Hay quienes salen a correr con zapatillas. Hay quienes salen descalzos. Y luego les pedimos a los dos que lleguen al mismo tiempo.

En esa carrera nadie habla de zapatillas. Hablan de actitud.

Y cuando el descalzo no llega, decimos que le faltó actitud. Y si llega, decimos que fue su actitud (no que sobrevivió).

Porque si la pobreza se resuelve ‘echándole ganas’, entonces el resto del país puede dormir tranquilo. No hay que hablar de desigualdad, de hambre, de colegios que no se sostienen, de transporte imposible ni de madres agotadas intentando sobrevivir con trabajos informales. Solo repetimos frases como: “El que quiere puede”, “todo está en la mente”, “la actitud lo es todo”.

Y así convertimos un fracaso colectivo en una responsabilidad individual.

Colombia lleva años aplaudiendo la resiliencia porque le sale más barato eso que construir condiciones reales. Según el Dane, más de 16 millones de colombianos viven en pobreza monetaria. Y mientras entidades como Fedesarrollo, el Banco de la República y el Departamento Nacional de Planeación llevan años advirtiendo sobre la desigualdad estructural, la informalidad y la falta de movilidad social, seguimos respondiendo con discursos individuales a problemas que son, ante todo, colectivos.

Más de la mitad de los trabajadores sobrevive en la informalidad. Millones de personas trabajan todos los días y aun así no logran estabilidad. La pobreza ya no es solamente no tener empleo. Muchas veces es tener dos trabajos y seguir sin poder descansar.

Hay mujeres que salen de barrios periféricos a las cuatro de la mañana para atravesar media ciudad en bus. Dejan a sus hijos con vecinos, familiares o, a veces, solos. Trabajan diez horas. Regresan agotadas. Y aun así escuchan que todo depende de su mentalidad.

No. Hay cansancios que no se resuelven con motivación.

La meritocracia es cruel cuando unos arrancan la carrera descalzos.

Mientras algunos jóvenes hablan de maestrías, otros intentan descubrir cómo llegar a fin de mes sin abandonar el colegio. Mientras unos construyen hojas de vida, otros construyen mecanismos de supervivencia. Y aun así seguimos exigiéndoles el mismo rendimiento emocional a todos.

Hemos romantizado demasiado la resiliencia. Como si sobrevivir fuera una virtud admirable y no una obligación impuesta por contextos injustos. El país aplaude la superación personal mientras normaliza el abandono.

Y quizás ahí está una de nuestras contradicciones más violentas: admiramos a quienes sobreviven condiciones que jamás aceptaríamos para nosotros mismos.

Celebramos historias de emprendimiento sin preguntarnos por qué tantas personas tuvieron que inventarse un ingreso porque el sistema nunca les ofreció uno digno. Celebramos al joven que vende dulces después de estudiar, pero no cuestionamos el país que convirtió la supervivencia en rutina.

La resiliencia no debería ser el plan social de un país.

Porque llega un momento en que resistir también rompe. Rompe la salud mental. Rompe familias. Rompe proyectos de vida. Rompe jóvenes que crecieron escuchando que estudiar era el camino, pero descubrieron demasiado temprano que el esfuerzo no siempre alcanza cuando el punto de partida está tan lejos.

En Colombia, el lugar donde una persona nace sigue definiendo demasiadas posibilidades. El código postal todavía pesa más de lo que estamos dispuestos a admitir. Y cuando eso ocurre, hablar únicamente de actitud no solo es ingenuo. También es cruel.

Durante años hemos intentado resolver problemas estructurales con discursos inspiracionales. Como si una charla motivacional pudiera reemplazar una guardería. Como si la autoestima pudiera reemplazar ingresos dignos. Como si repetir “sí se puede” llenara una nevera vacía.

El discurso motivacional, cuando no tiene estructura detrás, no libera. Agota.

Porque obliga a las personas a sentirse culpables por no lograr resultados en condiciones desiguales. Les hace creer que si no avanzan es porque no insistieron suficiente, no soñaron suficiente o no trabajaron suficiente.

Y esa también es una forma de violencia.

La evidencia ya es demasiado clara para seguir ignorándola: cuando existen condiciones, las personas avanzan. Cuando hay educación sostenida, redes de cuidado, acompañamiento emocional y oportunidades reales, el progreso ocurre. No porque alguien ‘descubra su potencial’, sino porque, por primera vez, deja de sobrevivir el tiempo suficiente para empezar a construir.

Tal vez el problema nunca fue la falta de motivación.

Tal vez el problema es un país que lleva demasiado tiempo exigiéndole heroísmo a quienes apenas están intentando llegar vivos al final del mes.

Porque nadie debería tener que convertirse en símbolo de resiliencia solo para acceder a lo básico.

Y quizás ha llegado el momento de dejar de admirar únicamente a quienes sobreviven y empezar, por fin, a construir un país donde vivir con dignidad no sea una excepción, sino la regla.

Paola Dávila-Pestana Porto, CEO Fundación nu3