Una historia extraordinaria siempre tiene un personaje que se enfrenta a un dilema que lo transforma por completo y lo convierte en otro ser. En el caso de Esteban Duque, mitad humano, mitad ballena. Tiene 32 años y es oriundo de Medellín. Biólogo, guía turístico, divulgador científico, nadador profesional, fotógrafo y emprendedor: Duque es un paisa berraco, multifacético, que sueña en grande y se le mide a todo para ser feliz. Siempre va pa’lante y rara vez acepta un no como respuesta.

Tiene una teoría: está convencido de que la fuerza que lo ha acompañado durante toda su vida nació mucho antes de conocer el océano, en la montaña. Por eso se autodenomina el ‘Delfín del Monte’. “Crecer y nacer rodeado de montañas significa que todo está cuesta arriba”, afirmó. Esteban está convencido de que son los cerros los que les dan a los antioqueños la fuerza para subir y sobrevivir cuesta arriba, buscando siempre la mejor manera para hacer las cosas y resolver pequeños y grandes problemas. Estas habilidades, tan propias de los paisas, las ha sabido aplicar de manera sabia en su vida.

Conocer la historia de Esteban hace inevitable pensar en Le Grand Bleu, la película de Luc Besson estrenada en 1988 y protagonizada por Jean Reno, Jean-Marc Barr y Rosanna Arquette. Su protagonista, Jacques Mayol, es un apneísta capaz de establecer una conexión casi mística con los delfines. Bajo el agua, su corazón parece pertenecer más al océano que al mundo de los hombres. Algo parecido ocurre con Esteban. También practica apnea y ha descendido hasta 55 metros de profundidad. De ahí que su verdadero hogar esté en las profundidades.

Esteban Duque, apneista antioqueño. Foto: Esteban Duque

Todo cambió cuando vio una ballena jorobada por primera vez. Tenía 21 años y había acompañado a regañadientes a su padre a pescar en Mecana, un pequeño corregimiento del municipio de Bahía Solano. Pasaron cuatro horas de búsqueda sin encontrar nada, salvo una camada de delfines. Entonces ocurrió. La ballena emergió del agua y saltó frente a la embarcación. Mientras todos miraban el espectáculo, Esteban lloraba. No era un simple avistamiento, era una revelación, un instante de iluminación. Aquel día descubrió lo que quería hacer por el resto de su vida.

Tras superar un trastorno de despersonalización a través de la terapia de los misteriosos y místicos cantos de las ballenas, y repleto de ilusión y sueños, montó una empresa de avistamiento de ballenas en Bahía Solano en 2016. Pero pronto comenzaron a llegar las dificultades que lo hicieron aprender a poner su salud y bienestar por encima de la ambición. Fue así como, por el bien de su salud mental, le dijo adiós a este emprendimiento. Asegura que fue como perder un hijo.

Luego vino su trabajo como líder científico en el Jardín Botánico del Pacífico, pero, de manera paralela, seguía buscando un nuevo proyecto independiente de avistamiento de ballenas, con tan mala suerte que perdió la voz debido a unos pólipos detectados en sus cuerdas vocales. Fue así como Esteban tuvo que guardar silencio para no olvidar sus sueños. Meses más tarde se embarcó rumbo al Mediterráneo antes de cumplir otra de sus ambiciones: viajar a la Antártida para ver a sus ballenas.

Un nuevo problema de salud lo inmovilizó por completo en alta mar y lo envolvió en un dolor que le hizo ver el reflejo de la muerte. Viajaba en barco cuando apareció, sin previo aviso, un cálculo biliar que quedó atrapado en su hígado. La fiebre alcanzó los 40 grados. Esteban deliraba y ni siquiera la morfina conseguía aliviar su sufrimiento. Hasta que una noche tuvo una conversación cara a cara con la muerte. Le dijo que sentía miedo, miedo de morir solo.

Esteban recordó una forma de solucionar su agonía: realizar ejercicios de apnea en negativo, una técnica avanzada que consiste en aguantar la respiración después de exhalar la mayor parte del aire de los pulmones, en lugar de hacerlo tras una inhalación profunda. Paradójicamente, sus amadas ballenas realizan algo parecido durante sus inmersiones profundas, cuando la enorme presión de toneladas de agua comprime sus pulmones.

Mientras repetía aquellos ejercicios ocurrió algo que todavía hoy le cuesta explicar. El dolor comenzó a desaparecer. Esteban liberó la presión en su abdomen respirando como lo hacen las ballenas y comenzó su proceso de autosanación. Lo que parecía una cirugía inevitable terminó reduciéndose al control de la infección por parte del personal médico cuando finalmente tocó tierra en Croacia.

Una segunda oportunidad

Así fue como Esteban aprendió a respetar los ritmos de la naturaleza. Entre más observa a las ballenas, más entiende su ritmo y lo incorpora a su vida como un mantra. Al ser animales rítmicos, toda su existencia se mueve a través de estos ciclos, y el primero es el sol. “El sol es el que les dice cuándo irse de Colombia, cuándo regresar a la Antártida, cuándo comer y cuándo reproducirse. Por eso debo escucharlas y estar presente para comprenderlas”, explicó.

En la Antártida, además de avistar ballenas, Esteban Duque disfrutó otra pasión: la fotografía. Aquí, los pingüinos se robaron todo el protagonismo. Foto: Esteban Duque

Por eso, durante los avistamientos, la herramienta más importante no es una cámara, un hidrófono o una lancha, sino un cronómetro para contabilizar cuánto tiempo pasan las ballenas sumergidas. “Pero la magia se intensifica aún más cuando una ballena empieza a navegar a tu ritmo. Ahí nace el vínculo, una conexión que no se puede romper”, contó Esteban, quien, al igual que Jacques Mayol, entra en un estado meditativo cuando se sumerge en apnea. Respira varias veces y se oxigena antes de contener la respiración, de la misma manera que lo hacen los cetáceos. Y así se entrega totalmente al mar. Su cuerpo se siente como gelatina. Y aunque a veces lo invade el miedo de lo que puede encontrar en la oscuridad, siempre repite el mantra: “Gran Madre Océano, me entrego a tu profundidad”.

Las ballenas también le han confiado otra gran enseñanza: que el verdadero poder no radica en el tamaño, sino en cómo usar la fuerza que se tiene. Son seres tan poderosos que podrían romper una lancha en dos, pero jamás lastimarían. “Cuando estoy en el agua con ellas, no te imaginas la precisión milimétrica con la que pasan a tu lado. Casi que les puedes hacer high five”.

La paciencia ha sido otro de los aprendizajes. Ellas no tienen afán y eso es algo con lo que este joven biólogo se siente muy cómodo. No le estresa pasar dos o tres horas buscándolas, disfruta ese instante y ellas siempre terminan recompensando su espera, porque siempre se dejan ver y se mueven con él. Así que las criaturas más grandes del planeta nunca tienen prisa. Simplemente conocen su rumbo. Y Esteban, después de tantos naufragios y renacimientos, finalmente encontró el suyo.

Ha sido la resiliencia de la montaña y la serenidad del océano las que moldearon el carácter de este hombre paisa, que ya no mide el éxito por la rapidez con la que alcanza una meta, sino por la profundidad con la que vive el camino. Al igual que Jacques Mayol descubrió que hay personas cuyo verdadero hogar no está en tierra firme, sino donde un humano y una ballena pueden convertirse en uno solo.