Hay una pregunta que les hacemos a los niños con total naturalidad y que, en algún momento de la vida adulta, dejamos de hacernos a nosotros mismos: ¿qué quieres ser? A los siete años, la respuesta puede ser astronauta, veterinaria, youtuber y cantante al mismo tiempo, y a nadie le parece una contradicción. A los cuarenta o a los cincuenta, en cambio, la pregunta parece resuelta. Ya somos algo. Tenemos un cargo, una tarjeta de presentación, una trayectoria que otros reconocen. Y justamente por eso, casi sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos: ¿qué más podríamos ser?

Llevo más de un cuarto de siglo en la industria audiovisual y he aprendido que la experiencia es un patrimonio enorme, pero también puede convertirse en una forma elegante de encierro. Mientras mejor sabemos hacer algo, más nos cuesta permitirnos ser principiantes en otra cosa. El prestigio acumulado pesa, y el miedo a no estar a la altura de nuestra propia reputación nos convence de que lo prudente es quedarnos donde ya sabemos ganar.

Quiero ser clara: no estoy invitando a nadie a renunciar a lo construido. La invitación es a ampliar, no a reemplazar. Una carrera consolidada no es un punto final: es una plataforma. Lo que sabemos hacer, como negociar, liderar equipos, resolver crisis y terminar lo que empezamos, no se pierde cuando exploramos otro territorio; al contrario, es lo que nos permite llegar a él con ventaja.

Lo digo desde mi propia experiencia. Empecé en la televisión como parte del equipo financiero de una productora. Mi mundo eran los presupuestos, los flujos de caja y los números, y habría sido muy fácil quedarme ahí: lo hacía bien y nadie me pedía otra cosa. Pero poco a poco me permití asomarme a otras áreas y aceptar los retos que se me presentaban: la negociación con clientes y socios, la relación con los equipos y el talento, y las conversaciones creativas sobre qué historia contar y cómo contarla. Cada paso fuera de mi terreno conocido me obligó a aceptar la incomodidad de volver a ser aprendiz. Ese recorrido es el que hoy me tiene donde estoy, como CEO de CMO Studios, supervisando y acompañando cada eslabón de la cadena productiva del negocio. En el camino, descubrí que, además de las habilidades administrativas y organizacionales con las que llegué, tenía otras: las comerciales, las relacionales y, sobre todo, las creativas, que nunca habría conocido si me hubiera quedado en mi primer escritorio.

Hubo también un momento de transición en mi carrera en el que me atreví a algo para lo que no tenía ninguna formación: crear un negocio de diseño de zapatos. No fue un pasatiempo. Fue una apuesta seria que nació como alternativa en un momento en que no tenía claro cuál sería mi siguiente paso. No era diseñadora, no venía de la industria del calzado y tuve que aprender, y sigo haciéndolo, casi todo desde cero. Lo que rescato de esa experiencia no es solo el negocio, sino el gesto que lo hizo posible: atreverme a hacer algo que no sabía hacer, que nunca había hecho y para lo que nadie me había preparado. Descubrí que la falta de título no es lo mismo que la falta de capacidad, y que muchas veces lo único que nos separa de un oficio nuevo es el permiso que no nos damos.

¿Quién tiene el poder, para qué lo tiene y, sobre todo, a costa de qué?

Esa misma inquietud me llevó a crear una revista para runners hace años, donde aprendí a hablarle a una comunidad apasionada que no perdona la falta de autenticidad, a conseguir patrocinios, a editar toda una publicación y a distribuirla.

Y no es una historia que pertenezca al pasado. Recientemente, ya como CEO de CMO y con una carrera más que consolidada, cofundé Lúcida, un estudio de diseño de objetos. En alianza con artistas plásticos, ofrecemos piezas hechas a mano y con significado, pensadas para que los espacios que habitamos sean más agradables. Otra vez estoy aprendiendo un oficio que no es el mío, rodeada de personas que saben cosas que yo no sé. Y otra vez confirmo que la experiencia no se agota: se transforma y se pone al servicio de lo nuevo.

Ninguna de esas experiencias me restó como productora. Al contrario: hoy, cuando pienso en una historia o en una audiencia, todas esas versiones de mí están trabajando al mismo tiempo.

Hoy, además, tenemos razones prácticas para pensar así. Vivimos y trabajamos más años y los oficios cambian a una velocidad que hace una década habría parecido ciencia ficción. Apostarlo todo a una sola identidad profesional ya no es solo una limitación personal; es un riesgo. Quien se ha permitido ser varias cosas tiene más recursos para adaptarse cuando el mundo cambia las reglas.

Permitirse pensar en otras posibilidades no exige un salto al vacío. Empieza por algo más modesto y más difícil: darse permiso para hacerse la pregunta sin responderla de inmediato con un «ya es tarde» o un «eso no es para mí». Después vienen los pasos pequeños: un curso en un área que siempre nos dio curiosidad, un proyecto paralelo, una conversación larga con alguien de un mundo completamente distinto, un voluntariado, una idea escrita en una libreta que por fin se saca del cajón.

Quienes lideramos organizaciones tenemos aquí una responsabilidad particular. Si exigimos a nuestros equipos que se reinventen, pero no les damos espacio para equivocarse en terrenos nuevos, estamos pidiendo valentía sin ofrecer red. Una empresa que permite que su gente sea más que el cargo que ocupa gana en creatividad, en lealtad y en capacidad de respuesta.

Ser varias cosas no es dispersión ni falta de compromiso. Es reconocer que nadie cabe por completo en una sola palabra, por prestigiosa que sea. Así que vale la pena recuperar la pregunta que hacíamos de niños, con una pequeña modificación: no qué queremos ser, sino qué más queremos ser. La respuesta puede tardar. Lo importante es no dejar de hacérsela.

Ana Barreto, CEO de CMO Studios