El sábado, 25 de julio, en las piscinas del complejo acuático de Gebze, a una hora y media de Estambul, Turquía, doce jóvenes con caretas, aletas, guante y stick escribieron la página más importante del hockey subacuático colombiano. La Selección Colombia femenina sub-19 se coronó campeona mundial tras finalizar invicta en las dos rondas de competencia, un resultado que nunca antes se había alcanzado en esta categoría.
Detrás de ese logro está Fredy Antonio Miranda Duarte, entrenador oriundo de Girardota, Antioquia, quien llegó a este deporte “casi por casualidad”, explica, en unas clases dictadas por la Caja de Compensación Familiar de Antioquia (Comfama). De ahí pasó a entrenar en la Universidad de Antioquia, se formó como tecnólogo en actividad física en el SENA y, más tarde, se graduó como licenciado en Educación Física en la Universidad Católica de Oriente. Con ese recorrido, ingresó al Instituto de Deportes de Medellín (INDER) para enseñar hockey subacuático y, junto con un grupo de amigos fundó en 2010 el Club Galápagos, semillero de gran parte del equipo que hoy ostenta el título mundial.
El camino hasta el oro en Gebze comienza desde que Miranda dirigió por primera vez a la selección sub-19 femenina en el Mundial de Sheffield, Inglaterra, en 2019; allí el equipo colombiano terminó subcampeón. “Yo quedé con la espinita de ese segundo puesto”, recuerda el entrenador, quien desde entonces empezó a estudiar con pesquisa el estilo de juego de las selecciones más fuertes, en particular la de Nueva Zelanda, histórica dominadora de la categoría. La pandemia aplazó el Mundial que debía disputarse en Turquía y obligó a esperar hasta 2024, cuando el torneo se trasladó a Kuala Lumpur, Malasia. Allí, con un grupo de jugadoras muy jóvenes y apenas tres meses de preparación, Colombia ocupó el puesto 14. “No hubo tanta preparación para ir a ese Mundial y, sin embargo, pudimos disputarlo”, explica Miranda.
Con esa base de experiencia, y ya con más tiempo de anticipación, se armó el proyecto que llegaría a Gebze. La elección del entrenador, aclara Miranda, ya no depende de los resultados en los torneos nacionales, como ocurría en 2019, sino de una convocatoria ante la Federación Colombiana de Actividades Subacuáticas: “Uno manda una hoja de vida donde cuenta en qué torneos ha participado como entrenador, qué logros ha alcanzado y qué estudios tiene. La Federación evalúa esas hojas de vida y escoge”. Tras ser seleccionado entre varios aspirantes, Miranda convocó a los clubes antioqueños y sometió a las deportistas a pruebas físicas, técnicas y en agua para definir a las doce integrantes del equipo. “Nosotros nos preparamos para ganar”, afirma. “Cuando empecé el proceso les dije a las deportistas: si nos preparamos a conciencia, física y mentalmente, el mundo nos lo ganamos”.
El resultado fue un equipo compuesto en su totalidad por jugadoras del departamento de Antioquia. Del Club Galápagos, en Medellín, participaron ocho: Danna Valentina Barrios, Shayla García Cano, Ana Sofía Ríos Blandón, María Gabriela Mogollón, María Camila Maya Pérez, María José Morales Rúa, Eileen Johana Berrío y Ana Isabel Zapata Ochoa. Del Club Cardumen, también en Medellín, tres: Sophia Núñez Escobar, Valeria Barrios y Valeria Agudelo Restrepo. Y del Club Aletas una jugadora, Isabella Molina, oriunda de Copacabana, Antioquia.
La preparación combinó entrenamientos técnicos con trabajo psicológico. “Yo siempre invertía una hora de las tres horas de entrenamiento para hacer reflexiones. Hablábamos del tema de la confianza, dejaba que ellas expresaran lo que sentían para poder gestionarlo”, cuenta Miranda. A eso se sumaron campamentos de convivencia cada quince o veinte días en fincas cercanas a Medellín, con trabajo en equipo y ejercicios de resolución de problemas, además del acompañamiento de un psicólogo deportivo de la Liga Antioqueña de Actividades Acuáticas. “Todo eso fue lo que nos dio esa luz y esas ganas de creer que sí éramos capaces de quedar campeones”.
El camino hasta la final estuvo marcado también por las dificultades económicas. Miranda calcula que cada deportista necesitó reunir entre 15 y 18 millones de pesos para cubrir preparación, alimentación, hospedaje y la inscripción al torneo, un costo que, según explica, corrió principalmente por cuenta de las familias. “A los papás les tocó vender de todo: boletas, café, postres. En las ciclovías, las niñas salían con las mamás a vender y la gente las apoyaba”, relata. El respaldo institucional fue limitado: “La Liga Antioqueña de Actividades Acuáticas nos ayudó con cerca de 30 millones de pesos para 48 deportistas, y eso es muy poco. La Federación apoyó con el uniforme y con el aval para poder viajar, pero el gobierno, la verdad, no nos apoyó”, afirma Miranda, quien insiste en que el país “tiene la gente y las instalaciones” para sostener este deporte, pero necesita “disposición del gobierno y de la empresa privada para poder competir en cada campeonato mundial”.
En Gebze, Colombia disputó dos rondas contra las mismas cuatro potencias del hockey subacuático mundial: Turquía, Australia, Francia y Nueva Zelanda, a quienes venció en las ocho oportunidades. “Quedamos invictos, con la mejor goleadora, la valla menos vencida y campeonas del mundo”, resume el entrenador. El partido más exigente, según Miranda, fue el primero del torneo, también contra Nueva Zelanda, selección que históricamente había sido superior a Colombia en esta categoría: “Ese primer partido es el de los nervios. Si usted lo pierde, mentalmente el equipo no sabe cómo reaccionar”. Colombia ganó ese primer duelo y, como Nueva Zelanda avanzó igualmente a la final, ambas selecciones volvieron a enfrentarse por el título. El partido se definió 1-0, con un gol marcado faltando un minuto para el cierre. “Ya las niñas estaban cansadas, las de Nueva Zelanda también. Ahí fue más corazón, mente y ganas”, describe Miranda.
En la misma competencia, la rama masculina sub-19 —integrada por jugadores de los clubes Galápagos, Cardumen y Aletas— obtuvo la medalla de plata, mientras que las categorías sub-24 femenina y masculina lograron el bronce y el cuarto lugar, respectivamente.
Para Miranda, el título abre expectativas más allá del reconocimiento deportivo. Su aspiración es que “las chicas tengan una beca para estudiar toda la carrera en la universidad que ellas quisieran. Sería fabuloso. Y si hay algún apoyo económico, eso debería aliviar el préstamo que hicieron los papás para que ellas pudieran viajar a este Mundial”. El entrenador espera además que el Ministerio del Deporte reconozca formalmente el logro: “Sería muy bueno que se dieran cuenta de que quedamos campeones mundiales, que representamos al país, y que nos pudieran apoyar económicamente”.
De cara a los niños y jóvenes que, a raíz de este título, empiezan a conocer el hockey subacuático, Miranda tiene un mensaje: “Que se motiven, que así como estos chicos, que hicieron tantos esfuerzos para conseguir recursos, viajar tan lejos, representar al país y quedar campeones mundiales, todo se puede. Hay que ser personas disciplinadas, con compromiso, y rendir tanto en la parte académica como en la deportiva”.
Al resumir el proceso completo —la preparación, el viaje y la victoria— Miranda elige tres palabras: “Compromiso, enfoque y creérselas. Eso es lo que se necesita para tener un logro y ser campeón mundial”.