El aire que respira una ciudad y el balance financiero de una empresa parecen pertenecer a mundos distintos. Ani Dasgupta lleva más de una década intentando demostrar que no es así: que uno de los grandes errores de la economía moderna ha sido tratar la naturaleza como un recurso gratuito y que esa visión ha limitado la construcción de un modelo compatible con el clima y con el desarrollo.

Ani Dasgupta en la IX Cumbre de Sostenibilidad: “No es el cambio climático lo que principalmente está impulsando esta transición”

Presidente y director ejecutivo del World Resources Institute (WRI), arquitecto de formación y con dos décadas de experiencia en el Banco Mundial, Dasgupta llegó a Bogotá con una convicción clara: el mundo ya dispone de muchas de las soluciones tecnológicas para enfrentar la crisis climática. El desafío ahora es coordinar gobiernos, empresas y ciudadanos para llevarlas a escala.

Frente a él estuvo Carlos Correa, embajador de Mangrove Breakthrough, una iniciativa global que busca movilizar recursos y acelerar la protección, restauración y conservación de los ecosistemas de manglar, exministro de Ambiente de Colombia y exalcalde de Montería.

La conversación recorrió los grandes desafíos de la transición energética, el valor económico de la biodiversidad, el papel de las ciudades y la inteligencia artificial, pero también una pregunta de fondo: cómo construir una economía que genere prosperidad sin seguir destruyendo el capital natural del que depende.

CARLOS CORREA (C.C.): ¿Por qué el desarrollo económico regenerativo todavía se percibe como un costo y no como el centro del sistema económico?

ANI DASGUPTA (A.D.): Han ocurrido dos transformaciones. La primera es que en los últimos 25 años hemos sentido como nunca el costo real del modelo económico actual. El año pasado, las pérdidas físicas asociadas a eventos climáticos alcanzaron cerca de medio billón de dólares, mientras que hemos perdido una parte importante de los ecosistemas naturales que sostienen nuestra economía. Hoy apenas queda un 7 por ciento de bosque tropical prístino en el planeta.

La segunda transformación viene de la ciencia, que hoy entiende mucho mejor la relación entre naturaleza, clima y crecimiento económico. Durante mucho tiempo pensamos que proteger la naturaleza era un asunto separado del desarrollo, pero ahora sabemos que nuestra prosperidad depende de sistemas naturales saludables.

Un ejemplo es la agricultura de Brasil. El 97 por ciento de su producción agrícola depende de las lluvias generadas por la Amazonía. Sin ese bosque, esa productividad no existiría.

El futuro depende de construir una economía que genere prosperidad, empleos e ingresos de una manera que proteja la naturaleza y reduzca las emisiones. Hace 25 años esa posibilidad era mucho más limitada, pero las tecnologías actuales, especialmente en energía, permiten construir un modelo completamente diferente.

C.C.: Colombia todavía tiene familias sin acceso confiable a energía. ¿Cómo pueden estas tecnologías ayudar a cerrar esa brecha?

A.D.: Reducir el costo de la energía facilita el acceso, pero no es suficiente para sacar a una familia de la pobreza. Lo que transforma la vida de las personas es el uso productivo de esa energía. Puede significar conservar alimentos, utilizar sistemas de riego para los cultivos o mantener una clínica funcionando durante la noche. La electricidad por sí sola no genera prosperidad; lo hace la posibilidad de utilizarla para crear oportunidades.

La seguridad energética es hoy una de las principales preocupaciones de los gobiernos. Ningún país puede sostener estabilidad económica y social sin electricidad confiable. Pero debemos entender que la energía funciona mediante cadenas globales. Muchos países no tienen grandes reservas de combustibles fósiles y tendrán que construir su seguridad energética con fuentes como la solar, la eólica y, en algunos casos, la nuclear.

No creo que la soberanía energética entendida como autosuficiencia absoluta sea la respuesta. Incluso países con grandes reservas de petróleo y gas están conectados a mercados internacionales. El sistema energético del futuro requerirá cooperación entre países.

Ani Dasgupta, presidente y director ejecutivo del Instituto de Recursos Mundiales (WRI) en la IX Cumbre de Sostenibilidad de SEMANA. Foto: Guillermo Torres Reina Foto: Guillermo Torres Reina - semana

C.C.: Usted insiste en integrar personas, naturaleza y clima en un mismo sistema. ¿Cómo se traduce eso en la práctica?

A.D.: El problema de fondo es que seguimos tratando la naturaleza como gratuita e inagotable. Al no asignarle un valor económico real, la sobreexplotamos. El aire es un buen ejemplo. Pensamos que es infinito y que no tiene costo, pero cuando se contamina genera enormes impactos en la salud y en la calidad de vida de las ciudades.

La economía actual ha funcionado bajo la idea equivocada de que los recursos naturales siempre estarán disponibles. Pero la naturaleza tiene límites y esos límites tienen consecuencias económicas. Por eso cualquier política pública o estrategia empresarial debe lograr tres objetivos al mismo tiempo: beneficiar a la naturaleza, enfrentar el cambio climático y mejorar la vida de las personas.

Además, debe cumplir dos condiciones fundamentales: ser rentable y generar bienestar social. Si no funciona económicamente, las empresas no la adoptarán; y si no mejora la vida de las personas, el siguiente gobierno puede desmontarla. La transición necesita soluciones que sean sostenibles no solo ambientalmente, sino también económica y políticamente.

La sostenibilidad no puede seguir siendo un departamento aislado dentro de una empresa. Debe convertirse en la lógica misma del negocio. IKEA es un buen ejemplo: una compañía global que descubrió que para reducir su huella de carbono debía usar menos materiales. Sus diseñadores empezaron a crear muebles que requieren menos madera y menos embalaje, demostrando que la sostenibilidad también puede ser una estrategia rentable.

C.C.: Las ciudades concentran buena parte del consumo de energía, agua y emisiones. ¿Por qué son determinantes para esta transición?

A.D.: Las ciudades serán protagonistas del futuro climático porque concentran una gran parte de las emisiones, principalmente por el transporte, la construcción y la operación de edificios. Muchas de las soluciones ya existen: electrificación del transporte, nuevos materiales y construcciones más eficientes. El reto es acelerar su implementación.

Pero las ciudades son mucho más que un problema de emisiones. Son el principal laboratorio de innovación del mundo y el espacio donde pueden ocurrir grandes cambios de comportamiento.

Londres es un ejemplo. Hace dos décadas era una ciudad dominada por los automóviles; hoy el transporte público, las bicicletas y los espacios peatonales tienen un papel mucho más importante. Eso no ocurrió solamente por tecnología, sino por decisiones públicas.

C.C.: ¿Cómo puede contribuir la inteligencia artificial a la restauración de ecosistemas y la gestión ambiental?

A.D.: La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria, pero necesita reglas claras. Hay quienes creen que resolverá todos los problemas del mundo y otros que creen que destruirá todos los empleos. Ninguna de esas visiones es realista.

La IA puede ayudarnos de manera extraordinaria en la gestión ambiental. En el WRI desarrollamos Global Nature Watch, una plataforma que permite consultar información ambiental utilizando lenguaje natural, sin necesidad de ser especialista en sistemas geográficos.

Esto cambia completamente la forma en que las personas pueden acceder al conocimiento ambiental. Ahora es posible analizar bosques, manglares o ecosistemas utilizando información satelital y grandes volúmenes de datos. También permitirá medir mejor los procesos de restauración, conocer la evolución de los árboles y construir mercados de carbono basados en información real.

Pero debemos utilizar esta tecnología con responsabilidad. Los centros de datos consumen grandes cantidades de energía y agua, por lo que necesitamos infraestructura basada en energías renovables.

C.C.: Después de décadas trabajando en desarrollo económico y ambiental, estas reflexiones están en el centro de su libro The New Global Possible: Rebuilding Optimism in the Age of Climate Crisis (conocido en español como El nuevo mundo posible). ¿Qué lo llevó a escribirlo precisamente ahora?

A.D.: Antes de llegar al WRI trabajé durante 20 años en el Banco Mundial enfocado en reducir la pobreza. Llegué al mundo ambiental desde el desarrollo económico, no desde el activismo. Con el tiempo entendí que ya no se pueden separar ambos debates: no hay estrategia contra la pobreza que ignore el clima, ni política climática exitosa que no mejore la vida de las personas.

Cuando asumí la dirección del WRI, durante la pandemia, me pregunté qué debía hacer la organización en la próxima década. Para responder esa pregunta conversé con cerca de 100 personas de distintos países.

Encontré frustración, especialmente entre muchos jóvenes que sienten que, después del Acuerdo de París, el mundo no avanza al ritmo esperado. Pero también encontré otra realidad: durante las últimas décadas hemos construido instituciones, herramientas y conocimientos que antes no existían.

La conclusión es que el desafío ya no es solamente desarrollar soluciones. Muchas de ellas ya existen. El reto es aprender a coordinar gobiernos, empresas, científicos y comunidades para llevar ese cambio a escala.

C.C.: ¿Qué deberían hacer países como Colombia para atraer inversión hacia esta transición?

A.D.: La transición no es un problema exclusivo del Sur Global. Ningún país del mundo ha resuelto completamente cómo construir una economía baja en carbono. Los países que avanzan más rápido son aquellos que decidieron construir la nueva economía en lugar de defender la anterior.

Etiopía, por ejemplo, dejó de importar vehículos de combustión el año pasado, es la primera economía del mundo en hacerlo, porque entendió que su ventaja estaba en la energía renovable.

Eso requiere gobiernos con visión de largo plazo, reglas estables y una relación cercana con el sector privado. También debemos cambiar la narrativa. Durante años hablamos de esta transición como una lista de sacrificios: no usar el automóvil, consumir menos, cambiar hábitos. Pero no podemos movilizar a las personas desde la idea del sacrificio.

Debemos mostrar la economía que queremos construir: los empleos que generará, las oportunidades que abrirá y la innovación que permitirá. La transición también es crecimiento. Puede crear cerca de 300 millones de empleos.

C.C.: ¿Qué papel puede desempeñar Colombia como referente de una economía basada en la naturaleza?

A.D.: Colombia tiene una oportunidad excepcional por su biodiversidad, su ubicación y su capital natural. La protección sigue siendo el punto de partida –cumplir la meta de proteger el 30 por ciento del territorio terrestre y marino es indispensable–, pero la pregunta real es qué pasa con el otro 70 por ciento: no sirve proteger el océano si fuera de esas áreas se destruyen los recursos pesqueros.

La biodiversidad, por sí sola, tampoco genera prosperidad. Necesita ciencia, innovación, infraestructura, logística y participación del sector privado. No basta con conservar territorios si las comunidades que viven alrededor no tienen alternativas económicas: hay cerca de 40 millones de personas en la Amazonia, y si sus condiciones de vida no mejoran, será difícil frenar la minería ilegal o el narcotráfico.

Colombia puede construir una economía basada en biodiversidad, turismo y bioeconomía, siempre que logre conectar su riqueza natural con conocimiento, inversión y generación de empleo.

C.C.: ¿Qué reflexión se lleva después de esta conversación sobre Colombia?

A.D.: Colombia tiene una oportunidad extraordinaria por su riqueza natural, su talento humano y su papel en las discusiones internacionales sobre clima y biodiversidad.

Países como Costa Rica lo lograron: hace 30 años, con Carlos Manuel Rodríguez y luego con Cristiana Figueres al frente, decidieron con claridad qué economía querían construir y sostuvieron esa visión en el tiempo; hoy hay costarricenses liderando la agenda ambiental en todo el mundo.

La transición no consiste solamente en proteger ecosistemas o reducir emisiones. Consiste en construir una economía distinta. La tecnología y el conocimiento ya existen. El desafío es coordinar gobiernos, empresas, inversionistas y ciudadanos para acelerar un cambio que ya comenzó.