En Colombia hablamos con frecuencia del país que soñamos. Queremos más seguridad, mejores líderes, ciudadanos respetuosos, menos corrupción, una economía más sólida, sostenibilidad ambiental y mayores oportunidades para las nuevas generaciones. Son conversaciones que aparecen en reuniones familiares, espacios empresariales, foros académicos y redes sociales. Sin embargo, cada vez que participo en una de ellas, me surge una pregunta que considero fundamental: ¿estamos construyendo desde nuestros hogares aquello mismo que esperamos encontrar en nuestra sociedad?
Durante años hemos depositado gran parte de nuestras expectativas de transformación en los gobiernos, las instituciones, las empresas y los sistemas educativos. Y aunque todos ellos tienen un papel determinante en el desarrollo de un país, existe una realidad que con frecuencia queda fuera de la conversación pública: ninguna sociedad puede ser mejor que los valores, hábitos y comportamientos que se forman diariamente dentro de los hogares. Antes de ser ciudadanos, empresarios, trabajadores o gobernantes, todos fuimos hijos. Y mucho antes de comprender las leyes o las normas sociales, aprendimos observando a los adultos que nos rodeaban.
La ciencia ha demostrado que los niños aprenden mucho más a través del ejemplo que de los discursos. El reconocido psicólogo Albert Bandura explicó, mediante su teoría del aprendizaje social, que gran parte de nuestro comportamiento se desarrolla observando e imitando modelos significativos. Dicho de otra manera, los niños no construyen sus principios únicamente a partir de lo que escuchan, sino principalmente a partir de lo que ven. Observan cómo tratamos a quienes piensan diferente, cómo reaccionamos frente a la frustración, cómo administramos nuestros recursos, cómo enfrentamos los desafíos y, sobre todo, si existe coherencia entre aquello que decimos y aquello que hacemos.
Por eso resulta tan relevante reflexionar sobre el impacto que tenemos como adultos en la construcción de las futuras generaciones. UNICEF ha reiterado en múltiples estudios que el entorno familiar es uno de los factores más influyentes en el desarrollo emocional, cognitivo y social de los niños. Las experiencias tempranas moldean la forma en que una persona se relacionará con los demás, enfrentará los conflictos, asumirá responsabilidades y participará activamente en la sociedad. En consecuencia, cuando hablamos de seguridad, convivencia, respeto o sostenibilidad, también estamos hablando de lo que ocurre todos los días dentro de nuestras casas.
Con frecuencia esperamos que la solución a los problemas colectivos provenga exclusivamente de decisiones externas. Esperamos ciudadanos más responsables, pero pocas veces hablamos de cómo estamos enseñando responsabilidad en nuestros hogares. Esperamos líderes íntegros, mientras normalizamos pequeñas incoherencias en nuestra vida cotidiana. Esperamos una sociedad más respetuosa, aunque muchas veces las conversaciones dentro de nuestras propias familias estén marcadas por la intolerancia o la descalificación. Esperamos sostenibilidad ambiental, pero seguimos desperdiciando recursos sin reflexionar sobre las consecuencias de nuestros actos.
Quizás el mayor desafío de Colombia no sea solamente definir qué necesita para avanzar. Tal vez el verdadero desafío sea convertirnos en referentes de aquello que afirmamos querer para el país. Porque la seguridad no comienza cuando una persona llega a la adultez; comienza cuando un niño aprende que existen límites y responsabilidades. La honestidad no aparece espontáneamente cuando alguien ingresa al mercado laboral; se construye observando a quienes actúan correctamente incluso cuando podrían tomar atajos. La sostenibilidad no nace exclusivamente de una regulación ambiental, surge cuando las familias desarrollan hábitos de cuidado y respeto por los recursos que tienen a su disposición.
La evidencia internacional es contundente. Diversos estudios sobre desarrollo infantil han demostrado que los niños que crecen en entornos donde existen hábitos consistentes, presencia activa de adultos, límites claros y ejemplos positivos tienen mayores probabilidades de alcanzar mejores resultados educativos, sociales y emocionales. Esto significa que las decisiones aparentemente pequeñas que tomamos todos los días tienen un impacto mucho más profundo del que solemos imaginar. Cada comportamiento repetido se convierte en una enseñanza silenciosa para quienes nos observan.
Por eso creo que construir país es mucho menos extraordinario de lo que a veces pensamos. Construimos país cuando cumplimos nuestra palabra, cuando llegamos a tiempo, cuando respetamos las normas, incluso cuando nadie nos está vigilando. Cuando tratamos con dignidad a quienes nos prestan un servicio, cuando enseñamos a nuestros hijos que el esfuerzo sigue siendo una de las herramientas más poderosas para transformar una vida. Cuando comprendemos que nuestros actos privados terminan generando consecuencias públicas.
Los niños no heredarán el país que describimos en nuestras conversaciones. Heredarán el país que construimos a través de nuestras acciones. Y quizás ahí reside una de las mayores responsabilidades de nuestra generación. No solamente pensar en el país que queremos, sino convertirnos en el ejemplo de ese país. Porque las naciones cambian cuando cambian las personas, las personas cambian cuando cambian sus hábitos y los hábitos, casi siempre, comienzan en casa.
Tal vez el mayor aporte que podemos hacerle hoy a Colombia no sea convencer a otros de actuar diferente. Tal vez sea vivir de manera tan coherente que las próximas generaciones aprendan, a través de nuestro ejemplo, cómo se construye el país que todos soñamos.
Angélica de la Peña, vicepresidenta Comercial de Tractocar Logistics y autora de Placer Laboral