La democracia suele darse por sentada. La sentimos tan cotidiana que olvidamos que cada uno de los derechos que hoy ejercemos nació de una lucha, de una discusión y, muchas veces, de la valentía de quienes decidieron desafiar el orden establecido.

Durante años nos enseñaron que la democracia consiste en depositar un voto en una urna. Pero votar es apenas el comienzo. Una democracia de calidad se construye cuando todas las personas pueden participar, ser escuchadas y ocupar los espacios donde se toman las decisiones que transforman un país.

La incorporación del voto femenino al ordenamiento constitucional colombiano fue uno de los avances más importantes de nuestra historia democrática. Aunque el derecho fue reconocido mediante el Acto Legislativo de 1954, durante el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, las mujeres colombianas ejercieron por primera vez el sufragio en el plebiscito del 1 de diciembre de 1957. Con ello, el país corrigió una exclusión histórica que durante décadas mantuvo al margen de las decisiones nacionales a más de la mitad de su población.

La suerte que salva vidas: cuando jugar también es cuidar

Sin embargo, Colombia llegó tarde a esa conquista. Ecuador reconoció el sufragio femenino en 1929; Brasil y Uruguay lo hicieron en 1932, y Argentina en 1947. Durante años, barreras culturales, sociales y políticas relegaron a las mujeres al ámbito privado, desconociendo su capacidad para participar plenamente en la vida pública. El voto significó mucho más que un derecho electoral: representó el reconocimiento de la igualdad ciudadana.

Por eso resulta tan vigente Estimados señores, la película dirigida por Patricia Castañeda. Inspirada en hechos reales, revive la lucha sufragista de la década de 1950 y el liderazgo de mujeres como Esmeralda Arboleda. Más que reconstruir un episodio histórico, nos recuerda que la democracia nunca ha sido un regalo. Siempre ha sido una conquista.

Hoy las mujeres votan, son elegidas, gobiernan departamentos y ciudades, administran justicia, dirigen empresas, lideran universidades y ocupan espacios que durante décadas les fueron negados. Pero sería ingenuo pensar que la igualdad avanzó al mismo ritmo que los derechos. Persisten estereotipos, barreras para el liderazgo femenino y formas de violencia política que buscan deslegitimar la participación de las mujeres. Cuando el acceso al poder depende del género y no del mérito, la democracia pierde calidad.

A ese reto se suma otro igualmente urgente: garantizar que el voto sea verdaderamente libre. En distintas regiones del país, la intimidación de grupos armados ilegales, las presiones de organizaciones criminales y otras formas de coerción siguen afectando la voluntad de muchos ciudadanos. Cuando el miedo reemplaza a la libertad, el sufragio pierde su esencia y la democracia se debilita.

Proteger el voto libre es una responsabilidad permanente del Estado y de la sociedad. No basta con reconocer derechos; es indispensable crear las condiciones para ejercerlos sin amenazas ni condicionamientos. Solo así se honra el verdadero significado de aquella conquista que cambió la historia constitucional de Colombia.

Cada generación recibe una democracia inacabada. Los derechos nunca son irreversibles; la participación no está garantizada para siempre, y la igualdad exige vigilancia constante. La historia demuestra que las grandes transformaciones comenzaron cuando alguien se negó a aceptar la exclusión como una realidad inevitable. Ese sigue siendo el desafío: construir un país donde cada voto sea libre y cada voz tenga el mismo valor.

Maribel Córdoba Guerrero, gerente general de la Lotería de Cundinamarca