Se dice que en épocas de la conquista algunos de los españoles que navegaban el Magdalena para explorar nuestras tierras juraban que, al cabo de unos 30 días de navegar río abajo desde Cartagena, habían visto el asentamiento de una tribu indígena para nada belicosa a la que llamaban ‘Malibú’ y cuyo cacique se hacía llamar con el nombre de Mompoj. Muchos otros conquistadores pasaban luego por ahí y no daban jamás con su ubicación.
Anfibios como eran, los indios malibú vivían cerca del río en ciertas épocas del año y en otras se trasteaban a las partes altas. Los árboles también escondían como hoy a uno de los secretos más bellos y mejor guardados de Colombia: Santa Cruz de Mompox. Nadie lo ha descrito mejor que Gabriel García Márquez en El general en su laberinto: un Bolívar con tuberculosis pasa delirante en una barca por las orillas de Mompox y cuando su sirviente le dice dónde están, él le responde que Mompox no existe: “A veces soñamos con ella, pero Mompox no existe”.
Y sí: tan sacada de un sueño parece Mompox. Aunque, si hilamos tan fino como lo hacen sus joyeros para darles vida a las más refinadas piezas de filigrana, es probable que con esas palabras García Márquez se refiriera a la gloria que se le escapó al libertador al final de sus días, porque bien dijo él mismo que si a Caracas le debía la vida, a Mompox le debía la gloria: fue la primera ciudad en declararse independiente.
Paradójicamente, La valerosa se salvó del triste destino que tienen los puertos antiguos cuando el río “se durmió” y la carga empezó a atracar en Magangué. Así, la bonita se salvó de tener la suerte de la fea (con perdón de Magangué), pues desde entonces Mompox se detuvo en el tiempo sin dejar sus aires cosmopolitas, pues pasó de ser un punto de intercambio comercial a un crisol en el que se funden aleaciones extrañas y únicas como el Festival de Jazz, que hoy en día reúne una variopinta gama de músicos y de audiencias.
Aunque durante muchos años no tuvo rutas terrestres de salida y tocaba salir en chalupas o canoas, este pueblo patrimonio siempre se ha mantenido noble e ilustre. A pesar de que el tiempo parezca detenido, en Mompox sigue fluyendo lo importante sin ningún afán. Es como si nos concediera el don de crecer hacia adentro, como crecen en sus patios interiores las raíces de esos árboles inmensos que le han dado sombra hasta a Ornella Muti cuando vino a protagonizar una criticada versión cinematográfica de Crónica de una muerte anunciada.
Desde esa época, en la que las paredes del pueblo eran todas blancas —se cree que por alguna razón de salubridad, porque al decapar la pintura se descubrió que en la colonia era amarilla— y a los enfermos y muertos se los transportaba en hamaca, la comunidad se ha organizado. Muchas familias remodelaron sus casas para convertirlas en hoteles boutique de aire acondicionado y lencería bordada. La Alcaldía ha adoquinado y restaurado varios puntos del pueblo en los que la producción de filigrana y ebanistería crece a la par que la del queso en capas, el dulce de limón y el vino de corozo. Quien la visite se encontrará con personajes tan entrañables y diestros en su oficio como estos tres momposinos.
Eligio Rojas o los hilos de la delicadeza
La filigrana momposina tiene un origen de ida y vuelta. Todo el oro del sur de Antioquia llegaba al centro de acopio en Mompox y allí se encontraban la técnica y la novedad del español, la magia y la fuerza del africano y la mano y la cosmogonía del indígena. Los españoles evitaban llevarse todo el oro que saqueaban en un solo viaje por si los atracaban los piratas, y lo escondían en aquel pueblo que muchos creían un mito. Muchas veces les enseñaban a hilar a los nativos. Con sus manos diestras, pero sobre todo con su imaginario salvaje y poético, empezaron a crear piezas únicas y a llevar este saber de origen árabe de generación en generación.
Paradójicamente Eligio Rojas, uno de los más versados orfebres de Mompox, ha sido contratado para ir a enseñarles filigrana a las nuevas generaciones de joyeros españoles. No proviene de una familia de orfebres, pero sus maestros prácticamente lo adoptaron desde niño. Como en su pueblo no podía hacer bachillerato, Eligio entró a estudiar a la Escuela Tomasa Nájera que tenía énfasis en orfebrería y se levantaba a las tres de la mañana para atravesar Pueblo Nuevo, Guataca, Guaymaral y todo Mompox hasta llegar al colegio, a las afueras del pueblo.
El maestro Luis Ortiz Villanueva le vio la mano fina y le dijo “cómprate una mesita y unas pinzas y te espero en mi taller para que fundas”, recuerda. “Ahí empecé a ganarme la platica con el trabajo, pero a mi papá que era campesino le tocó irse y yo me quedé como golero sin ceiba. Me puse a trabajar en el taller de Juan Guzmán, que me dio posada también, y me presenté en la Escuela Taller de Artes y Oficios, a ver si me ganaba uno de los 15 cupos que repartían entre 300 que nos presentábamos. Casi no llego por culpa de uno de esos aguacero’e mayo. Llegué lleno de barro e hice el examen como pude”.
Eligio se puso muy triste cuando vio la lista publicada sin su nombre, pero el director lo había hecho a propósito para poder conocerlo porque había sido el primero entre todos. Y ha sido así, con esa disciplina y dedicación, que Rojas ha llegado hasta “a cruzar el charco”.
Lo más impresionante del trabajo de Rojas son sus piezas en 3D. Tiene escorpiones, jaibas, tarántulas y otros animales cuya arquitectura perfecta se asemeja a la de la naturaleza. Los hace para prendedores y le toma por lo menos dos meses de trabajo. Son piezas únicas en las que él mismo hace todo, desde fundir el metal e hilvanar, hasta soldar cada uno de los hilos. “Cada uno de esos hilos tiene que tener soldadura pa’ que se agarre, y si se rompe un hilito se daña todo el trabajo”.
Su labor se destacó de tal forma que en Expoartesanías llamó la atención de la marca española Tous, que le encargó varios diseños y prototipos, hasta que llegó la pandemia. “Se interesaron en un saltamontes mío y Artesanías de Colombia me llamó para hacerles una demostración de oficio y, aunque hay maestros muy celosos que te cierran la gaveta, yo sí soy generoso porque ¿qué hago yo con saber tanto, si no puedo trasmitirlo? Ahí tengo a dos de mis alumnos en el taller y a mi hija. Aunque antes no se usaba que las mujeres aprendieran filigrana, ella con quince años ya sabe lo básico. Al niño, que tiene ocho, le estoy enseñando a engastar piedras”.
Eligio sigue visitando a sus maestros: “Les muestro mis piezas para que me ayuden a resolver algo y les colaboro con las de ellos”. Después de haber ido a Bogotá y a España, no cambia las 25 o 26 calles de su pueblo natal por nada. “Uno puede recorrer todo Mompox en bicicleta, todo el mundo se conoce y a todo el que llega lo recibimos con cariño”. Asegura que Mompox parece como de otra época porque ellos se esmeran en mantenerla como aparece en los archivos históricos. “Afortunadamente ahora hay tres puentes pa’ venir, porque cuando yo era niño no había ni medio”. Solo hasta 2022 se terminó de pavimentar la Transversal Momposina que atraviesa el río Magdalena con el Puente Roncador, y ahora el turista también puede llegar en avión desde Cartagena o Medellín.
Aquí todo el que prueba el dulce de limón, el quesito de capas, el pato guisao, las almojábanas, las panochas, el pescao de río con casabe y el vino de corozo se enamora de esta tierra por la boca. Después se enamora por los oídos con su música. Eligio se encarga de prendarlos (literalmente) con los regalitos que se llevan, para que cada vez que los usen se acuerden de volver.
Wheimar Valencia Peña, el Kenny G momposino
Este joven musculoso y atlético que lleva la camiseta del Junior está haciendo el almuerzo para él y su mamá, antes de irse a jugar fútbol y a ensayar. Es músico desde los diez años. Al principio se dedicaba solamente a la música folclórica. Tocaba el tambor alegre cuando su mamá le compró el juego completo de instrumentos y él decidió enseñarles a sus amiguitos para montar un grupo de niños. Dirigía y repartía equitativamente los 40 o 50 mil pesos que les pagaban. Pero crecieron y todos sus compañeritos se dedicaron a otra cosa. Aunque se mantuvo cerca de sus raíces porque se unió a Rocín Bolívar, otro grupo con el que viajaba a diversos festivales por la región, cuando se graduó se fue a estudiar Economía en la Universidad del Magdalena.
Pero escapar a una tradición musical de cuatro generaciones era imposible. Por eso comenzó a hacer doble programa para graduarse también como técnico de música. “Me interesaba aprender de armonía y leer partitura. El resto ya lo llevaba en las venas, porque mi abuelo era el maestro Chico Peña, famoso guitarrista de bolero”, dice Wheimar mientras lanza un pedazo de carne a una paila de aceite caliente que empieza a hacer burbujas. “Ahí fue que me puse a estudiar con más juicio algo de trompeta, flauta traversa y clarinete, y luego me compré un saxofón, dizque pa tocar en Semana Santa cuando llegaran los turistas…”.
Wheimar puede vivir hoy cien por ciento de la música, pues ha sabido monetizar sus redes y conectar con las audiencias virtuales, además de conseguir clientela para eventos como solista. “Como ahora Mompox es mucho más elegante, viene gente a casarse y también toco en los cruceros fluviales que salen de Cartagena y van haciendo paradas por el Magdalena”.
Valencia hace parte de la La valerosa, una banda de 18 integrantes fijos y un formato de big band en el que toca con alrededor de cincuenta músicos. Ensayan todos los días bajo la dirección del Maestro Fernando Pérez y tienen ya 22 galardones a nivel nacional, dentro de los cuales figuran como mejor banda del Festival Nacional del Porro.
Cuando vuelve después de esos viajes asegura que no se va de Mompox porque ama sus raíces y quiere seguir trabajando en su región como artista formador del programa Artes para la paz, dando clases en Santa Teresa y en el colegio. “Ya tengo entre ojos a dos mellos que tocan bombo y redoblante, y a otro par de pelaos con mucha madera. No tienen mucho más por hacer que cazar iguanas o nadar, así que no fallan al ensayo. Con ellos quiero formar una banda de papayera”.
Don Abundio, sus traviesos y el baile de los coyongos
Como jamás he visto Mompox en persona, sueño con ella como si la conociera de memoria con solo escuchar la voz septuagenaria del Maestro Samuel Mármol, conocido como Don Abundio. Luego de escribirle para saber si puedo conversar con él, me deja un audio diciéndome que ahí está “sentado bajo unos palos” frente a su casa, esperando mi visita. Asume que voy a ir caminando hasta su casa para conocernos de verdad. Y esa noche yo sueño que me siento bajo esos palos a conversar como se conversaba cuando las pantallas no lo mediaban todo.
Puedo verme allí, abanicándome bajo el sopor del mediodía mientras veo al maestro Samuel pulir unas mecedoras que “una cachaca” le encargó arreglar. Con cachaca bien podría referirse a otra momposina de origen indígena y africano, como él, pero entremezclada con orígenes sirios, libaneses, italianos y franceses. Cuando le pregunto por qué la gente lo conoce como Don Abundio, me cuenta que desde muy niño trabajó como vendedor de medicinas con “una parranda de cachacos culebreros y ellos me vistieron pa un diciembre como Don Abundio, ese que salía en los monos esos de El Espectador. Me habían comprado el mismo saquito negro y elegante, con camisa blanca y hasta corbatín rojo y cuando me dijeron Don Abundio, me puse a llorar, me quité la ropa, la tiré en el techo y quedé en cuera, pero mi mamá me zampó una buena limpia y me hizo entender el valor del agradecimiento. Entonces pa quitarme la tontería decidí usarlo como nombre artístico, porque es verdad que con ellos yo aprendí el valor de la disciplina y también escuché mucho vals, boleros, tangos. Entonces me volví serenatero y aprendí a tocar la guitarra”.
Desde entonces Samuel se dedicó de lleno a la música, especialmente al canto y a la composición, pero también se convirtió en un guardián del folclor caribe. Más que una papayera, Abundio y sus traviesos es un grupo folclórico, en el que se les enseña a sus integrantes a tocar todos los instrumentos, a bailar y a reconocer ritmos. Las veladas musicales que organiza son una muestra de baile, música e historia, en la que una veintena de momposinos va rotándose la tambora, la gaita, el guache, el llamador, la flauta o el tambor alegre como si nada, mientras otros bailan y se disfrazan de aves como el coyongo, que con su pico da origen a ciertos ritmos percusivos que el ser humano imita en su música.
Esas son el tipo de historias que cuenta don Abundio cuando lo llama un grupo de turistas. “A muchos les gusta es aquí, en mi casa, porque hace brisa y se respira naturaleza, entonces el cantar de los sapitos y de los pajaritos nos acompaña. Pero como no están acostumbrados al jején, tienen que venir antes de las seis porque si no los saca corriendo”. La muestra se acompaña con algún vino (de corozo, de palma o de tamarindo) e incluso con tragos artesanales más fuertes como el ñeque, cuyo nombre se asocia a que, por ser una bebida clandestina, los fabricantes huían rápidamente con la agilidad del roedor y enterraban la bebida en la tierra para esconderla.
Cuando le pregunto por la Mompox de su infancia, recuerda cuando estaba pelaíto y vendía bollo y arepas por las calles destapadas. “Fulanita me encargaba diez pesos de bollo y yo le dejaba diez bollos en la ventana. Cuando ella se levantaba los encontraba ahí y nadie se metía con eso. Ya de regreso es que uno entraba a cobrar”, recuerda.
En sus composiciones, Abundio le canta al río, a los pájaros, y escribe versos que conservan la historia de los quehaceres antiguos. “Los sonidos de las mujeres que se iban a lavar a orillas del río cuando el límpido era un manduco con el que le daban garrote a la ropa pa sacarle el mugre, y se ponían a inventar versos y a contestarse entre ellas, o cómo era que se invitaba por papelito o con razonero a las peladas, que tenían que sacar permiso”, y acto seguido el maestro Samuel entona unos cantos por el auricular:
“Mama, déjame ir al baile, (y le contesta la otra) / Tú no vas p’allá. / Ya yo sé cómo cuidarme… (y vuelve y dice la otra) / Tú sola no vas. / Mama, yo voy con Leonardo, ya termine con Eloy… / y si Samuelito llama, le dices que yo no estoy”.
Cuál no habría sido el encanto del público del Instituto Smithsonian en Washington, cuando en 2011 Don Abundio calificó para presentarse con 18 de sus traviesos, entre hijos, nueras, nietos y ahijados. “Si usted viene, yo la pongo a bailar con la música de tambora, del río, de los antepasados, y le muestro lo que es una flauta’e millo, un alegre, un llamador”.
El grupo ensaya dos veces por semana. “Es como una escuela itinerante en la que trabajan los hijos míos y acogemos a los hijos de otros sin cobrarles”. Antes de colgarme porque tiene que encargar dos pernos de tres pulgadas por un cuarto para arreglar las mecedoras, me cuenta que le van a hacer una estatua por su labor a la cultura momposina.
Me imagino de nuevo allí sentada, sin nada que pueda distraerme de un espectáculo tan importante como la puesta del sol sobre un río, que vale la pena mirar de frente, con los sentidos aguzados de la manera única y perfecta en que la naturaleza sabe aguzarlos para permitirnos estar en el presente y nada más que en el presente. ¡Cómo no va a ser un patrimonio de la humanidad poder estar inmerso en una realidad como esa!