En la última plenaria del Círculo de Mujeres Semana Dinero tuve la oportunidad de acercarme a Ana Lucía Pineda. Fue un encuentro breve, pero me dejó pensativa. Frente a mí estaba la primera dama de Colombia, pero también una mujer como tantas otras: madre, esposa, líder, una persona con ilusiones y sueños. Percibí en ella una calidad humana que ninguna discusión pública debería impedirnos reconocer.

Al leer las agresiones verbales que le dirigieron en una publicación, volví mentalmente a ese encuentro. Me pregunté en qué momento un cargo nos hace olvidar que quien lo ocupa siente, tiene una familia y merece ser tratada con dignidad y respeto.

Tenemos la libertad de pensar distinto, disentir con firmeza y participar en el debate público. Pero cuando una mujer se convierte en objeto de burlas por su apariencia, hemos dejado de discutir ideas. La recta intención ha cambiado, hemos decidido herir a una persona para alcanzar un objetivo, consentir un interés, entre otras cosas.

Quisiera que nos detuviéramos un instante antes de justificar cualquier acción ofensiva porque proviene de alguien con quien coincidimos políticamente o porque está dirigido a alguien con quien discrepamos. Si el respeto solo se lo damos a quienes están de nuestro lado, todavía no hemos comprendido lo que significa y lo que es respetar la dignidad humana, ni tampoco el mensaje del evangelio.

Mi fe me lleva a examinar cómo actuó Jesús respecto a las mujeres. Se sentó a conversar con la samaritana cuando ella misma se sorprendió de que Él le hablara. La escuchó, le permitió expresar sus preguntas, diálogo con ella con una actitud afable. Después de resucitar, Jesús llamó a María Magdalena por su nombre, confiándole la misión de anunciar a los discípulos lo que había visto. En ambos pasajes, Jesús se dirige a ellas como personas cuya voz y dignidad importa.

Eso nos exige algo muy concreto hoy: reconocer el valor de una mujer también cuando tiene visibilidad, cuando despierta desacuerdos o cuando otros pretenden reducirla a una imagen. Ana Lucía Pineda tiene un nombre, una historia y una vida que van mucho más allá del cargo de primera dama. Como cualquier otra mujer, merece que jamás usemos su condición de mujer para humillarla.

Ese mismo respeto por la dignidad humana también debe traducirse en acciones frente al sufrimiento de los demás. Pienso en las familias que atraviesan el dolor de haberlo perdido todo. Los damnificados del terremoto necesitan compañía, recursos y personas dispuestas a permanecer cerca cuando la conmoción inicial haya pasado. Su dignidad nos reclama una respuesta que puedan sentir en su vida diaria.

Jesús fue claro al hablar de quienes tienen hambre, sed o necesitan abrigo: nos pidió reconocerlo a Él, en ellos. Esa enseñanza me impide conformarme con sentir compasión desde lejos. Me obliga a preguntarme qué puedo poner al servicio de alguien que hoy necesita ayuda.

Decir “tú puedes” no siempre es suficiente

Desde el privilegio, impactar vidas no es una opción, sino una obligación. Y el privilegio no siempre es tener mucho dinero o un cargo importante. A veces consiste en tener salud para acompañar, una voz capaz de convocar, un conocimiento que puede abrir caminos o una relación que nos permite conectar a alguien con la ayuda que necesita.

Cada uno sabe qué tiene entre las manos. Por eso también puede preguntarse qué está haciendo con ello.

Podemos conmovernos al ver a una familia afectada y, al día siguiente, continuar nuestra vida como si nada hubiera ocurrido. Podemos condenar un insulto y luego compartir otro cuando la persona atacada nos resulta menos cercana. Es doloroso admitirlo, pero nuestra sensibilidad puede ser muy selectiva. La fe, si de verdad toca nuestra vida, tiene que incomodarnos precisamente ahí.

Pienso de nuevo en aquella plenaria. Acercarme a Ana Lucía me recordó lo fácil que es hablar de una figura pública sin haber mirado a la mujer. Pensar en las familias damnificadas me recuerda que también es fácil hablar de solidaridad sin acercarnos a quien sufre. En ambos casos, la distancia nos permite seguir de largo.

Mi invitación es a acortarla: proteger y respetar la dignidad de la mujer, sin cuestionarse primero de qué lado está; empatizar con las personas menos favorecidas y usar lo que hemos recibido para ayudarlas a levantarse. A transformar la indignación y la compasión en decisiones que nos cuesten algo: tiempo, comodidad, recursos o la renuncia a nuestra indiferencia.

Somos, como sociedad, lo que elegimos hacer con el poder que tenemos. La decisión es nuestra: Edificar y tender la mano o simplemente pasar de largo o en el peor de los casos, ser destructivos.

En nuestras manos está construir o destruir: «No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Juan 3,18).

Leiddy Wandurraga, CEO de Pulkro