John F. Kennedy fue un mujeriego empedernido. A lo largo de su vida tuvo más de 15 amantes y mientras gobernaba sostuvo romances con estrellas como Marilyn Monroe y Ava Gardner, que visitaban la Casa Blanca cuando su esposa, Jackie, salía de la ciudad. Alguna vez, incluso, le dijo al primer ministro británico Harold Macmillan que no podía pasar tres días sin sexo porque empezaba a sufrir dolores de cabeza. Pero entre sus conquistas hubo una que, según sus biógrafos, dejó una huella mucho más profunda que las demás: la pintora Mary Pinchot Meyer. A diferencia de Monroe o de Gardner, sex symbols de la época, no tenía un cuerpo escultural ni el público la conocía. Pero su inteligencia y su forma de ver el mundo engancharon al presidente a un nivel mucho más intelectual y profundo.

Su historia de amor terminó llena de misterios. A Pinchot Meyer no solo la mataron apenas 11 meses después del asesinato del presidente, en un crimen que hoy sigue impune, sino que sus diarios personales, en los que contaba detalles del romance, desaparecieron. Eso ha dado pie a teorías conspirativas de todo tipo y ha llevado a que muchos relacionen ambos asesinatos. De eso y más habla JFK y Mary Meyer: una historia de amor, un libro que salió a la venta esta semana en Estados Unidos y que promete generar polémica.  Lo cierto es que aunque no era una celebridad, Mary Pinchot nació en una familia acaudalada de Nueva York, se movía en los círculos del poder y asistía a las mejores escuelas del país. En una de ellas, durante una fiesta, conoció al universitario John Fitzgerald Kennedy, identificado entonces por ser solo el hijo de un diplomático y político estadounidense. Se llevaron bien y tuvieron una especie de cita, pero no se ennoviaron y cada uno siguió con su vida.  Mary invitó a kennedy a sesiones grupales con LSD, pues creía que así lo iba a concientizar sobre lo inútil de la guerra. Él se comprometió con Jacqueline Bouvier, otra joven de la alta sociedad, y comenzó una exitosa carrera política. Ella se dedicó al periodismo y se casó con Cord Meyer, un exteniente que había perdido un ojo en la Segunda Guerra Mundial y quien abrazaba causas pacifistas, como ella.

Sin embargo, la vida se encargó de juntar a ambas parejas. Fueron vecinos por muchos años en Georgetown, y la hermana de Mary se casó con uno de los mejores amigos de Kennedy, el periodista Ben Bradlee, quien varios años más tarde se haría famoso por destapar el caso Watergate. Con frecuencia, los Meyer, los Bradlee y los Kennedy se reunían para pasar tiempo juntos.  Los encuentros entre John Kennedy y Mary En esa época, John F. ya era senador, y Cord, el esposo de Mary, se había unido a la CIA. Ella aún escribía en algunas revistas y periódicos de forma casual, pero dedicaba la mayor parte de su tiempo a criar a sus tres hijos y a pintar cuadros, su nueva pasión. Así fue hasta que su hijo del medio murió atropellado por un camión cuando tenía 9 años. Los Meyer no pudieron aguantar el dolor y su relación se fue desmoronando y se divorciaron en 1958.

Mery con su esposo, Cord Meyer, un exteniente que perdió un ojo en la Segunda Guerra Mundial y que años después se vinculó a la CIA. Vivieron en Washington y fueron cercanos a los Kennedy, pero se divorciaron luego de la trágica muerte de uno de sus hijos. Los biógrafos de Kennedy no se ponen de acuerdo sobre cuándo comenzó su relación amorosa, pero todo indica que sucedió hacia mediados de 1961. Por esa época, él acababa de convertirse en presidente y provocaba la misma devoción que una estrella de rock. Ella, en cambio, se había dedicado a pintar en un taller que tenía instalado en la casa de los Bradlee y en ocasiones fumaba marihuana o experimentaba con LSD, pues decía que eso la conectaba con el mundo. 

Al parecer, la relación nació en medio de visitas a la Casa Blanca. Con el tiempo se hicieron tan cercanos que un funcionario de la Presidencia llegó a decir que ella era “como un mueble más”. De hecho, según los registros del Servicio Secreto, entre 1962 y 1963 visitó muchas veces al presidente, especialmente cuando Jackie no estaba. Durante sus encuentros comenzó a hablarle de pacifismo y a insistirle en que dejara a un lado las tensiones con la Unión Soviética. Por esos años, la Guerra Fría estaba en su apogeo y al propio Kennedy le había tocado enfrentar la invasión a bahía Cochinos en Cuba, la presencia norteamericana en la guerra de Vietnam y la crisis de los misiles que casi termina en una catástrofe nuclear. Dicen que Mary sabía más de la cuenta sobre el asesinato de Kennedy por sus conexiones con la CIA, donde aún tenía muchos amigos, y por su relación con el mandatario. Algunos allegados, incluso, cuentan que ella fumaba marihuana con el presidente y que lo invitó a sesiones grupales bajo el efecto del LSD con otros poderosos, pues creía que así los iba a concientizar sobre la inutilidad de la guerra. Coincidencia o no, Kennedy comenzó a mostrar sus intenciones de acercarse a la Unión Soviética y de desescalar los conflictos en Cuba y Vietnam. Pero sus planes se vieron interrumpidos con su asesinato el 22 de noviembre de 1963. 

Solo unas semanas atrás, le había escrito a Mary una carta, conocida en 2017 cuando la subastaron en Estados Unidos. Allí le rogaba que se vieran pronto: “Dices que es bueno para mí no obtener lo que quiero. Pero después de todos estos años, deberías darme una respuesta más amorosa: ¿por qué no dices que sí?”. 

Las hipótesis del misterioso asesinato Sobre lo que pasó después hay muchas teorías conspirativas. Dicen que Mary sabía más de la cuenta sobre el asesinato de Kennedy por sus conexiones con la CIA, donde aún tenía muchos amigos y por su relación con el mandatario. También que ella tenía evidencia de que a él lo habían matado por sus planes pacifistas y que estaba dispuesta a mostrarla públicamente. Otros, simplemente, hablan de un robo o de una trágica coincidencia. Lo cierto es que el 12 de octubre de 1964, mientras caminaba sola por un canal que rodea al río Potomac en Georgetown, la mataron con dos tiros fulminantes (uno en el corazón y otro en la cabeza). 

A Mery la mataron 11 meses después que al presidente, cerca de Georgetown. El crimen nunca se resolvió y ha dado pie a teorías conspirativas. Las autoridades capturaron a Ray Crump, un hombre negro que estaba por el lugar y al que unos testigos describieron como el asesino. Sin embargo, nunca pudieron demostrar su responsabilidad.  Las cosas no terminaron ahí. Una de las mejores amigas de Mary, quien sabía de su romance con el presidente, le contó a Bradlee de la existencia de un diario íntimo que contenía detalles sobre la relación. Este, preocupado, fue a buscarlo tanto a la casa como al taller de la pintora. Pero en ambos lugares se encontró con James Jesus Angleton, agente de la CIA que había sido amigo de ella, y quien también quería conseguir el documento.

Según cuenta Bradlee en sus memorias, una vez encontró el diario y leyó los detalles del affaire (que lo sorprendieron, pues no sospechaba nada), decidió entregárselo al agente, quien se comprometió a desaparecerlo. Lo que pasó después es confuso: algunos dicen que el hombre cumplió, pero Bradlee contó después que descubrió que aún lo guardaba y decidió recuperarlo para quemarlo él mismo.  La conclusión, sin embargo, es la misma: el cuaderno en el que Mary tomaba notas de su amorío y de sus conversaciones con Kennedy desapareció para siempre. Así, se llevó una parte de la historia reciente de Estados Unidos y del mundo.