Desde niña me hacía una pregunta que parecía sencilla, pero que en realidad escondía un universo entero: ¿Qué voy a ser cuando sea grande? Nunca tuve una respuesta clara, pero sí una certeza: quería ser diferente. No por soberbia, sino por propósito. Quería construir algo que dejara huella, aunque en ese entonces no entendía cómo se hacía eso. Me repetía que debía estudiar, esforzarme, prepararme…, pero nadie te enseña cómo se encuentra el camino.
Hoy, mirando hacia atrás, descubro algo que ha estado conmigo desde siempre: mi vida está llena de diosidencias. No casualidades ni coincidencias, sino señales que aparecen justo cuando las necesito. Este mes de agosto lo confirmó con una fuerza que me estremeció. Y quizá por eso este agosto fue distinto: fue mi cumpleaños y el mejor regalo no vino envuelto ni llegó en una caja. El mejor regalo fueron esas diosidencias que aparecieron como abrazos silenciosos, como respuestas que no pedí, pero que llegaron igual, como luces que se encendieron justo cuando la oscuridad parecía más densa.
Porque cuando me pregunto quién me cuida, quién me ilumina cuando la angustia me aprieta el pecho, quién me abraza cuando quiero gritar y salir corriendo…, la respuesta llega suave, pero firme: Dios.
Dios en mis ideas. Dios en mis impulsos. Dios en mis locuras. Dios en mis silencios. Dios en cada puerta que se abre cuando parecía que no había ninguna.
Mi empresa. no nació de un plan empresarial, ni de un Excel, ni de una estrategia fría. Nació de una intuición en el corazón, de una chispa que no me dejó dormir, de una guía que no puedo explicar con palabras técnicas. Hoy entiendo que no fue una idea loca: fue una misión.
Este agosto lo confirmé de nuevo. Lo que sé hacer en mi trabajo no es solo generar empleo o mover carga. Es ayudar. Es servir. Es estar donde otros no pueden estar. Es tender la mano cuando la vida se rompe. Desde el 10 de agosto de 2026 hemos realizado labores de ayuda que jamás imaginé, y cada una de ellas me ha mostrado que la empresa es un puente. Un puente entre la necesidad y la esperanza.
Durante años pensé que mi propósito era trabajar, trabajar y trabajar…, como hace todo el mundo. Pero últimamente he descubierto que mi propósito también es servir sin condición, usar mis conocimientos en comercio exterior y logística para algo más grande que una operación: para un corazón, para una familia, para una vida que necesita un respiro.
Y aunque a veces mis ideas parecen locuras, y aunque algunos dudan de mis capacidades, cuando todo sale bien escucho esa frase que me hace sonreír: “Esa Katherine…, ¿Cómo lo logró?”. La respuesta es simple: Dios pone en mi camino exactamente lo que necesito para cumplir lo que prometo. Y tengo un equipo que me acompaña sin titubeos, que cree conmigo, que se sube a mis ideas como quien se sube a un barco en plena tormenta, confiando en que llegará a puerto.
Este cumpleaños no lo celebré con fiesta. Lo celebré con propósito. Con lágrimas. Con gratitud. Con la certeza de que Dios me regaló exactamente lo que necesitaba: personas, señales, caminos y fuerzas que no sabía que tenía. Y, sobre todo, con enseñanzas increíbles junto a 10 mujeres.
Por eso, hoy quiero agradecer a quienes hicieron parte de estas diosidencias y de este propósito que hoy abrazo con el corazón:
A mis clientes, que confían en mi trabajo y que, con generosidad, se sumaron a las ayudas humanitarias.
A mis proveedores, que siempre dicen que sí cuando la urgencia toca la puerta y que también aportaron a las ayudas humanitarias.
A mi equipo de trabajo, mi columna vertebral y mi fuerza diaria.
A los conductores que hicieron posible cada entrega durante las jornadas de ayuda humanitaria.
A Miguel Ángel Rojas, mi esposo, que sostiene mis días y mis sueños.
A Andrea García, compañera del Círculo de Mujeres de la Revista Semana, que creyó en mis capacidades y me inspira con su sensibilidad y proactividad.
A las 10 mujeres increíbles del Círculo de Mujeres de la Revista Semana: Naty, Nata, Gladys, Sandrita, Marisol, Clau, Tatis, Paulis, Florecita y Marce.
Nicolás Gómez, un chico tan loco como yo, que demuestra que la pasión también es una forma de fe.
A mi familia, que celebra mis logros como si fueran propios y que me acompaña en cada paso.
Hoy sé que no soy la niña que buscaba respuestas. Soy la mujer que entendió que las respuestas llegan cuando uno se atreve a escuchar. Y que las diosidencias no son magia: son amor guiando el camino.
Katherine Andrea Lozano Rojas – CEO y Fundadora de Opertrans de Colombia S.A.S.