SEMANA: ¿Cómo un colombiano llega a ese puesto en Pfizer?

Juan Diego Gómez: Con meritocracia. Lo digo con mucho orgullo porque a ese puesto no se llega ni por rosca ni por palancas ni por amiguismo, como acá en Colombia. Es el resultado de una hoja de vida que hemos pulido por varios años.

SEMANA: ¿Cuáles son las funciones de su cargo?

J.G.: Más que analizar los datos, hacer predicciones y acompañar a los grandes gerentes a tomar decisiones, me dedicaré a verificar la calidad de los datos. Tengo que vigilar que esa información sea confiable, que no sean sesgados ni tengan fallas. Una función neurálgica porque si esos datos no son buenos pueden causar catástrofes en la compañía, representadas en miles y miles de millones de dólares en pérdidas.

SEMANA: Hablando de otros temas, en términos científicos ¿qué lecciones dejó la covid-19?

J.G.: Va a sonar como frase de cajón, pero la lección es la importancia de la ciencia, por encima del fútbol, de los reinados. No sé si la aprendimos, pero la covid-19 nos dejó claro que como sociedad tenemos que invertir más en ciencia y en conocimiento.

SEMANA: Pero si la ciencia es la gran triunfadora de esta tragedia, ¿por qué han tomado fuerza los movimientos anticiencia?

J.G.: Efectivamente es una ironía que cuando la ciencia demuestra salvarnos menos creemos en ella. Y se explica por la era de la información digital en que vivimos. Nosotros producimos 2,5 quintillones de bytes de información, una cantidad que desborda la capacidad del cerebro humano, y le da alas para que fantasee con las teorías conspirativas. La mente, además, tiende a creerse las historias más fáciles porque, en términos energéticos, le cuesta menos. Una característica biológica de los seres humanos. Es decir, en procesar la idea de que las vacunas tienen un chip utiliza menos energía (calorías) que en entender una vacuna y la investigación detrás de ella.

SEMANA: En conclusión, no hemos aprendido la lección…

J.G.: ¡Claro que la vamos a aprender! Pero nos falta como mínimo otras cuatro pandemias más. El hombre aprende con los siglos. La humanidad aprende a largo plazo. El Renacimiento y la revolución se dieron luego de muchos siglos.

SEMANA: Y en Colombia, ¿sí aprenderemos la lección?

J.G.: Al respecto soy un poco pesimista. Desafortunadamente a los que escogimos el conocimiento nos toca exiliarnos porque acá seguimos en la etapa del amiguismo, de las roscas. En muchas partes despreciaron mi hoja de vida y a muchos colegas les pasa lo mismo. Acá asfixian la meritocracia y el conocimiento. En ese sentido estamos mal. Aquí los mandatarios viven convencidos que hacer centros de investigación e innovación es la fórmula para fomentar la ciencia. Pero no. Steve Jobs no necesitó de un centro de investigación para crear Apple. No entienden que primero toca formar a la población en ciencia y luego hacer los centros de investigación.

SEMANA: Si ese no el camino, ¿cómo fomentar la ciencia y la investigación en el país?

J.G.: Llenar un país de centros de investigación es como imprimir billetes para hacer la economía. Tienen el efecto contrario, emitir papel moneda sin un soporte productivo destruye la economía. Lo mismo sucede con la investigación, uno no puede crear centros de investigación sin una base. Entonces la tarea es crear esos pilares. Enséñeles, por ejemplo, programación de computadoras a los niños desde kínder. No es absurdo. Vuélvalos fanáticos digitales, que aprendan a construir juegos en vez de bajarlos. La revolución tecnológica es una revolución del pensamiento, de software antes que de hardware.

SEMANA: Finalmente, ¿qué otros proyectos tienen para este nuevo año?

J.G.: Con el neurocirujano William Contreras vamos a publicar un libro sobre la historia de la creatividad. Con mi conocimiento teórico y con el conocimiento práctico de él vamos a diseccionar la creatividad, a analizar cuándo surgió en la ciencia, en el arte... Y por supuesto vamos a dar algunas luces sobre cómo desarrollarla. El libro saldrá el febrero y se llama Genios en la mente.