Matías Luengas Vergel aprendió a leer antes de cumplir 4 años, frente a un tablero de letras y unos videos que su madre le ponía mientras la acompañaba al consultorio de optometría en el que trabajaba. Y aprendió tan bien que, en las novenas navideñas del conjunto en el que vivía en Cúcuta, las señoras preferían que él leyera las oraciones, aunque había niños mayores. Esa ventaja lo acompañó después en el Colegio Santo Ángel de la Guarda, donde ocupó los primeros puestos de la excelencia académica desde primaria hasta once y donde, el 25 de septiembre de 2026, supo que había sacado un puntaje de 500 sobre 500 en las pruebas Saber 11.

Dos días después, un domingo en la tarde, sonó el teléfono de su casa. Al otro lado estaba Mauricio Gómez Amín, ministro de Comercio, Industria y Turismo de Colombia, quien pidió hablar con la madre y el hijo a la vez, así que mientras escuchaban al hombre en altavoz que les contaba que el presidente Abelardo de la Espriella había gestionado una beca para Matías con Christian Daes, cofundador de Tecnoglass, no cabían en el cuerpo de la emoción.

Cuando colgaron, Matías le dijo a su madre, Liliana Vergel: “Mamá, esta beca me la están dando por mi esfuerzo, entonces sí vale la pena estudiar”. La familia ya tenía un plan de acción para conseguir una beca de la universidad. Sin embargo, el apoyo que les ofrecieron en ese momento, canalizado por la Fundación Tecnoglass ESWindows, al cubrir los cinco años de su pregrado de Ingeniería Matemática en Eafit, premió el mérito y le dio otra vida: sin deudas estudiantiles, con entrevistas y con desconocidos que le piden fotos en la calle.

Su caso es extraordinario en un país donde el talento no siempre alcanza para entrar a la universidad. En 2025, según el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), del Ministerio de Educación, el 47,91 por ciento de los bachilleres del país empezó estudios superiores al año siguiente de graduarse, el promedio nacional más alto que se ha registrado. Aun así, más de la mitad se quedó por fuera. En el campo, la puerta es todavía más estrecha: en 2024, último año con datos por zona, apenas el 29,97 por ciento de los bachilleres rurales logró cruzarla, frente al 51,05 por ciento en las ciudades.

Y es ahí, justamente, donde el sector privado ha decidido intervenir. Entre 2021 y 2024, compañías, fundaciones y organizaciones destinaron más de 2,3 billones de pesos a la educación, según un informe de la Fundación Empresarios por la Educación (ExE), las becas ocupan un lugar central en esa apuesta: el 51 por ciento de las firmas que aportan al sector financia estudios de educación superior.

Detrás de esa cifra hay programas con nombre propio: uno de ellos es el de la Fundación Tecnoglass ESWindows, dirigido a trabajadores y a sus hijos, que en 2022 ya había apoyado a más de 6.000 estudiantes. A esa lista se suma Ecopetrol, que desde 1986 sostiene Bachilleres Ecopetrol ‘Mario Galán Gómez’, una iniciativa que paga la carrera de egresados destacados de colegios públicos y que este año superó los 2.000 beneficiarios.

Otras apuestas miden su éxito por la permanencia: en su primera década de becas, hasta 2024, la Fundación Grupo Argos invirtió más de 10.000 millones de pesos y logró una retención del 92 por ciento y una empleabilidad del 83 por ciento. Drummond, por su parte, completó en 2026 un total de 263 becas para jóvenes de Cesar y Magdalena. Y Tecnoquímicas, con 56.000 millones de pesos de recursos propios entre 2021 y 2024, fue la empresa privada que más destinó a educación en ese periodo, según el mismo informe de la ExE.

Pero muchas instituciones no esperan a que los jóvenes más brillantes lleguen a la puerta de la universidad. Es el caso de la Fundación Alquería Cavelier, vinculada a Alquería, que desde 2010 los busca con su programa Talentos Excepcionales en los colegios públicos de Cundinamarca, un departamento donde el 87 por ciento de los colegios oficiales son rurales, y hasta 2025 el programa había llevado a 529 jóvenes a la universidad.

Uno de ellos es Juan David Blanco Rodríguez. Creció en una vereda de ganaderos y agricultores, ubicada en Medina. Sus días empezaban a las 4:30 de la mañana, cuando salía con sus padres a buscar las vacas en el potrero para llevarlas al corral y ordeñarlas, porque de esa leche vivía la familia. Luego las devolvía y corría a alistarse, pues a las 6:30 de la mañana pasaba la ruta escolar, una camioneta que recorría vías destapadas. No obstante, cuando llovía, que era casi a diario, todo cambiaba: el vehículo no llegaba y como no había puente sobre el río Guajaray que se crecía y que sí o sí se debía cruzar, el muchacho, que era el mayor del grupo, se metía al agua y cargaba a su hermano y a los demás niños hasta la otra orilla con el único objetivo de no perderse las clases.

En 2022, cuando cursaba décimo, Talentos Excepcionales llegó a su colegio. Juan quedó entre los 130 seleccionados de los 1.300 aspirantes y empezó a prepararse para las pruebas Saber 11 en Cáqueza, un sábado cada 15 días. En once, el grupo se redujo a unos 70 u 80 y las clases pasaron a Cajicá, cada semana. Salía de su casa a la medianoche y llegaba a Bogotá a las 4:30 de la madrugada. Tenía apenas 15 o 16 años y además del refuerzo académico, recibía un subsidio de transporte y un acompañamiento psicológico que buscaba prepararlo para su llegada, meses más tarde, a la ciudad.

Después de todo ese esfuerzo, en el que el joven no para de mencionar el apoyo de su familia, y en especial de su mamá, sobre la cual dice que se merece todos los créditos por su proceso, su puntaje le abrió la puerta de la Universidad de los Andes, donde hoy cursa sexto semestre de Ingeniería Industrial, gracias a una beca que cubre la matrícula completa del pregrado e incluye un subsidio de manutención que sus padres complementan desde la finca.

“Para ese campesinito soñar con estudiar en una de las mejores universidades de Colombia era algo imposible”, dijo Juan, por eso, los becarios le tienen un apodo bastante peculiar a Carlos Enrique Cavelier, presidente de la fundación: “Lo llamamos nuestro coordinador de sueños”, explicó. “Somos conscientes de que sin su ayuda nuestras realidades serían completamente distintas”.