Tuve la bendición de crecer con unos padres presentes, amorosos y cuidadores. Su compañía me dio algo que entonces no sabía nombrar: la seguridad de que podía aprender, equivocarme y volver a intentarlo. Hoy agradezco profundamente ese regalo. También sé que no todos crecen con alguien que les ayude a creer en sí mismos, ni cuentan con las mismas oportunidades para descubrir hasta dónde pueden llegar.
Pensemos en un niño que lleva a casa una tarea que no entendió. Necesita que alguien se siente a su lado, le explique de otra manera y le dé tiempo. En cambio, escucha: “Eres bruto. Tú no puedes”. Tal vez el adulto está agotado. Tal vez escuchó esas mismas palabras cuando era pequeño y cree que así se enseña. Pero el niño todavía está aprendiendo a distinguir entre una dificultad y su propio valor como persona. Puede terminar creyendo que el problema no es la tarea, sino él.
Los niños reciben de los adultos mucho más que instrucciones. También aprenden de ellos una forma de mirarse a sí mismos. Una frase cruel, repetida durante años, puede convertirse en esa voz interior que les pide no levantar la mano, no presentarse a una oportunidad, no intentar algo nuevo. Eso no significa que su futuro quede escrito para siempre. Significa que debemos tomar en serio el daño y reconocer que otras palabras, otros vínculos y otras experiencias pueden ayudar a repararlo.
También hay niños que escuchan “tú puedes”, pero crecen sin los medios para explorar sus capacidades. Algunos tienen quien los acompañe a estudiar, acceso a libros, tiempo y referentes distintos. Otros viven en familias que hacen enormes esfuerzos y, aun así, encuentran puertas cerradas. Sería injusto decirles que todo depende de su actitud. La confianza necesita un lugar donde ponerse a prueba: una escuela que enseñe, un adulto que escuche, una oportunidad que no esté reservada siempre para los mismos.
Por eso, nuestra responsabilidad con los niños no termina en hablarles con cariño. Incluye corregir sin humillar, permitirles preguntar y admitir ante ellos cuando nos equivocamos. Incluye crear condiciones para que sus padres puedan acompañarlos y para que la educación no sea una promesa vacía. Las familias son fundamentales, pero no pueden hacerlo todo solas. Docentes, comunidades, instituciones, Estado y empresas participamos, de distintas maneras, en la formación de la siguiente generación.
En Pulkro, una de las empresas que he tenido la bendición de ayudar a construir, esta reflexión tomó un sentido muy concreto. Trabajamos con personas que realizan labores de limpieza y mantenimiento indispensables para todas las industrias. Son oficios dignos, exigentes y necesarios. Lo que nos duele es pensar que un hijo tenga que seguir el oficio de sus padres únicamente porque nadie le mostró otra posibilidad. Si un joven lo elige conociendo sus alternativas, merece todo nuestro respeto. Si lo hace porque nunca pudo elegir, como sociedad tenemos una pregunta pendiente.
Esa pregunta nos llevó a crear ALMA, un espacio de formación para los hijos de nuestros colaboradores, donde pueden aprender, descubrir sus talentos y conocer caminos que quizá no habían imaginado. Comenzamos con un grupo pequeño, con la esperanza de llegar a más familias. No podemos decidir por esos jóvenes lo que deben ser ni prometerles un futuro que nadie puede garantizar. Lo que sí podemos hacer es escucharlos, acompañarlos y ayudarles a encontrar oportunidades para construir su propio camino.
Una empresa puede abrir espacios de aprendizaje y cuidar las condiciones de trabajo de las madres y los padres; una escuela puede advertir a tiempo que un estudiante dejó de participar; un adulto cercano puede ayudar a un niño maltratado a comprender que lo ocurrido no define su valor. Cada gesto tiene un alcance distinto. Pero todos comienzan cuando dejamos de tratar la infancia como un asunto ajeno.
¿Y cómo olvidar las palabras de mi amado Jesús?: “Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños” (Mateo 18, 10). Me pregunto cuántas veces los despreciamos sin darnos cuenta: cuando llamamos incapaz a un niño o a un joven, cuando confundimos su silencio con falta de interés o cuando damos por decidido su porvenir a causa de la familia en la que nació. Reconocer su dignidad exige escuchar lo que necesita hoy y cuidar las posibilidades que tendrá mañana.
He escrito antes sobre el poder de las palabras. Al pensar en nuestros niños y jóvenes, comprendo que las palabras y las oportunidades no pueden ir separadas. Decirle “eres capaz” a quien nunca recibe la ocasión de aprender puede sonar vacío. Abrirle una puerta sin ayudarle a desprenderse del “no puedo” que lleva dentro puede no ser suficiente. Necesitan ambas cosas: alguien que crea en ellos y una oportunidad real para intentarlo.
Yo tuve unos padres cuya presencia sigue acompañándome. Esa gratitud me deja dos convicciones. La primera: las oportunidades que le faltaron a un niño no deberían decidir quién puede llegar a ser. El lugar donde nació no puede convertirse en una sentencia sobre lo que podrá aprender, intentar o elegir.
La segunda nos compromete a los adultos. Los niños y los jóvenes necesitan cuidado, escucha y apoyo mientras descubren quiénes son. Si tenemos tiempo para acompañarlos, conocimientos para compartir, recursos para abrirles una oportunidad o la posibilidad de apoyar a sus familias, hagámoslo. Tal vez nunca sepamos hasta dónde llegará uno de ellos. Pero sí podemos asegurarnos de que, cuando miren hacia atrás, recuerden que alguien estuvo allí, creyó en ellos y les ayudó a dar el primer paso.
Leiddy Wandurraga, CEO de Pulkro