A medida que se acercan las elecciones presidenciales del 2026 las encuestas dejan de ser solo una fotografía del momento para convertirse en herramientas de análisis y en ciertos casos de influencia psicológica. En un escenario donde las estructuras partidistas tradicionales se debilitan, el comportamiento del electorado colombiano, especialmente de ese 5% de indecisos que suele definir la balanza, está siendo moldeado por la percepción de ‘viabilidad’. No se trata solo de quién tiene la mejor propuesta, sino de quién parece tener el impulso necesario para ganar, lo que activa atajos mentales.
César Caballero, gerente de Cifras & Conceptos, firma de consultoría e investigación, es tajante al explicar que las encuestas no afectan a todo el mundo por igual. Su análisis divide el mapa en tres: los votantes de estructura (fieles a su partido), los ideologizados (inamovibles en su postura) y, finalmente, los indecisos sin afinidad clara. Es en este último grupo donde se libra la verdadera batalla.
Según Caballero, aquí opera el sesgo de anclaje, porque la primera medición que recibe el ciudadano se convierte en su punto de referencia mental. A partir de ahí, se activan dos fenómenos: el ‘tren ganador’, donde el votante se suma al candidato con más opciones para no perder su voto, y el ‘tren perdedor’, un voto reactivo que busca frenar a quien lidera si este genera temor. Y es ese 5% de la población que señala Caballero el que termina inclinando la balanza en las democracias modernas.
La ‘caja negra’ de la última semana
Por su parte, Martín Orozco, gerente de Invamer, aporta una visión pragmática basada en la historia reciente: el voto útil, que se basa en la viabilidad del triunfo, es impredecible porque Colombia tiene un ‘punto ciego’ legal. Al prohibirse la publicación de encuestas en la semana previa a la elección, se genera un vacío donde ocurren movimientos definitivos.
Orozco recuerda casos emblemáticos: en 2018, Sergio Fajardo repuntó con tal fuerza en los últimos días que quedó a solo dos puntos de Gustavo Petro, un movimiento que las encuestas no pudieron advertir a tiempo. En 2022, el fenómeno fue Rodolfo Hernández, quien en la última semana capitalizó el descontento y superó a Federico Gutiérrez para meterse en segunda vuelta. Para Orozco, las encuestas son fotos de un momento, pero los escándalos de última hora —como el caso del ‘hacker’ con Zuluaga o las crisis de salud de los candidatos como Hernández en la elecciones del 2022— operan en una dimensión que escapa a la medición estadística y redefine la intención de voto en cuestión de horas.
La ciencia del voto y las encuestas
Finalmente, Juan Carlos Moreno desde el neuromarketing, aporta una visión teórica de este fenómeno. En su opinión, es posible que los indecisos usen los porcentajes como un atajo mental, porque ante la incertidumbre y la sobrecarga de información de las campañas, el cerebro humano busca economizar energía.
“El sesgo de anclaje permite que la primera información disponible sirva como referencia para simplificar decisiones complejas”, explica Moreno. Aunque aclara que las encuestas no “moldean las neuronas”, sí configuran el marco mental del elector. Esto lleva al ciudadano a concentrarse únicamente en quienes percibe como viables y no en el análisis detallado de los programas de gobierno.
En términos de estrategia política, lo anterior significa que aparecer punteando en la primera gran encuesta no es solo una victoria estadística, sino la creación de un filtro psicológico que puede activar el efecto de arrastre hacia la victoria final.