De aquel accidente en España, en 1974, Fernando Botero Zea revela poco. “Muy personal, muy fuerte”, repite sin mencionar mayor detalle, como si dijera ‘pasó y punto’. Para entonces, el maestro Fernando Botero Angulo, su padre, ya gozaba de una notoriedad importante: en 1959 había pintado la Mona Lisa a los 12 años, obra que dos años después el MoMA adquiriría, y también Obispos muertos, otro lienzo brillante de su carrera.
En medio de la lluvia, los Botero conducían por una vía empinada entre Sevilla y Córdoba cuando un camión que descendía por una calzada paralela perdió el control y cayó sobre ellos. Pedro Botero Zambrano, ‘Pedrito’, el fruto de la relación del pintor con Cecilia Zambrano, murió. Los demás sobrevivieron, pero el costo, al menos para el maestro, fue fatal.
“Tengo una gran admiración por mi padre que pudo superar esa tragedia: se le fue el hijo y se le fue también el arte”, recuerda Botero Zea. Cuenta que durante mucho tiempo los médicos alcanzaron a creer que su padre, el genio, no recuperaría las manos. Al final, la consecuencia física se redujo a la amputación de la falange del dedo meñique de su mano derecha. Pero lo desolador, en realidad, fue el duelo de afrontar la pérdida de un hijo. Algo que en español carece de nombre: la orfandad al revés.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que Botero se recluyera, extendiera el lienzo y diera vida a una de las obras más desgarradoras de su colección entera: Pedrito a caballo. En una habitación de paredes azules, de aura celestial, un niño regordete, voluminoso, monta un caballo de juguete igual de protuberante que él. Un caballito de palo se apoya en la puerta, mientras, al costado derecho, en una casa diminuta, un hombre y una mujer se asoman por la ventana y la puerta con las manos vacías. Pedrito y el caballo miran de frente hacia el horizonte, apacibles, sin rabia ni desconcierto: ¿qué pensarán? Alguna vez el maestro, refiriéndose a otra cosa, dijo: “La pintura es hacer visible lo invisible”.
“Es la obra más importante que hizo en toda su vida”, contó Botero Zea. “No puedo imaginar el dolor tan profundo que sintió al retratar a su hijo muerto en condiciones tan dramáticas. Hay tantas preguntas que tengo sobre lo que pasaba por su cabeza cuando pintó ese cuadro con el corazón deshecho”.
Preguntas que seguramente reaparecen cuando el mayor de la estirpe Botero regresa al Museo de Antioquia, a donde pertenece el cuadro. Fernando hijo se detiene a detallarlo y confiesa que piensa que “si tuviera a mi papá vivo, me encantaría sentarme con él; que me explicara todos los aspectos de ese cuadro, que es bellísimo, dramático y desgarrador, pero, a la vez, extraordinario”.
En el año 2000, el maestro Botero donó 114 obras suyas entre dibujos, pinturas y esculturas al Museo de Antioquia, conformando así su colección más completa. La decisión no fue ni suerte ni azar: en repetidas ocasiones, y aunque la mayor parte de su plenitud artística la vivió en otros lugares, rectificaba con gran orgullo que a esa hermosa tierra de montañas irrepetibles nunca la olvidaba. En 1979 ya se lo confesaba a El Colombiano: “Mi alma sigue y no se ha ido nunca de Antioquia”.
Aun así, coincidencia o no, fue en 1974 cuando la colección comenzó a tomar forma con Ex-voto, la primera donación. Dos metros de pintura en la que un joven Botero, de rodillas, le ruega a la Virgen ganarse la Segunda Bienal de Coltejer, reconocimiento que nunca ganó. De ahí en adelante: obras y obras que varían de la visita de María Antonieta y Luis XVI a Medellín, pasan por un considerable número de óleos religiosos como La flagelación de Cristo, El desnudo de Cristo o Adán o Eva, y culminan con bodegones como Naranjas u obras de mayor tinte político como Carrobomba. Y en todas, lo quisiera o no, resonaba algo más allá de ese estilo volumétrico: su querida tierra, con lo bueno y lo malo. Pero ante todo lo bueno.
“Los días más felices de su vida fueron en Antioquia. Él estaba verdaderamente realizado. Tenía un amor muy profundo por su tierra”, revela Botero Zea. “En la última etapa de su vida, tenía el deseo de volver a sus raíces. Y creo que uno de los acercamientos más importantes fue donar todas esas obras suyas al museo y crear, claro, el Parque Botero. Eso lo hizo partícipe de la transformación de Medellín; le permitió estar en sintonía con la tierra que más amó”.
“Hay que parafrasear a Borges, que decía: ‘Yo nací en una ciudad que también se llamaba Buenos Aires’. Eso mismo puedo decir de Medellín”, admitió el maestro a El Colombiano en 1998. “Obviamente este no es el Medellín que conocí. Hoy es una gran ciudad con autopistas, avenidas, edificios. Yo nací en una ciudad donde el edificio más alto era el Palacio Municipal”.
El tiempo pasó, y un Botero ya entrado en años comenzó a ir y venir de su casa en Rionegro al Museo de Antioquia y al Parque Botero, a veces de la mano de su esposa, la escultora griega Sophia Vari, y a veces junto con sus hijos. Disfrutaba “pasar desapercibido y mirar la vida de la gente”, aseguró Botero Zea. Además de que le causaba cierta gracia admirar a las personas fotografiarse con las inmensas esculturas o percatarse de que los vendedores ambulantes ofrecían camisetas o gorras con el logo de La paloma de la paz. Esa era su inspiración.
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Antes de que su apellido hiciera eco, de las subastas millonarias y los yates. Antes de las rimbombantes exposiciones en París, Londres y Nueva York; de los hijos, los cuadros y la pasión. Antes, mucho antes, de que la muerte de su tercera esposa lo sorprendiera el 5 de mayo de 2023 en Montecarlo y que él se despidiera poco tiempo después. Mejor dicho: antes de que el maestro diera sus brochazos por este mundo, Fernando Botero no era más que el hijo de David Botero, comerciante, y Flora Angulo, costurera, nacido en Medellín un 19 de abril.
El mito de origen lo conocen: no muy religioso, garabatos que llegaron a los periódicos y luego se expusieron, casi torero, el barrio Boston donde vivió, viajes a París y a Italia, acuarelas, el descubrimiento del volumen, y así. Lo interesante, sin embargo, es todo eso que Botero tuvo que ver en Medellín para que se le despertaran las inquietudes correctas. No por nada dijo que “uno siempre pinta lo que mejor conoce y eso tiene raíces en la infancia y la adolescencia; ese es el mundo fundamental que pinto”. Lo que vio puntualmente es algo que nunca se sabrá, porque ni vivo lo explicó y porque ciertamente su genialidad da para pensar que fue, más bien, una virtud innata.
Ciertas imágenes, no obstante, sobreviven. “Lo que a él le gustaba más era trabajar durante todo el día en sus pinturas y a las siete de la noche salir en su carro con Sophia a Rionegro, La Ceja, el Retiro o hasta Marinilla”, recordó Botero Zea. Al llegar al pueblo, el pintor se sentaba en la plaza principal, pedía un par de aguardientes y se dedicaba sencillamente a ver. “Le fascinaba la vida cotidiana de la gente: el vendedor ambulante, la persona de las frutas, el señor fumando un cigarrillo a la espera de que su señora hiciera las compras”. En algún lapsus entre sus pequeños viajes antioqueños y su muerte, Botero aseguró: “Que mi alma vaya a la tienda donde vendan aguardiente”.
De aquellos paseos, el maestro llegaba con “millones de temas” para pintar. Y hasta le decía a su hijo mayor que eso casi calaba en el exceso, porque “llegaba recargado de temas”. Entrada la noche, luego de tomarse su par de aguardientes, Botero buscaba un restaurante típico, muy popular y ordenaba una bandeja paisa o una sopa de fríjoles. Luego regresaba a casa a dormir y el ciclo se repetía: “Él amaba esa vida”.
Así y todo, el maestro nunca se cansó de repetir “pinto de nueve a una y de dos a siete; no creo en las musas nocturnas ni bohemias: creo en un trabajo metódico y constante” y “para mí, pintar es lo mejor de mi vida; mientras trabajo solo creo en el arte, pero no piense que toda ha sido fácil como parece”. Era como si dijera: esta es mi convicción, mi vida, y no hay espacio para nada más.
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A sus casi 70 años de edad podría decirse que Botero Zea, el primogénito del pintor colombiano, tiene todos sus asuntos resueltos: hijos, diez nietos. A la llamada responde desde Atenas, ciudad que él y su familia eligieron para vacacionar este verano por un par de semanas: una rutina instaurada, según dice. Ahora como embajador de la obra de su padre, en redes sociales no habla sino de la exposición legendaria que presentará Sotheby’s, la lujosa casa de subastas británica, en pleno verano neoyorquino. Creadas entre 1960 y 1973, las obras forman una pequeña colección de los años que forjaron su característico estilo, eso sobre lo que el maestro dijo que “es lo único que no se puede enseñar y nace de las necesidades espirituales que se tengan”.
Botero Zea afirma que ahora son sus nietos quienes hacen las preguntas y asegura que “así sean pequeños” todos tienen conciencia de la presencia en sus vidas de su tatarabuelo. “Todas las casas que habitan tienen arte del maestro. Hay una valoración por lo que él hizo en favor de la familia y, diría yo, en favor de toda Colombia”.
Cómo es el tiempo. El 15 de septiembre de 2023, a sus 91 años, Fernando Botero Angulo murió a causa de una neumonía. Y aunque ese “último respiro” lo sorprendió en Mónaco, a miles de kilómetros de distancia de su natal Antioquia, el luto en el país fue total: cámara ardiente en el Capitolio y conmemoraciones en emblemáticos lugares como el Parque Botero. Sus restos regresaron después al cementerio de Pietrasanta, una pequeña ciudad en la Toscana italiana.
“Pero el deseo que él tuvo hacia el final de su vida era morir en Antioquia; ser enterrado allí. Fue un deseo que se frustró porque a partir de sus 84 u 85 años no podía viajar por su salud. De hecho, en algún momento me encargó a mí para que le reservara una cripta en el Cementerio Municipal de Rionegro”, contó Botero Zea.
Y con ese deseo en mente se fue a averiguar. A la persona del cementerio le confirmó que la cripta sería para el maestro Botero. Le respondieron: “¡Pero por favor, lo que el maestro Botero quiera!”. Salió y se lo contó a su padre, no recuerda si por teléfono o en medio de una conversación cotidiana. Esa noticia a Botero, dicen, lo puso contento.