Hay momentos en los que un país parece reconocerse a sí mismo en una misma imagen.
A veces ocurre en un estadio, cuando miles de personas se visten de amarillo y cantan el himno con la misma intensidad. Otras veces sucede en un concierto, cuando un artista colombiano logra que una audiencia internacional cante una canción que nació de nuestra manera de contar el mundo. También ocurre cuando una producción hecha en Colombia cruza fronteras y demuestra que nuestras historias tienen vocación global.
En todos esos escenarios aparece una misma fuerza: la capacidad de Colombia para emocionar, convocar y generar valor.
Hace poco escribía sobre la importancia de vestirnos de amarillo cuando juega la Selección Colombia. No era una recomendación estética. Era una invitación a reconocer el poder de los símbolos. El fútbol nos recuerda que existen lenguajes que no necesitan traducción y que, durante noventa minutos, son capaces de suspender nuestras diferencias para convertirnos en una sola voz.
En un país donde con frecuencia ponemos el foco en aquello que nos divide, el deporte tiene una virtud extraordinaria: nos hace recordar que compartimos una identidad.
Ser hincha no es un acto individual. No se trata de destacar en la tribuna, sino de sumar. De entender que el color que llevamos puesto, el canto que entonamos y la energía que transmitimos también hacen parte del partido.
Porque el fútbol se juega en la cancha, pero también en las gradas.
Y cuando un estadio se tiñe de amarillo, no solo cambia su imagen. Cambia el sentimiento colectivo.
Esa misma lógica explica el poder de la cultura y del entretenimiento.
Un país no se construye únicamente desde sus instituciones o sus indicadores económicos. También se construye desde las historias que cuenta, los artistas que proyecta, los deportistas que inspira, los festivales que organiza, las producciones que exporta y las audiencias que logra emocionar.
La cultura y el deporte son mucho más que expresiones de identidad. Son motores de desarrollo que nos permiten reconocernos, mostrarnos al mundo e imaginar un futuro más ambicioso.
No hablo únicamente de ser un país donde ocurren conciertos, competencias o grandes eventos. Hablo de convertirnos en un país capaz de atraer inversión, desarrollar propiedad intelectual, producir contenidos, exportar talento y construir empresas alrededor de la creatividad.
Lo más difícil ya lo tenemos.
Tenemos música que cruza fronteras. Deportistas que despiertan orgullo nacional. Paisajes que atraen producciones internacionales. Ciudades que se consolidan como centros creativos. Públicos que responden con entusiasmo y emprendedores que entienden que las ideas también pueden convertirse en activos.
Cada concierto, cada festival, cada serie, cada producción audiovisual y cada experiencia cultural representan una oportunidad de desarrollo económico cuando existe una visión de largo plazo.
El reto consiste en dejar de ver estas industrias como sectores accesorios o exclusivamente emocionales.
La emoción es el punto de partida, pero no puede ser el punto de llegada.
Detrás de una canción, una película o un evento deportivo existen modelos de negocio, propiedad intelectual, financiación, tecnología, derechos de imagen, patrocinadores, plataformas, datos, audiencias y expansión internacional.
Hay creatividad, pero también empresa.
Esa es la conversación que Colombia necesita dar.
No basta con celebrar que nuestros artistas llenen escenarios en el exterior o que el país sea sede de grandes eventos. La verdadera pregunta es cómo convertimos ese reconocimiento en una industria sostenible; cómo pasamos de proyectos exitosos a empresas que acumulen valor; cómo logramos que una producción audiovisual trascienda el estreno y se convierta en un activo que genere oportunidades durante años.
En ese proceso, el derecho también cumple un papel estratégico.
Durante mucho tiempo se pensó que el abogado aparecía al final del camino, cuando había que revisar un contrato o resolver un conflicto.
Hoy esa visión resulta insuficiente.
Quien entiende estas industrias debe participar desde el comienzo, ayudando a estructurar modelos de negocio, proteger activos intangibles, facilitar inversiones y convertir la creatividad en valor.
Porque el entretenimiento, la cultura y el deporte dejaron de ser compartimentos separados.
Un Mundial no es únicamente una competencia deportiva. También es contenido audiovisual, turismo, publicidad, derechos de transmisión, tecnología, comercio, marcas, redes sociales y comunidad.
Un futbolista colombiano que triunfa en el exterior no solo representa un logro deportivo. También fortalece la marca país, abre mercados y amplía oportunidades para toda una industria.
Una producción colombiana que llega a una plataforma global tampoco solo entretiene. Demuestra que el país puede competir en creatividad, talento técnico, producción y narrativa.
Por eso, cuando hablo de vestirnos de amarillo, en realidad pienso en algo mucho más amplio.
Pienso en vestirnos de país.
Creer en Colombia también significa respaldar a quienes crean, producen, emprenden, investigan, innovan y construyen una economía alrededor de la cultura, el deporte y el entretenimiento.
La pasión de un hincha demuestra que cuando miles de personas creen en un mismo símbolo pueden transformar la energía de una multitud.
Esa misma convicción puede impulsar una industria.
Yo creo que Colombia ya tiene todo para convertirse en un centro de creación, producción, inversión y exportación cultural y deportiva.
Lo que aún nos falta es asumir esa oportunidad como una verdadera apuesta de país.
Porque el amarillo de la Selección y la fuerza de nuestra cultura hablan, en el fondo, de la misma historia.
La de un país que ya aprendió a emocionar al mundo.
Ahora le corresponde aprender a convertir esa emoción en desarrollo.
Maria Claudia Martinez, socia del bufete de abogados Martínez Quintero Mendoza González Laguado & De La Rosa