Durante mucho tiempo hemos hablado de las barreras que enfrentan las mujeres para crecer profesionalmente, llegar a posiciones de liderazgo o recibir una remuneración equitativa. Pero hay una realidad de la que todavía hablamos poco cuando pensamos en participación laboral: muchas mujeres no están por fuera del mercado porque no quieran trabajar, ni porque les falte preparación o experiencia. Están por fuera, o participan en condiciones mucho más limitadas, porque tiene a alguien que cuidar.

Cuando hablamos de cuidado solemos pensar primero en las madres, y por supuesto que la maternidad tiene un impacto enorme en la trayectoria profesional. Pero el tema es mucho más amplio. También están las mujeres que cuidan a sus padres cuando envejecen, a un hijo o familiar con discapacidad, a una persona enferma o a alguien que, temporal o permanentemente, necesita apoyo para desarrollar su vida cotidiana. En muchos hogares esa responsabilidad sigue teniendo nombre de mujer.

Los números ayudan a entender la dimensión del problema. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE, entre septiembre de 2024 y agosto de 2025, el 89,8 por ciento de las mujeres realizó actividades de trabajo no remunerado, es decir, tareas necesarias para sostener un hogar y cuidar a otros por las que no se recibe un salario: preparar alimentos, limpiar, acompañar a los hijos, atender a una persona enferma, mayor o con discapacidad, entre muchas otras. Las mujeres dedicaron en promedio 7 horas y 35 minutos diarios a estas labores, mientras los hombres destinaron 3 horas y 14 minutos. Una diferencia de más de cuatro horas al día que, inevitablemente, también determina cuánto tiempo queda disponible para trabajar, estudiar o desarrollarse profesionalmente.

Son cifras que inevitablemente nos llevan a preguntarnos qué posibilidades reales tiene una mujer de participar en el mercado laboral cuando una parte tan importante de su tiempo ya está comprometida con el cuidado. Porque conseguir un empleo es solo una parte del desafío. Después hay que poder cumplir horarios, desplazarse, asistir a reuniones, aceptar viajes, capacitarse, construir redes profesionales y asumir nuevas responsabilidades. Todas esas cosas que consideramos normales para crecer laboralmente requieren algo que no siempre tenemos en cuenta: tiempo disponible.

Y ahí aparece una desigualdad que muchas veces pasa desapercibida. Mientras una persona puede organizar su carrera pensando en la siguiente oportunidad, otra tiene que preguntarse primero quién recogerá a su hijo, quién acompañará a su mamá a una cita médica o quién podrá quedarse con ese familiar que necesita asistencia permanente. No significa que las mujeres cuidadoras tengan menos ambición profesional. Significa que están compitiendo en el mismo mercado laboral, pero con una disponibilidad de tiempo completamente diferente.

Por eso creo que también necesitamos revisar la manera como las organizaciones entienden la flexibilidad. Durante años la asociamos con beneficios como trabajar algunos días desde casa o tener cierta libertad en los horarios. Para una persona cuidadora puede significar mucho más: la posibilidad concreta de permanecer vinculada al mercado laboral. Horarios flexibles, trabajo híbrido cuando la naturaleza del cargo lo permita, jornadas adaptables, permisos para atender situaciones de cuidado y una cultura que no penalice a quien necesita utilizarlos pueden hacer una diferencia enorme.

Pero hay algo que me parece todavía más importante: no convertir estas medidas en concesiones exclusivas para las mujeres. Si seguimos diseñando políticas de cuidado pensando únicamente en ellas, podemos terminar reforzando exactamente aquello que queremos cambiar. Los hombres también tienen que poder cuidar, pedir permisos, acompañar a sus hijos o hacerse responsables de sus padres sin que hacerlo sea interpretado como falta de compromiso profesional.

También tenemos que cuestionar algunos sesgos que todavía aparecen en los procesos de selección y desarrollo. Una pausa laboral para cuidar no debería borrar diez o quince años de experiencia. Una madre que necesita cierta flexibilidad no es necesariamente menos comprometida. Y una mujer que durante un periodo tuvo que priorizar el cuidado no debería regresar al mercado laboral sintiendo que tiene que empezar nuevamente desde cero.

Hablar de participación laboral de las mujeres sin hablar de cuidado nos deja viendo solamente una parte del problema. Necesitamos más oportunidades, sí, pero también condiciones que permitan aprovecharlas. Porque mientras cuidar siga teniendo un costo profesional que recae principalmente sobre las mujeres, la igualdad en el mundo laboral seguirá siendo mucho más difícil de alcanzar.

Angélica Cantillo es consultora en Recursos Humanos