Desde las primeras manifestaciones asociadas al arte, como las pinturas rupestres, hasta las prácticas más contemporáneas, el arte ha estado conectado con otras disciplinas y ha cumplido múltiples funciones a lo largo de la historia humana.

Las pinturas rupestres, por ejemplo, han sido interpretadas como actos casi mágicos: una forma simbólica de atrapar o convocar aquello que debía ser cazado. Siglos después, la Iglesia católica utilizó el arte como herramienta evangelizadora y narrativa espiritual; las monarquías, como instrumento de poder, legitimación y registro visual de sus conquistas, batallas y logros; y, más adelante, el arte también se convirtió en testimonio de procesos históricos, sociales y culturales.

En las prácticas contemporáneas, especialmente después de lo que el filósofo Arthur Danto denominó “el fin del arte”, se hizo aún más evidente su capacidad para dialogar con múltiples campos del conocimiento. El arte dejó de estar limitado a una única definición, técnica o función y comenzó a abrirse con mayor fuerza hacia la filosofía, la ciencia, la política, la economía, la historia, la ecología, la tecnología y las preguntas más íntimas de la existencia humana.

Contrario a lo que muchas personas creen, los artistas contemporáneos no están simplemente interesados en expresar sentimientos o pasiones personales. Su trabajo, en muchos casos, consiste en conectar ideas, teorías, contextos sociales, procesos científicos, preguntas ambientales, tensiones económicas, memorias históricas y reflexiones filosóficas con sus propios procesos de pensamiento.

Por eso, el arte y las prácticas artísticas se convierten en oportunidades para cuestionar el mundo, revisar nuestros mapas mentales y confrontar nuestras formas habituales de entender la realidad. Los artistas expanden nuestras visiones individuales, cuestionan el presente, develan el pasado y registran nuestra contemporaneidad para las generaciones futuras.

Basta visitar museos, galerías o talleres de artistas para encontrarse con obras que hablan de biología, territorio, identidad, violencia, tecnología, migración, espiritualidad, economía o memoria. Cada obra puede ser una puerta hacia una disciplina distinta, pero también hacia una pregunta que nos obliga a pensar desde un lugar menos automático.

En ese sentido, podemos acercarnos al arte como una disciplina en la que convergen muchas otras. Sea cual sea nuestra profesión, oficio o interés personal, siempre podremos encontrar un artista, una obra o una práctica con la cual conectar. El arte tiene esa capacidad de convertirse en un comodín del pensamiento: entra en diálogo con casi cualquier campo y, al hacerlo, nos permite mirar desde otro ángulo.

Apreciar, estudiar y entender el arte nos lleva inevitablemente a cuestionar nuestra realidad y nuestro sentido del mundo. Nos invita a revisar nuestras creencias, opiniones y certezas desde un lugar más crítico, más amplio y más interesante.

Habiendo estudiado arte y ejerciendo hoy en campos aparentemente distantes de él, no puedo sino agradecer la formación que me dio. El arte me enseñó a mirar con sospecha, curiosidad y profundidad. Me enseñó que la realidad casi nunca tiene una sola lectura y que las respuestas más interesantes suelen aparecer cuando distintas disciplinas se encuentran.

Allí radica, para mí, el poder oculto del arte: en no permitirnos quedarnos con un único punto de vista. En enseñarnos a cuestionar. En obligarnos a mirar de nuevo. En ayudarnos a entender el mundo o, al menos, a intentarlo, desde una perspectiva más completa, sensible e interdisciplinaria.

Acercarse a una obra no es únicamente acercarse a un objeto. Es acercarse a un proceso de pensamiento, a una reflexión y a una manera de ver la vida que puede expandir la propia.

Por eso, hoy los invito a visitar los museos, galerías y talleres de artistas que existan en sus ciudades. Pero, sobre todo, los invito a acercarse al arte con una intención distinta: no solo para observar, sino también para pensar mejor.

Margarita María Rodriguez Rincón, gerente de Vitanest Solutions