Cuando hablamos de equidad económica para las mujeres, la conversación suele ocurrir en salas de juntas: cuotas en directorios, brechas salariales en cargos ejecutivos, acceso a capital para emprendedoras de alto crecimiento, pero hay otra conversación que casi nunca llega a esas salas: la de la mujer que administra el hogar, vende en la plaza, cose por encargo o cuida a sus padres y que, al final del mes, no sabe cuánto dinero le quedó ni cuánto debe.

A ella casi nadie le habla de finanzas. Sin embargo, administra presupuestos más retadores que los de muchas empresas: ingresos variables, gastos impostergables, deudas con varios acreedores y cero margen de error.

Los datos muestran por qué urge mirar hacia allá. La Encuesta de Capacidades Financieras de Colombia 2026, presentada por la Banca de las Oportunidades, ubicó el indicador nacional en 50,4 sobre 100, por debajo de los 59,4 de 2019 y de los 64,8 de 2013. Las mujeres obtuvieron 49 frente a 52 de los hombres, y la población rural, los adultos mayores y las personas con menor nivel educativo presentan los peores resultados. Ningún grupo poblacional alcanzó niveles adecuados de salud financiera.

El rezago no está en la intención sino en el control. Desde la primera medición nacional sabemos que el 94 por ciento de los adultos dice planear sus gastos, pero solo uno de cada cuatro sabe exactamente cuánto dinero tiene disponible. En 2026, apenas el 21,6 por ciento combina la toma de decisiones con una planeación real de ingresos y gastos.

En conocimientos la brecha es aún más clara. Casi nueve de cada diez colombianos identifican qué es la inflación, pero solo 21,4 por ciento resuelve una pregunta de interés simple y apenas 5,6 por ciento acierta tanto esa como la de interés compuesto. Sabemos que el dinero pierde valor, pero no sabemos calcular cuánto nos cuesta una deuda. Esa es la cuenta que decide si una familia sale adelante o se hunde.

La paradoja es que el acceso ya no es el principal problema. Según el Reporte de Inclusión Financiera 2024, el 92,5 por ciento de las mujeres adultas tenía al menos un producto financiero registrado, aunque estuviera inactivo, frente a 99,4 por ciento de los hombres. Pero solo la mitad de ellas usaba su cuenta de ahorros. Esa es la brecha que más duele, la de uso. En crédito, los desembolsos a mujeres equivalen al 84 por ciento de los que reciben los hombres. Según el Estudio Experimental de Género de Banca de las Oportunidades y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, ellas pagan tasas más altas en microcrédito pese a tener menor morosidad. Tener una cuenta no es lo mismo que tener el control de sus finanzas.

Por eso creo que la equidad financiera necesita una agenda distinta, menos glamurosa y más urgente: alfabetización financiera básica, práctica y situada para las mujeres del hogar, del campo y de la informalidad. Hablo de cinco cosas concretas: hacer un presupuesto con ingresos que cambian cada semana; separar el dinero del negocio del de la casa; construir un ahorro de emergencia aunque sea del tamaño de una factura; calcular la cuota y el costo total antes de firmar un crédito; y reconocer un fraude o un gota a gota antes de caer en él.

La evidencia internacional respalda esta ruta, con advertencias. El metaanálisis más riguroso disponible, con 76 experimentos aleatorizados en 33 países, confirma que la educación financiera sí mejora conocimientos y comportamientos. Revisiones anteriores advierten que los efectos son menores en personas de bajos ingresos, se diluyen con el tiempo y cuestan más en el manejo de deudas. La lección es que la formación debe llegar cerca del momento de la decisión, en lenguaje sencillo y sin culpar a nadie, y que no sustituye ingresos dignos, productos adecuados ni protección al consumidor.

Hay además una dimensión que rara vez nombramos: decidir. Una mujer que sabe cuánto entra, cuánto sale y cuánto cuesta cada peso prestado está en mejores condiciones de participar en las decisiones del hogar y de protegerse de la dependencia económica. Eso también es equidad, aunque no aparezca en los rankings de juntas directivas.

Llevo más de dos décadas en finanzas corporativas y he aprendido que los principios que rigen una empresa son los mismos que rigen una casa: saber cuánto hay, no gastar lo que no se tiene y no endeudarse sin saber cómo se paga. La diferencia es que a los gerentes nos enseñaron. A la mujer de a pie, nadie.

Empecemos por ahí.

Laura Carolina Tarazona Raguá, inversionista y directora de empresas.