto hay tres lecturas: una positiva u optimista, otra más neutra y una más alarmante o negativa.
Dentro de los aspectos que generan una lectura positiva que se mencionan para un cambio en las expectativas de política monetaria de la Reserva Federal frente a comienzos del año, así como frente a lo ocurrido en el verano, donde las tasas de interés de los bonos del Gobierno a más de diez años han registrado niveles no vistos en más de 20 años, está el vigoroso, creciente y sorprendente desempeño de la actividad económica en Estados Unidos.
La lectura es optimista y obedece a que, mientras se esperaba que la economía en 2026 se fuera desacelerando y enfriando, las cifras resaltan todo lo contrario. El ciclo económico ha sido alterado por la fuerte expansión de la cadena de valor de la inteligencia artificial. Así lo consigné en mi columna de opinión anterior ‘Un mundo feliz’.
El gran aumento en las tasas de interés se genera por condiciones y circunstancias muy positivas, en lugar de inquietar o preocupar. No obedecen a variables que anuncian la formación de nubarrones que presagian fuertes tempestades.
Esta interpretación recoge los fuertes crecimientos en las utilidades reportadas por las empresas en la bolsa de valores, los altos niveles de márgenes reportados por estas y los nuevos registros históricos en el índice que recoge los precios de las 500 empresas más grandes, así como en el índice de las compañías tecnológicas. Igualmente, el indicador de volatilidad de las acciones americanas se ha mantenido bajo, lo que señala poca incertidumbre y poco riesgo en el mercado de acciones y en los precios de las empresas. Tan favorable desempeño reside en el sólido consumo de las familias gracias al mercado laboral, el ingreso disponible y la riqueza generada por los precios de los activos.
Cuesta pensar que estamos hablando de una economía tan robusta luego de que ha enfrentado fuertes choques y eventos de desajuste producto de la guerra con Irán, los reiterados conflictos comerciales vía una carrera alcista de aranceles y tras las repercusiones de la guerra entre Rusia y Ucrania.
Una lectura más neutra reconoce que el aumento en las tasas de interés obedece a una creciente demanda global de capital. El epicentro es Estados Unidos, pero tiene presencia en varios puntos del mundo. En especial China, Japón, Taiwán, Hong Kong, Corea y Singapur. Esta lectura reconoce que tanto los gobiernos como la inteligencia artificial, así como mayores gastos de defensa y la convulsión geopolítica, están compitiendo por capital y por materias primas, por lo que ello explica lo que está pasando con el costo del capital, donde los cambios de expectativas de política monetaria no solo se dan en Estados Unidos.
La interpretación negativa parte por preguntarse por qué, si la economía americana presenta casi pleno empleo y viene con una actividad económica fuerte, más dinámica y robusta, está presentando un déficit fiscal del 6 por ciento del producto interno bruto. Esta lectura reconoce que las tasas de interés de largo plazo recogen parte de lo que dice la visión más neutral en cuanto a la fuerte demanda de capital que generan los gobiernos producto de un nivel de gasto muy elevado, basado en creciente monto de acumulación de deuda, pero se advierte que es una nueva normalidad en la que hay una crisis fiscal en ciernes creada por la presión de las tasas de interés ante altos niveles de endeudamiento en los presupuestos públicos.
Entidades reconocidas por su seriedad y severidad de análisis, como el Banco Internacional de Pagos, aducen que el aumento en las tasas de interés de largo plazo obedece a una prima por plazo más alta ante una muy fuerte y elevada oferta de deuda pública.
Bajo esta lectura, el deterioro fiscal viene acompañado de expectativas de más alta inflación, precisamente porque se estimula una economía que ya presenta una intensa dinámica por sí misma. En este escenario, no solo los costos logísticos y de transporte, así como las restricciones de oferta de petróleo o diésel o de otras fuentes de energía, están presionando el nivel general de precios al alza, sino que el estímulo económico del lado público empeora las cosas. También se advierte que este sería el peor momento para afrontar posiblemente el más fuerte fenómeno de El Niño desde 1950, puesto que tendría adicionales impactos en los precios de la energía, en el valor de los insumos, como metales y productos agrícolas, y en el comercio mundial, donde las cadenas de suministros ante los crecientes conflictos geopolíticos son más vulnerables.
¿Continuarán las tasas de interés en ascenso y podrá la economía convivir con ellas? Esa es una gran cuestión de 2027 y los próximos años.