Hace dos años tuve mi primer encuentro con la Asociación de ASODAMAS con la curiosidad de quien observa una causa que admira profundamente. Ya conocía el trabajo que realizaban las gestoras y primeras damas del país, sabía del compromiso que existía detrás de cada proyecto y entendía que allí había algo mucho más grande que reuniones o eventos protocolarios: personas trabajando silenciosamente por transformar vidas.

Recuerdo que cuando me invitaron a participar sentí que era un espacio donde podía conectar con algo que siempre ha hecho parte de mi esencia, el servicio. Y desde ese momento entendí que ASODAMAS es una red que cree en el poder de trabajar desde los territorios, escuchando a las comunidades y entendiendo que el liderazgo sí transforma realidades.

Lo primero que hice fue compartir esa experiencia con las 87 gestoras sociales municipales de Santander. Sentía que ellas también debían conocer y hacer parte de una asociación que impulsa el empoderamiento, la autonomía y la dignificación de las mujeres en Colombia. Sin duda, cuando una mujer encuentra oportunidades, formación y respaldo, no solo cambia su vida, cambia la de su familia y la de toda una comunidad.

En 2025 tuve la oportunidad de integrar la junta directiva de ASODAMAS bajo el liderazgo de una gran presidenta. Allí entendí aún más el alcance que tiene esta asociación y el impacto tan valioso que puede generarse cuando los territorios trabajan unidos.

Y este año, en marzo de 2026, asumí con profundo agradecimiento y responsabilidad la presidencia de ASODAMAS Colombia. Lo recibí con humildad, valorando la confianza de cada gestor y primera dama asociada que creyó en mí y en el trabajo colectivo que hemos venido construyendo en todo el país.

Hoy comparto esta responsabilidad junto a representantes de territorios como Vaupés, Meta, Buenaventura, Sibaté, María La Baja, Pensilvania, Isnos y Coyaima, una junta directiva diversa que refleja la riqueza humana y social de Colombia.

Confieso que asumir este rol me llevó también a recordar algo que he repetido muchas veces, nadie le enseña a una mujer cómo ser primera dama. No existe un manual. Nadie llega con instrucciones sobre qué hacer, cómo actuar o por dónde empezar. Y quizá ahí está el verdadero reto, construir el camino mientras se avanza.

En mi caso, la vida militar y los años de trabajo en acción social con las familias militares fueron mi mayor escuela. Entendí que servir no es una obligación, es una forma de vivir. Aprendí que la necesidad del otro debe ponernos a reflexionar y que no podemos pasar por la vida sin detenernos a mirar las dificultades de quienes nos rodean.

Por eso, tomé el consejo de mi esposo, el gobernador de Santander, MG (r) Juvenal Díaz Mateus, y consolidé ASPAS —la Asociación de Acción Social para Apoyar a Santander—, una red construida con voluntarios, empresarios, aliados públicos y privados.

Y debo decir que una de las mayores satisfacciones ha sido descubrir hasta dónde puede llegar el corazón solidario de un territorio cuando se une alrededor de una causa. ASPAS comenzó como un sueño y hoy se ha convertido en una red viva que ha logrado tocar miles de vidas en Santander.

He visto niños de zonas rurales llegar por primera vez a un estadio de fútbol, hacerse un examen visual y recibir unas gafas que necesitaban desde hace años. He visto escuelas rurales transformarse con aulas digitales, pupitres, bicicletas y espacios más dignos para aprender. He visto a voluntarios pintar salones, organizar mercados, cargar donaciones y entregar tiempo con amor genuino.

He visto madres gestantes encontrar apoyo, acompañamiento y herramientas para salir adelante junto a sus hijos. Y también he visto cómo el bilingüismo y las experiencias educativas pueden abrirle el mundo a niños y jóvenes que antes pensaban que ciertas oportunidades eran imposibles.

Ahí entendí que la gestión social no se trata únicamente de ayudas; se trata de dignificar, escuchar y construir oportunidades reales.

Y aunque han existido retos, cansancio y momentos difíciles, también han llegado enormes satisfacciones: ver niños sonreír, mujeres recuperar la confianza en sí mismas, comunidades organizarse y personas descubrir que todavía existen manos dispuestas a ayudar.

Hoy creo más que nunca en el liderazgo femenino con propósito. Creo en las mujeres como motor que construye, que sostiene, que emprende, que sirven y que transforman silenciosamente sus territorios.