En las aulas del Colegio de Estudios Superiores de Administración (CESA) los profesores dejaron de transmitir únicamente información o actuar como expositores de contenidos, para ser diseñadores de experiencias. En las clases, los estudiantes discuten casos empresariales en tiempo real, analizan escenarios, toman decisiones y ajustan estrategias, mientras herramientas digitales procesan datos en segundos. La escena marca un giro de fondo que muestra que la enseñanza dejó de centrarse en la transmisión de contenidos para enfocarse en el desarrollo de competencias aplicadas.

Ese viraje, impulsado por la velocidad de los hitos tecnológicos y por nuevas exigencias del mercado laboral, empieza a tomar forma en modelos concretos. En el CESA, por ejemplo, la apuesta se ha traducido en una revisión estructural de la forma de enseñar, evaluar y formar a sus estudiantes.

Según Juan Carlos Aponte Romero, vicerrector de Gestión Académica, “la innovación en el CESA es transversal y va muy atada a nuestra estrategia de transformación, que a su vez parte de la pregunta de qué significa aprender en un contexto donde el acceso a la información ya no es el principal desafío”.

La respuesta ha implicado modificar uno de los pilares tradicionales de la educación superior. “Ya no medimos qué conocimiento estamos transfiriendo; sino si el estudiante realmente está adquiriendo las competencias que necesita el mercado”, señala Aponte Romero. Esto ha obligado a intervenir desde el diseño curricular hasta la manera en que los profesores entienden su rol en el aula.

Juan Carlos Aponte Romero, vicerrector de Gestión Académica del Colegio de Estudios Superiores de Administración (CESA). Foto: Suministrada - API

Educación basada en la toma de decisiones en contextos complejos

Ahora bien, el cambio en el modelo educativo del CESA se concentra en un punto específico: formar estudiantes capaces de tomar decisiones en entornos inciertos y cambiantes. Más que centrarse en la acumulación de conocimientos, la formación se orienta a desarrollar criterio, análisis y capacidad de acción frente a escenarios donde no hay acciones predeterminadas.

María Lucía Pérez Ramírez, decana de Programas Formales del CESA, explica que el aprendizaje se estructura alrededor de situaciones que obligan al estudiante a interpretar información, evaluar alternativas y decidir. “Menos memorización, más capacidad de interpretación, más decisiones de ejecución”, señala, al describir un modelo en el que el conocimiento sólo adquiere valor cuando se aplica.

Esto se traduce en una lógica de “aprender haciendo”, y en clases que se construyen a partir de proyectos, casos y simulaciones que replican dinámicas del entorno empresarial, y que exigen a los estudiantes actuar sobre problemas concretos. Así se cumple con el objetivo de comprender un concepto y, al mismo tiempo, usarlo para resolver situaciones reales.

Por eso, la cercanía con la empresa es clave en este proceso. Aponte Romero explica que el CESA mantiene una relación directa con el sector productivo, lo que permite incorporar al aula necesidades, retos y contextos coyunturales en el mercado. “Tenemos al empresario retroalimentándonos directamente sobre cuáles son las necesidades que el mercado tiene”, afirma.

María Lucía Pérez Ramírez, decana de Programas Formales del Colegio de Estudios Superiores de Administración (CESA). Foto: Suministrada - API

De esa forma se asegura que la educación sea experiencial, pues los estudiantes no solo analizan escenarios, se enfrentan a ellos, toman decisiones y evalúan sus consecuencias. Y en medio de esto, cabe mencionar, la tecnología y la inteligencia artificial, actúan como una herramienta que amplía los escenarios posibles y facilita el análisis, aunque el centro del proceso sigue siendo la capacidad del estudiante para interpretar, cuestionar y decidir.

Un modelo educativo para toda la vida

Ese horizonte de reestructuraciones apunta hacia un modelo más flexible, que se aleja de trayectorias rígidas y se acerca a rutas personalizadas, en línea con una tendencia en la que los estudiantes buscan formaciones más cortas, específicas y ajustadas a sus necesidades.

En esa lógica, el CESA ha desarrollado un enfoque que articula educación formal y no formal a lo largo de la vida. Pérez Ramírez lo describe como un ecosistema en el que el aprendizaje no se limita a un programa puntual. “Tú entras a un ecosistema, no entras a un programa”, comenta, al referirse a un modelo que busca acompañar a los estudiantes más allá de su paso por el pregrado o el posgrado.

El cambio, sin embargo, no está exento de tensiones. La velocidad de la transformación tecnológica, la necesidad de mantener estándares de calidad y la adaptación de profesores y estudiantes plantean desafíos permanentes. En un entorno donde la información es abundante, la diferencia ya no está en acceder a ella, sino en saber interpretarla, cuestionarla y convertirla en decisiones. Y esto es a lo que le apuesta el CESA.