Nueva York, a inicios de los años ochenta. Algo importante estaba ocurriendo en el número 30 de West 21st Street en el vibrante y vertiginoso Manhattan. Aquel edificio industrial de diez pisos, que alojaba en sus tres primeras plantas una discoteca mítica y contracultural, atestiguaba el nacimiento de una estrella única en su tipo que revolucionaría para siempre los gastados estatutos de la música pop.
Antes de que el mundo se rindiera a sus pies, Madonna Louise Ciccone cantaba y bailaba su pegajosa “Everybody”, en el escenario del Danceteria, recién firmada por Sire Records, su primera discográfica. Con el pelo corto y ese fuego que emana la piel de las estrellas de rock, Madonna cantaba: “Everybody, come on, dance and sing / Everybody, get up and do your thing”.
En la Nueva York de entonces, golpeada por la crisis del sida, la delincuencia y en donde se vivía un magnífico auge artístico, clubes nocturnos como el Danceteria, y otros como Studio 54 y Mud Club, fungían como refugio para la creación y la libertad. Eran, más o menos, los lugares para ver y ser vistos.
Y aquí llegaba Madonna para encontrarse con quienes se transformarían en sus más íntimos amigos o sus más atesorados recuerdos: Debi Mazar, la ascensorista convertida en actriz y confidente de la cantante; Haoui Montaug, portero del club y host del espectáculo de cabaret NO ENTIENDES; Martin Burgoyne, el estudiante de arte que sería también su “mejor amigo, su boy toy”; Basquiat, el grafitero más exitoso del momento, y así. Una larga lista de nombres, de artistas y más artistas, con los que Madonna se codeaba en la pista de baile.
Muchos murieron y otros pocos sobrevivieron. “Es un lugar que no podría existir hoy en día”, le confesó Madonna a Vogue Italia en una entrevista reciente. No se equivoca: es difícil imaginar que ese edificio donde hoy opera una tienda de diseño y baldosas fue también alguna vez un templo peregrinado por artistas que ya no viven.
Madonna triunfó y fue coronada como la mismísima ‘reina del pop’. De ahí en adelante la vida devino en forma de sencillos, álbumes, giras, gramófonos dorados en la mano, escándalos y más giras. Y entonces, con más de 65 años, se encerró en el estudio con Stuart Price y otros productores para recrear esa vida que el tiempo se había llevado: un epitafio al mejor estilo neoyorquino. Así nació Danceteria, la quinta pista de esa fiesta infinita que es CONFESSIONS II, su álbum más reciente publicado el 3 de julio y el regreso más importante en toda su carrera.
“Al principio, no sabía si haría un nuevo Confessions, pero en el estudio nuestra conexión casi telepática se recreó de inmediato, lo que nos impulsó a continuar. Y cuando decidí mudarme de Nueva York a Londres, donde Stuart vive, lo tomé como una señal de que quería llegar hasta el final”, le contó Madonna a Vogue Italia.
Contrario al escepticismo y la crítica que corroyó la campaña de expectativa de CONFESSIONS II, cuando se decía que a sus 67 años Madonna “ya lo había hecho y dicho todo”, el lanzamiento del álbum le cayó la boca a muchos. Alcanzó el número uno del listado 200 de Billboard y la crítica lo nombró como “su mejor regreso”.
Pitchfork le confirió una calificación de 8,1 sobre diez, arguyendo que la diva había vuelto “a lo grande con un álbum de dance fresco y sincero” que era también “su mejor trabajo en los últimos 20 años”. Rolling Stone le otorgó cuatro de cinco estrellas y lo definió como “un groove que no se detiene (...), que toma elementos de toda la historia de la música dance”.
En CONFESSIONS II hay que cerrar los ojos desde el comienzo y dejarse seducir por los pulsos repetitivos del sonido; elevarse hasta un estado hipnótico, eléctrico, y descubrirse remedando versos que parecen más declaraciones libertarias: “Come to the club, come into the club of love” o “I just wanna lose myself in the groove. Everybody get up and dance”.
En la misma entrevista con Vogue Italia, Madonna lo describió como “un álbum sobre la conciencia y la libertad”. Dijo que bailar no es un acto sinsentido, sino que “te permite crear un sentido de comunidad y conexión”. La tercera pista del álbum, One Step Away, inaugura la pieza sentenciando que “la gente piensa que la música dance es superficial, pero están equivocados. La pista de baile no es solo un lugar, es un umbral, un espacio ritual donde los movimientos reemplazan al lenguaje”.
En la pista de baile de CONFESSIONS II suenan 13 canciones en total. Momentos cúspide hay por montón: Good For The Soul; Danceteria, por supuesto, y otras como Everything, Love Without Words, Fragile o L.E.S. Girl, la canción que concluye la fiesta, el amanecer. Para celebrarlo, Madonna emprendió una gira de promoción que la llevó hasta el show de Coachella de Sabrina Carpenter para presentar su colaboración, Bring Your Love, y a otros escenarios impensables como el Times Square, donde reunió a más de 50.000 personas entre fanáticos y transeúntes.
Y ahí no se detuvo. Luego vino el cortometraje que estrenó en el Festival de Cine de Tribeca, la icónica portada en Vogue Italia con fotos de Rafael Pavarotti; su paso por las escaleras de la MET Gala, la front row de la pasarela de verano de Saint Laurent, los shows del Club Confessions en Nueva York y Londres, o el acto musical en la clausura del Mundial. Quienes habían olvidado que Madonna era casi omnipresente, lo recordaron.
Pavarotti también fue la mente maestra detrás de la simbólica portada del álbum, que sitúa a Madonna como una especie de virgen musical cubierta por un velo en un altar de altavoces. “Sentada sobre esos altavoces, que son como el altar, me puse la tela en la cabeza, como si me convirtiera en una santa, verdaderamente ‘La Virgen’, una especie de imagen religiosa y reveladora. Si trabajas con la gente adecuada, las ideas surgen así. Así es como se crea el arte”, le dijo a Vogue Italia.
Este último capítulo musical es, si se quiere, la continuación de Confessions on a Dance Floor, el otro gran regreso que tuvo Madonna en 2005 cuando los tabloides, a sus 45 años, la tildaban de “anciana” para la escena pop.
Entonces lanzó ese mítico video musical de Hung Up, estirándose y bailando como una gacela; salió de gira por el mundo e hizo lo que mejor sabía hacer: anarquizar. Pero CONFESSIONS II es también una confirmación de que su voluntad artística sigue ardiendo y la corona de ‘reina del pop’ la seguirá ostentando para toda la vida.
Hay una frase en L.E.S. Girl, la última línea del álbum, que dice: “La noche es amable. El día es azul. Todo se desvanece, excepto por ti”. Después el álbum termina y no hay música para bailar. “El baile me marcó un rumbo, me permitió escapar de lo que consideraba una vida monótona, ir a Nueva York y perseguir mis sueños”, les confesó a los medios 40 años después. Y aunque sus movimientos ya no son tan desenvueltos como antes, ella asegura que seguirá bailando donde sea, incluso en la cocina. Y la verdad es que para Madonna la pista de baile es el mundo entero