Las narrativas lingüísticas crean buena parte de la realidad. Sin embargo, las palabras son una exteriorización de los pensamientos, que a su vez son creados por programas mentales y que, muchas veces, son heredados de generación en generación. Pero ¿dónde radican?
Podemos partir de algunas creencias religiosas que asocian a la mujer con Eva y sostienen que fue creada a partir de una costilla de Adán. Esta interpretación se reflejó durante siglos en la idea de que la mujer era solo una parte del hombre y, por lo tanto, debía asumir un papel de sumisión y obediencia.
Esto contribuyó a la creación de prejuicios y formas de discriminación hacia las mujeres, sus capacidades, sus derechos y su valoración frente a los hombres.
Como Top 10 Colombia Trainer Coach en PNL, encuentro un común denominador en el lenguaje, tanto del género masculino como del femenino, que lejos de promover la igualdad, aumenta las brechas. Frases como “mi esposo me ayuda con los niños”, como si fueran únicamente responsabilidad de la mujer; “mi marido no me da permiso”, como si no se viviera en libertad; o “las mujeres se quedan en la casa”, como si no tuvieran derecho a desempeñar otros roles, siguen siendo expresiones frecuentes incluso en este siglo.
Los sentidos son el medio que utilizamos para introducir información en nuestro cerebro. Es decir, programamos nuestra mente con lo que vemos, escuchamos y sentimos. En PNL los llamamos sistemas representacionales visual, auditivo y kinestésico, y son los que nos permiten procesar la información.
Sobre las narrativas excluyentes se perciben algunas tendencias:
Desde lo auditivo, el peso de la crítica y de los mensajes negativos sobre los logros, las capacidades y la culpabilización de las mujeres sigue siendo notoriamente alto. Esto genera un anclaje, es decir, una asociación subconsciente que a menudo dispara un diálogo interno de autocrítica o de queja.
Desde lo kinestésico, existe una sensación corporal de víctima al hablar de ellas. Es un discurso que se siente pesado, cargado de historia machista y de una lucha constante por alcanzar igualdad en derechos y oportunidades. Además, creencias limitantes asociadas a conceptos como el romanticismo o el sexo ‘débil continúan recargando negativamente la percepción emocional de muchas mujeres.
Desde lo visual, las percepciones también suelen generar cargas adicionales para el género femenino. El modo de vestir, de sentarse o incluso la relación entre el maquillaje y ciertas etiquetas sociales son paradigmas que durante años han contribuido a victimizar a las mujeres y a ponerlas en desventaja.
Por eso, estas líneas son un llamado a la consciencia. Ya basta de cargar con estas narrativas. Hombres y mujeres debemos entender que la vida no se trata de una competencia, sino de una evolución constante, amorosa e igualitaria.
Me permito hacer una invitación a reencuadrar nuestro lenguaje, una técnica de la PNL que permite otorgar un significado más amoroso a las situaciones. Para ello, comparto algunas ideas.
El amor no es sumisión ni control. El amor comienza por uno mismo. De manera que, si escuchas algo como “tú no me quieres porque no haces lo que yo te digo”, tu respuesta puede ser “sí te amo, pero me amo más a mi”.
La responsabilidad de los actos es propia de cada ser. Por eso, si alguien te dice “ves lo que me haces hacer” o “es tu culpa que yo te trate así”, tu respuesta puede ser “no existe ningún motivo válido que te dé derecho a agredirme. No lo permito”.
Los quehaceres del hogar son una responsabilidad compartida. Así que, cuando intenten imponerlos como un compromiso exclusivo de una persona, una respuesta puede ser “podemos llegar a acuerdos donde todos tengamos responsabilidades distribuidas de manera equitativa”.
Cierro con un deseo ferviente de que hombres y mujeres nos demos el valor y la comprensión necesarios para formar familias y entornos más seguros y saludables para nosotros y para nuestros hijos. Solo así podremos detener estas programaciones que durante años han causado tanto daño y que, en algunos casos, han llegado incluso a desencadenar tragedias.
Todos tenemos capacidades y habilidades propias que no están delimitadas por nuestro género o sexo. Van mucho más allá y hacen parte de una humanidad única que nos identifica. Todos merecemos vivir en libertad y felicidad.
Marisol Pabon Rodriguez, Presidente ejecutivo de Wo’Man Equity