Vivimos en la era del ruido. Prendemos una cámara, abrimos una red social y, en segundos, ya estamos opinando, juzgando, criticando. Y no digo que esté mal pero seamos honestos, es lo más fácil. Criticar es la posición más cómoda de cualquier espacio, y en la política ni se diga. Lo difícil, lo que realmente transforma, es hacer.

Colombia acaba de darnos la prueba de laboratorio de esta tesis. En la reciente elección presidencial, un monitoreo conjunto de la Misión de Observación Electoral, la Fundación para la Libertad de Prensa y el PNUD analizó más de 27.000 publicaciones en X y Facebook entre el 11 y el 16 de junio. El resultado: el 95,3% de las publicaciones analizadas correspondió a comunicación tóxica. No es un porcentaje alto, es casi todo. Y no fue aislado, otro informe de la MOE, realizado entre marzo de 2025 y marzo de 2026, identificó 150 campañas de desinformación, un promedio de 15 al mes, y encontró que el 75,3% de ellas no inventaban hechos de la nada, sino que distorsionaban la realidad hasta convertirla en una versión distinta.

La Defensoría del Pueblo le hizo seguimiento al compromiso que las propias campañas firmaron por un proceso electoral libre y en paz. El cumplimiento general apenas llegó al 23,3%. Y el dato que a mi me deja sin palabras es que el compromiso de difundir contenido verificable obtuvo un cumplimiento del 0%. No es que hubiera pocos mensajes verificados entre tanto ruido, es que no hubo ninguno. Y esto no nació con esta campaña, un informe de Kaspersky encontró que el 78% de los colombianos dice haber estado expuesto a desinformación en el último año, y un 41% admite que ni siquiera sabe cómo distinguirla.

¿Y todo ese ruido nos hizo confiar más en la política? No. Todo lo contrario. Según Invamer Gallup, ninguna de las tres ramas del poder público supera el 35% de favorabilidad. Nunca habíamos hablado tanto de política, y nunca habíamos confiado menos en quienes la ejercen. Ese es el fracaso silencioso del ruido que prometía cercanía y al final del ejercicio produjo desconfianza.

¿Y cómo cambias el mundo, entonces? realmente no lo cambias cuando hablas, cuando opinas, cuando demuestras indignación frente a una cámara. Seguramente te visibilizas, pero las audiencias son cada vez más exigentes, y ya estamos entendiendo que ese ruido solo busca un aplauso fácil. Lo que de verdad va a pesar, de ahora en adelante, son los hechos. Porque cuando a ti te dan la oportunidad de liderar, no te están dando la oportunidad de mostrar cuánto ruido sabes hacer. Te están dando la oportunidad de mostrar qué sabes hacer.

Aquí es donde me gusta traer la analogía de la empresa privada. A nadie lo sostienen ahí por lo que dice, sino por lo que entrega, resultados medibles y verificables. El mercado castiga rápido la distancia entre promesa y entrega; en política, ese mismo comportamiento puede sostenerse años con solo un buen manejo de narrativa. Las organizaciones que de verdad funcionan no se organizan alrededor del discurso, sino del indicador. Según McKinsey, las compañías que implementan metodologías de objetivos y resultados clave aumentan su productividad hasta en un 20% y tienen un 40% más de probabilidades de alcanzar lo que se propusieron. Si trasladáramos esa exigencia a la gestión pública dejaríamos de premiar el discurso y empezaríamos a premiar la ejecución.

Colombia ya ha dado un paso grande al reconocer que la política tradicional tiene que reinventarse. Pero reinventarla no puede significar cambiar la forma sin cambiar el fondo. La verdadera reinvención está en construir una cultura donde liderar sea sinónimo de demostrar, no de declarar. Tenemos, a partir de ahora, un nuevo gobierno y un nuevo Congreso, con la oportunidad más clara que existe, demostrar con hechos lo que durante meses se dijo con discursos. Porque la oportunidad de gobernar no es la oportunidad de mostrar indignación. Es la oportunidad de mostrar en esencia qué se sabe hacer.

Ana Ibarra, fundadora y CEO del Grupo Axir