Cada vez que mi familia se alistaba para salir de paseo, pasaba lo mismo: mi mamá, la última en subirse al carro, terminaba de peinarse ya en movimiento, con el espejo retrovisor como aliado. No era desorganización. Era su manera de ser proactiva y multitasking: nunca dejó que un detalle menor le robara tiempo a lo importante, que era salir a tiempo. De ahí nació una frase que en mi casa se volvió costumbre: ‘arranquemos que en el camino me peino’. Hoy, más de treinta años después, me veo repitiendo exactamente esa misma escena en mi propia vida, y sobre todo en mi manera de emprender.
Con los años até cabos y entendí algo sobre mí misma: no soy perfeccionista, soy hacedora. La diferencia no es sutil. El perfeccionista necesita que todas las condiciones estén dadas antes de moverse; el hacedor avanza en lo crítico y acepta que habrá errores, siempre que las ventas, el mercado mismo, se los permitan. Esa distinción, que hoy pongo en palabras, es en realidad la herencia directa de mi mamá en el carro: avanzar es más importante que llegar impecable.
Cuando fundé mis primeras empresas, esa forma de ser marcó el orden en el que construí todo. No empecé por tener el equipo completo, los procesos documentados o el inventario perfecto. Empecé por vender. El equipo, los procesos y hasta el inventario se fueron consolidando después, sobre la marcha. No fue improvisación: fue confianza en que el mercado me iba a decir, mejor que cualquier plan de escritorio, qué necesitaba construir y en qué orden.
Un ejemplo de esto es algo que solo se ve con perspectiva: si hoy analizo el portafolio de productos con el que arrancó mi empresa, no coincide, ni de cerca en un 100 por ciento, con el portafolio actual. El producto estrella que hoy nos define no nació ya definido; fue el resultado de haber tenido, antes, productos que no eran tan buenos. A eso le llamo ‘por el camino vamos puliendo’: uno no diseña el producto perfecto desde el escritorio, lo va afinando a punta de mercado real, de clientes reales, de prueba y error.
Y hay un ingrediente de ese proceso que pocas veces se dice en voz alta: esta forma de avanzar exige estar dispuesto a perder dinero. Cambiar de inventario cuando algo no está funcionando, decidir en el momento correcto —ni antes, por miedo, ni después, por apego— tiene un costo. Asumirlo es parte de la confianza. No se trata de gastar sin criterio, sino de entender que aferrarse a lo que no sirve solo para no perder lo invertido suele costar mucho más caro que soltarlo a tiempo.
La confianza no es ausencia de miedo, es decisión de avanzar
La confianza no es un estado de certeza total, es una decisión que se toma con información incompleta. Quien espera a sentirse completamente seguro para actuar, en los negocios, casi nunca actúa. El mercado no premia al que más preparó su lanzamiento; premia al que primero se atrevió a poner algo a prueba, incluso sabiendo que no era perfecto.
‘Peinarse en el camino’ terminó siendo, sin que yo lo planeara, la metáfora de cómo construyo negocios: salir sabiendo que los detalles —el equipo, los procesos, el inventario, incluso el producto mismo— se van a ir resolviendo y puliendo sobre la marcha. Es la diferencia entre la parálisis por análisis y el movimiento con propósito. Mi mamá no salía despeinada por descuido; salía a tiempo porque entendía que el reloj no espera a que estemos impecables, y se organizaba en movimiento, no antes de moverse.
Esa misma lección la llevé a cada empresa que fundé. La confianza en el instinto, en el mercado, en la capacidad de ajustar sobre la marcha, incluso en la disposición a perder algo de dinero por decidir a tiempo, terminó siendo más determinante que cualquier plan escrito antes de arrancar.
Si algo le diría a quien está por emprender, o a quien lidera un equipo hoy, es esto: la confianza se construye caminando, no esperando en la puerta. Ser hacedor no es actuar sin criterio, es aceptar que lo crítico avanza primero y lo demás se va afinando después. Arranquemos, que en el camino nos peinamos.
Adriana Sanabria, directora ejecutiva de Fixmedical