La Feria Internacional del Libro de Bogotá (FilBo) de este año comenzó con una polémica: la mesa de inauguración del evento solo tenía a una mujer y 12 hombres. Más de 200 escritoras, ilustradoras, libreras, investigadoras y gestoras culturales de todo el país alzaron su voz en redes sociales con el hashtag #ColombiaTieneEscritoras para protestar por una “exclusión histórica”, en la que las mujeres siguen siendo “borradas de los espacios de representación y legitimidad cultural”, como escribe la organización colectiva Olga Castillo en su cuenta de Instagram @colectivaolgacastillo. A esta manifestación virtual se sumaron autoras como Pilar Quintana, Luz Mary Giraldo, Catalina Navas, Gabriela Arciniegas, Lucía Donadío, Tania Ganitsky y Lorena Salazar Masso.

La única mujer que estuvo en la mesa fue la ministra de las Culturas, Yannai Kadamani, que estaba sentada por su cargo, no por su escritura; y que si no fuera ministra, tampoco habría ocupado ese lugar. Así lo dijeron sin rodeos 231 mujeres del mundo editorial, que en los días siguientes a la inauguración de la FilBo firmaron un pronunciamiento bajo el nombre ‘Armemos la espantosa’.

No es la primera vez que ocurre algo por el estilo. En noviembre de 2017, cerca de 40 escritoras lanzaron el mismo hashtag cuando el Gobierno colombiano conformó una delegación literaria para el año Colombia-Francia sin incluir una sola mujer. Nueve años después, sin embargo, la foto de la inauguración volvió a ser la misma. “Nosotras no estamos llegando tarde a la literatura; hemos estado siempre. Lo que ha faltado es reconocimiento, escucha y lugar en los espacios donde se decide qué cuenta como literatura y quién la representa”, dice el comunicado de ‘Armemos la espantosa’.

En la FilBo 2025, la escritora Yolanda Reyes ya había señalado el mismo problema en la inauguración: “De los doce oradores, con excepción de la escritora Piedad Bonnett, ubicada en un extremo de la mesa, once eran varones y hubo que sortear una repetición de lugares comunes para que le llegara a ella el turno de leer el texto sobre los cuerpos tantas veces y de tantas formas excluidos y nombrados en la literatura. ¿Nadie les hizo notar a los organizadores el significado de esa exclusión, o fue un gesto deliberado?”, se lee en su columna de opinión titulada Los cuerpos excluidos, publicada en El Tiempo justo hace un año.

En la edición 2026, la FilBo tiene 433 invitados en su programación. De ellos, 191 son mujeres y 149 son hombres; es decir, 57 por ciento son mujeres. Esta paradoja llega en un momento en que el mercado también habla en femenino: entre los 14 autores más vendidos en Colombia, según el más reciente estudio de NielsenIQ BookData, cinco son mujeres, aunque todas foráneas: Marian Rojas Estapé, Isabel Allende, J.K. Rowling, Colleen Hoover y Han Kang.

Se leen más mujeres hoy y el fenómeno es mundial. En 2023, según la revista estadounidense Publishers Weekly, líder internacional en noticias del sector editorial, 17 de los 25 libros impresos más vendidos en el mundo fueron escritos por mujeres; es decir, constituyeron 68 por ciento del top global de ventas. Pero también se publican más: un estudio de febrero de 2023 del economista Joel Waldfogel, de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, documentó que las mujeres triplicaron su producción de libros relativa a la de los hombres entre 1970 y 2020, pasando de publicar un tercio de los títulos a ser la mayoría.

Basado en datos de ventas de 8,9 millones de títulos en Amazon y en 200 millones de calificaciones a 1,8 millones de libros en Goodreads, la red social de lectores más grande del mundo, Waldfogel encontró que la participación femenina en las publicaciones subió del 20 por ciento en la década de los 70, al 50 en 2020. Y el crecimiento no vino a expensas de los hombres: toda la industria creció. Para 2021, los libros escritos por mujeres vendían más copias en promedio que los escritos por hombres, señala Waldfogel, y los ingresos del sector aumentaron hasta 20 por ciento gracias a ese fenómeno.

El caso colombiano

A la hora de hacer un balance estadístico en nuestro país, las cifras escasean. Al consultar a la Cámara Colombiana del Libro sobre estadísticas oficiales del sector editorial desagregadas por género, esta es la respuesta: “Lamentablemente, no contamos con la información a ese nivel de detalle”, dice María Teresa Fernández, coordinadora de la Agencia ISBN - ISMN de la Cámara. Señala, a través de un correo, que en el estudio Sector editorial colombiano 2025 - Resultados y tendencias, un informe sectorial anual cuya versión 2025 lanzan este jueves 30 de abril, no existe categoría de género. En otras palabras: en Colombia no se sabe cuántas publicaciones son escritas por mujeres ni cuál es su participación estadística en el sector.

“Sabemos que hay más mujeres publicando, pero siguen pasando cosas como la de la feria. Entonces, sí hay una especie de inercia en todo el sector editorial. Incluso, creo que es un sector que está obligado a revisarse, casi que a parar”, dice Pilar Gutiérrez, escritora y editora independiente, que dirigió durante 20 años la editorial Tragaluz. Gutiérrez también reconoce que el auge de las publicaciones hechas por mujeres no es nuevo, sino que responde a que “ya hay un lugar conquistado por la mujer en la sociedad y definitivamente hay un cambio de mirada”.

Otras voces, como la de Alejandra Algorta, editora gerente de ficción del Grupo Planeta para la zona Andina, resaltan que más allá de hacer la división entre hombres y mujeres en el mundo editorial, lo que importa, apenas se logre la paridad, son los libros y su contenido. “Sigue habiendo muchos más libros publicados por hombres que por mujeres. Pero no creo que el público esté dejando de leer a hombres para leer a mujeres. Lo que pasa es que el mercado sí está creciendo, estamos leyendo más y en ese leer más estamos leyendo más mujeres”, reflexiona.

Algorta pone como ejemplo a la autora Virginia Petro De León, escritora afrocolombiana, cuyo poemario fue el libro de poesía más vendido de la editorial en la FilBo 2025. “Fue una sorpresa muy grata que un libro de poesía escrito por una mujer afro y diversa fuera el más vendido del género”, concluye.

Ellas siempre han escrito

En Colombia, las mujeres han escrito siempre. Lo que no ha existido es el reconocimiento. La Biblioteca de Escritoras Colombianas, en cabeza del Ministerio de las Culturas y la Biblioteca Nacional, con la investigación y curaduría de la reconocida escritora Pilar Quintana, intenta corregir esa deuda. Este proyecto nació en 2021 y busca, a través de la publicación de varias obras de mujeres, escritas desde la época de la colonia hasta la primera mitad del siglo XX, desmontar los prejuicios estéticos, ideológicos y de género que han segregado a las mujeres escritoras.

Su última entrega, publicada a mediados de 2025, reúne a 107 escritoras y una colección de diez antologías. Títulos que intentan visibilizar el trabajo literario, periodístico, investigativo y creativo de autoras colombianas. Esta iniciativa, aunque no reemplaza la necesidad de las cifras, se configura como una respuesta para minimizar los impactos del sistema patriarcal en el sector. “Normalmente se ha estimado la escritura de las mujeres como una escritura de temas menores. Lo que hace este proyecto es reivindicar la escritura de ellas, hacer justicia. Lo que pasa es que la reivindicación no necesariamente va en torno a contar cuántos libros están publicando ellas”, afirma Lina Isabel Castaño, coordinadora del grupo del Libro, la Lectura y la Literatura del Ministerio de las Culturas.

Pero incluso este reconocimiento tiene sus límites. Porque no son solo las escritoras las que conforman el ecosistema del libro. Son también ilustradoras, editoras, traductoras, libreras, investigadoras y gestoras culturales. Mujeres cuyos roles terminan invisibilizados. Al respecto, la escritora argentina Tamara Tenenbaum ha señalado una incomodidad que muchas comparten: la industria editorial se ha feminizado, en parte, porque se ha precarizado. Y a las mujeres las dejan prosperar en condiciones precarias.

“El sector se llena de mujeres porque terminamos haciendo esos trabajos de cuidado editorial”, advierten varias voces del sector que no quieren revelar sus nombres. La frase pone en tensión la narrativa del progreso: ¿Cuánto del avance de las mujeres en el sector editorial es conquista, y cuánto es el resultado de que los hombres prefieran otros espacios, debido a la precarización del sector?

Otra discusión es que las mujeres leen a escritoras y a escritores por igual. Según el libro The Authority Gap, de Mary Ann Sieghart, los hombres, mayoritariamente, leen poco a las mujeres: solo el 19 por ciento de los lectores de las diez autoras más leídas del mundo, son hombres.

“El mensaje es que ellas mismas se reconozcan como valiosas, como aportantes y que tengan la seguridad y el convencimiento de que son buenas en lo que hacen”, concluye la editora Gutiérrez.

El debate que se reabrió con la FilBo 2026 vuelve a poner sobre la mesa una tensión en el sector que no se puede seguir postergando: la distancia entre los avances reales de las mujeres en el entorno editorial y su representación en los espacios de legitimidad. Las cifras muestran que ellas están escribiendo más, aumentando sus ventas y ampliando el mercado, que sus historias conectan cada vez más lectores; las imágenes, como la de la mesa inaugural, siguen contando otra historia. Cambiar la situación no solo se trata de sumar nombres femeninos en una tarima, sino de transformar los criterios que deciden quién ocupa el centro de la conversación cultural.