Hay encuentros que parecen formar parte de nuestra agenda, pero que terminan transformando nuestra historia.

En febrero de este año llegué al primer encuentro del Círculo de Mujeres de Revista Semana sin imaginar todo lo que estaba a punto de cambiar en mi vida.

Llegué siendo una mujer que había construido una fundación, que llevaba años trabajando por una causa profundamente personal y que tenía muchas historias por contar, pero que todavía estaba aprendiendo a reconocer el alcance de su propia voz.

Hoy, varios meses después, puedo decir algo con absoluta certeza: la Karen García que llegó a ese primer encuentro no es la misma mujer que escribe estas palabras.

Y no porque haya dejado de ser quien era, sino porque descubrí capacidades que estaban dentro de mí y que necesitaban un espacio para florecer.

Durante mucho tiempo mi identidad estuvo profundamente ligada a la fundación que construí desde el amor, la adversidad y el deseo de transformar la realidad de los niños con cáncer y sus familias.

Sabía trabajar por una causa. Sabía acompañar a quienes atravesaban momentos difíciles. Sabía levantarme frente a las adversidades y encontrar motivos para continuar.

Pero había algo que todavía me costaba: reconocerme a mí misma como una líder.

Me resultaba más sencillo hablar de mi fundación que hablar de Karen García. Podía explicar durante horas las necesidades de las familias que acompañamos, pero cuando se trataba de contar mi propia historia, de expresar mis ideas frente a otras personas o de reconocer mis capacidades, aparecían las dudas.

Quizás porque muchas mujeres hemos aprendido a trabajar silenciosamente, a demostrar con hechos y a dejar nuestras propias historias en segundo plano.

Sabía que tenía una causa que merecía ser escuchada. Lo que todavía no comprendía era que yo también tenía una voz que merecía ocupar un lugar.

¿Quién cuida a las que siempre cuidan?

En cada encuentro del Círculo de Mujeres encontré algo más que conocimientos. Encontré conversaciones que me hicieron reflexionar, experiencias que ampliaron mi manera de comprender el liderazgo y mujeres que, desde sectores diferentes, me enseñaron que no existe una única forma de alcanzar nuestros sueños.

Comencé a observar a otras mujeres hablar con seguridad, compartir sus experiencias, reconocer sus errores y celebrar sus logros. Y poco a poco empecé a preguntarme: ¿por qué no yo?

¿Por qué no atreverme a hablar en público? ¿Por qué no aprender a comunicar mis ideas con mayor claridad? ¿Por qué no construir una marca personal que reflejara mis valores, mi historia y aquello en lo que creo?

¿Por qué no dejar de verme únicamente como la directora de una fundación y reconocerme también como una mujer capaz de liderar conversaciones, inspirar a otros y contribuir a transformar nuestra sociedad?

No ocurrió de un día para otro. Fue un proceso de aprendizaje, de vencer inseguridades y de comprender que el liderazgo no consiste en tener todas las respuestas, sino también en encontrar el valor para hacerse nuevas preguntas.

Aprendí que hablar en público no significa perder el miedo, sino descubrir que lo que tenemos para decir puede ser más importante que ese miedo.

También comprendí que construir una marca personal no es buscar reconocimiento, sino asumir la responsabilidad de comunicar con coherencia aquello que somos y defendemos. Y que reconocernos como líderes no significa sentirnos superiores a nadie, sino entender que nuestras experiencias y capacidades pueden ponerse al servicio de los demás.

Sin embargo, uno de los mayores aprendizajes de este camino no tiene que ver únicamente con mi crecimiento personal, sino con las mujeres que encontré en él.

Llegué a un espacio de formación y terminé encontrando una comunidad.

Mujeres empresarias, profesionales, emprendedoras y líderes de diferentes sectores, cada una con su propia historia, sus desafíos, sus sueños y sus aprendizajes. Mujeres que probablemente nunca habría conocido si nuestros caminos no se hubieran cruzado en este círculo.

Al principio éramos mujeres que compartíamos un espacio. Hoy, muchas de ellas son personas a las que puedo llamar amigas.

Y eso, en una etapa de la vida en la que nuestras responsabilidades suelen ocupar casi todo nuestro tiempo, tiene un valor inmenso.

Descubrí que las relaciones más valiosas no siempre nacen de compartir una profesión, una empresa o una causa. A veces surgen al reconocer en otra mujer los mismos deseos de crecer, los mismos temores y la misma determinación de seguir adelante.

Aprendí que el éxito de otra mujer no disminuye nuestras posibilidades. Que podemos admirarnos sin compararnos, compartir oportunidades sin competir y aprender de quienes piensan diferente.

Sobre todo, entendí que acompañarnos no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuestas a escucharnos, impulsarnos y crecer juntas. Una mujer puede avanzar sola, pero cuando encuentra a otras que la impulsan, descubre caminos que antes ni siquiera imaginaba.

Hoy miro hacia atrás y comprendo que esta transformación no consistió en cambiar mi esencia.

Sigo siendo la misma mujer que cree profundamente en el poder de servir, que encuentra sentido en acompañar a las familias que enfrentan el cáncer infantil y que considera que ninguna persona debería atravesar sus momentos más difíciles en soledad.

La diferencia es que ahora también me atrevo a ocupar nuevos espacios, a hablar con mayor seguridad y a reconocer el valor de mi experiencia. Estoy aprendiendo a construir una marca personal que no busca protagonismo, sino convertirse en una herramienta para amplificar las causas en las que creo.

Quizás uno de los aprendizajes más importantes de estos meses ha sido comprender que no tenemos que esperar a sentirnos completamente preparadas para comenzar a construir la mujer que queremos ser. A veces necesitamos dar el primer paso con miedo, con dudas y con preguntas, y encontrar en el camino personas que nos recuerden de lo que somos capaces.

Hoy quiero agradecer al Círculo de Mujeres de Revista Semana por haber creado un espacio que, en mi experiencia, ha significado mucho más que formación y relacionamiento.

Gracias por abrir puertas al conocimiento, a nuevas conversaciones y a conexiones humanas que trascienden los encuentros. Gracias a cada mujer que compartió generosamente su historia y sus aprendizajes, a quienes me escucharon y me impulsaron, y especialmente a aquellas que hoy puedo llamar amigas. Me han demostrado que el liderazgo también se construye desde la cercanía, la generosidad y el apoyo mutuo.

En febrero llegué con una fundación, una historia y muchos sueños. Hoy continúo con esa misma fundación y con los mismos sueños, pero también con nuevas herramientas, una voz que comienza a sentirse más segura y una comunidad de mujeres extraordinarias que se ha convertido en parte importante de mi camino.

No puedo decir que ya soy la líder que sueño llegar a ser. Todavía tengo mucho por aprender, muchas inseguridades por superar y nuevos desafíos por enfrentar.

Pero hay algo que sí puedo afirmar: hoy me atrevo a imaginar una versión de mí que en febrero todavía no alcanzaba a ver. Y eso ya representa una transformación profunda.

Quisiera que más mujeres tuvieran la oportunidad de vivir experiencias que les permitieran reconocerse, aprender sin miedo a equivocarse y descubrir que sus historias y sus sueños también merecen ser escuchados.

Porque cuando una mujer encuentra su voz, no solo cambia su propia historia. También puede abrir caminos para muchas otras.

Hoy escribo estas palabras con gratitud y con una convicción que se ha fortalecido durante estos meses: a veces, lo que una mujer necesita para comenzar a transformar su vida es encontrar un espacio en el que descubra que tiene mucho más por aportar de lo que imaginaba.

Y si algo me ha enseñado este camino es que los grandes cambios no siempre comienzan con una decisión extraordinaria. A veces comienzan con una invitación, una conversación y un grupo de mujeres que, sin saberlo, terminan transformándose unas a otras.

Gracias, Círculo de Mujeres Semana Dinero. La mujer que llegó en febrero no es la misma que escribe hoy. Y una parte de esa transformación también les pertenece.

Karen García, médica, líder social y directora ejecutiva de la Fundación Funsebas.