“Si hay un vicio de leer, también hay un vicio de escribir y un vicio de editar –escribía José Saramago en 2006, en un texto para conmemorar los 20 años de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL)–. Y si los tres, lectores, editores y escritores, padecemos un ‘mal’ tan afín, no nos queda otra alternativa que conocernos mejor”. Para el Premio Nobel de Literatura, la feria hace posible ese encuentro; concede la oportunidad de estrechar vínculos alrededor de los libros y soñar con una cultura “levantada con intervención de todos”. “Nos veremos en Guadalajara –aseguró entonces–. Quizá ese encuentro, con el objeto más hermoso actuando de puente, sea el más íntimo y completo que jamás podamos tener”.
No exageraba. La FIL es el mayor evento literario en español, el mercado de publicaciones más importante de Iberoamérica y la segunda feria del libro más grande del mundo, después de Frankfurt. Fundada hace cuatro décadas por la Universidad de Guadalajara, fue concebida como un festival cuya columna vertebral es la literatura. Durante nueve días, y con casi un millón de asistentes, la ciudad se llena de libros, autores y editoriales de distintos países; hay conferencias y talleres, actividades artísticas y musicales, homenajes, encuentros de negocios y foros donde se discuten los grandes temas que atraviesan la actualidad. El evento se realizará del 28 de noviembre al 6 de diciembre y tendrá a Italia como país invitado de honor.
Para celebrar su 40 aniversario, la FIL presentó la lista ‘26 en el 26’, una selección de 26 autores latinoamericanos menores de 40 años, cuyas obras están renovando la literatura en español. El listado incluye a tres escritores colombianos: María del Mar Ramón, Felipe Núñez Mestre y Lorena Salazar Masso. Para la feria, los novelistas amplían el mapa de nuestra literatura, exploran territorios narrativos novedosos y proyectan nuevas posibilidades con “perspectivas frescas, audaces y plurales”. La curaduría estuvo a cargo de especialistas en literatura, editores, periodistas y escritores, que revisaron más de 200 perfiles con al menos una novela escrita y publicada en español.
El mundial de la literatura
“Me gusta decir que la FIL Guadalajara es nuestro mundial”, aseguró María del Mar Ramón (Bogotá, 1992), autora de las novelas La Manada (2021), Todo muere salvo el mar (2023) y La memoria es un animal esquivo (2025), así como del ensayo Coger y comer sin culpa, el placer es feminista (2019). “Todos dentro del universo literario están allí: editores, traductores, agentes, escritores y lectores. Es la oportunidad de conocer y entender cómo se está gestando la literatura de esta generación y, a título personal, la forma en que América Latina está llevando la parada”.
“Casada con la escritura” de sus novelas, descubrió la pasión por escribir desde muy joven: “Es la única cosa que me ordena sin sacrificio”, confesó. Después de su segundo libro, el deseo desaforado y la pasión fueron relevados por el oficio. “Ya no dependes del chispazo o la inspiración. Estás en el territorio del trabajo, la disciplina, el arrojo, la relectura, el deseo de expandir las posibilidades del artefacto literario”.
Le interesa aprender de lo que escribe, pensar en los aspectos técnicos y defiende con orgullo su lengua “bastarda”, como ella misma la llama, atravesada por la migración. “La transformación del lenguaje es un ejercicio expansivo. Al principio traté de aplacarlo; ahora me gusta mi acento sucio, testimonio del movimiento. La migración me dio esta lengua, y ella ha transformado profundamente mi escritura”.
Su invitación a la FIL llegó de manera inesperada cuando “ya había hecho las paces con no ir”. Asistió por primera vez el año pasado y quedó “totalmente fascinada”. Por eso, cuando le contaron de la selección, se alegró por el genuino deseo que tenía de volver. “Es una lista heterogénea, fascinante de observar, con algunos de los autores más importantes de mi generación, y no lo digo por mí. Siento honor y pudor de integrarla”.
Romper con las fronteras
Felipe Núñez Mestre (Valledupar, 1992) comparte ese reconocimiento. Abogado y periodista, es autor de Todos somos islas (2024), un libro de cuentos que tardó diez años en escribir y que le valió el Premio Casa de las Américas, uno de los más prestigiosos de América Latina, y la novela Querido muerto mío (2025), finalista del Premio Clarín. Cuando tenía 20 años recibió el Premio Nacional de Cuentos La Cueva por su relato Abrakadaber y en 2018 su cuento Frutas de duelo fue reconocido con el Premio Distrital de Cuentos Ciudad de Bogotá. Cree que, quizás, fue seleccionado por la FIL debido a la ambición con la que busca nuevas formas de narrar la memoria, las fronteras y el cuerpo masculino. O tal vez por la terquedad con la que busca no encasillarse en los paradigmas estéticos de siempre.
“El valor de mi literatura es saberla caribeña”, aseguró. “Ser parte de esa tradición me permite saltar fronteras con desparpajo, problematizar la historia, la raza, el cuerpo y hasta la mitología”. Por eso, intenta romper los complejos de la nacionalidad contando historias que le pertenecen a toda la Cuenca del Caribe. Su novela, por ejemplo, empieza en Colombia y termina en Haití. Es paciente y riguroso con su oficio, cree en la importancia de depurar el lenguaje, mantener el rigor técnico y tener de aliado al periodismo. Reconoce la escritura como el trabajo más constante de su vida y cita a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir para explicar cómo coexiste con los trabajos que le permiten escribir. “Tenían un dicho para justificar su poligamia. Decían que uno tiene amores contingentes y amores necesarios. Mi fidelidad está en la literatura; los otros trabajos son los amores contingentes”.
Para el escritor, la FIL Guadalajara representa la posibilidad de acceder a una enorme plataforma comercial que le permitirá explorar nuevos públicos y mercados, pese a que, en la actualidad, sus libros son más leídos fuera del país. Además, es un espacio de encuentro con colegas. “Por la salud de la literatura de todos los países, es importante que los artistas se conozcan entre sí. El reconocimiento externo está bien, pero puede ser muy bullicioso. Conocernos, en cambio, es una forma de crear diálogos y permite la conversación intergeneracional”.
¿Qué está pasando con la novela?
Lorena Salazar Masso (Medellín, 1992) coincide con ambos autores en que la FIL es un entorno de posibilidades maravilloso. “Todos los que escribimos en este momento estamos pensando juntos, y formar comunidad siempre va a ayudar”, contó en un video publicado por la feria. Además, consideró que la lista que conforma junto a sus colegas permite poner sobre la mesa qué está pasando hoy con la novela, así como sus límites y posibilidades. “Es importante que estas conversaciones vayan también a los lectores y no se queden en el ámbito de las personas que escribimos”, advirtió en entrevista con El Colombiano.
Esta herida llena de peces (2021), su primer libro, fue el proyecto de grado de su maestría en Narrativa, que cursó en la Escuela de Escritores de Madrid. Antes de su publicación, trabajaba como redactora publicitaria y había decidido cursar el máster para fortalecer su perfil profesional. No imaginó que allí descubriría el deseo de dedicarse a la literatura. “El mundo de la escritura me atrapa, me hace pensar y decidir que quiero pasar más tiempo en él”. Después de esa novela, traducida a una decena de idiomas, se embarcó en la aventura de escribir Maldeniña (2023), el relato de una infancia marcada por la búsqueda del amor paterno.
Ambos libros evidencian su interés por nombrar la cotidianidad desde una narrativa íntima y sensible, construida a partir de imágenes. Esa necesidad de acercarse a lo “sencillo” la ha llevado a narrar historias que encuentran en lo aparentemente ordinario una forma de hablar sobre la condición humana y sobre temas como la maternidad, el abandono, la soledad y la violencia. “Me gusta sentarme a pensar en por qué pasan las cosas, qué mueve a las personas, qué sucede con la naturaleza, cómo la entendemos, cuál es la relación de los personajes con su entorno. Eso es lo que me hace escribir”.
Pese a sus diferencias, los tres autores tienen más en común que la edad, el oficio y el país de origen: ven en la FIL una ocasión para desdibujar fronteras, tender puentes, abrir puertas, propiciar encuentros con colegas y lectores y sostener discusiones relevantes para el oficio. El año pasado, Leonardo Padura, escritor, periodista y guionista cubano, la describió como una “gran locura”, una autopista de doble vía que ha potenciado, como ninguna otra, el sentido editorial y comercial del universo literario. Confirmó, con la misma convicción que los tres colombianos, su deseo de asistir: “Espero seguir circulando por ella”.