Imagina que despiertas en una habitación sin ventanas. Frente a ti hay una mesa, dos sillas y un hombre que te explica que han detenido a otra persona por los mismos hechos. No puedes hablar con ella. No sabes qué está pensando. No sabes si confiaría en ti.
El hombre te ofrece dos posibilidades: guardar silencio o declarar contra esa persona.
Si ambos guardan silencio, recibirán un año de prisión cada uno. Si tú declaras y la otra persona guarda silencio, saldrás libre y ella pasará diez años en prisión. Si ocurre lo contrario, serás tú quien pase diez años encerrado. Si ambos declaran, recibirán cinco años de prisión cada uno.
Tienes cinco minutos para decidir. ¿Qué harías?
Puede que ya hayas tomado una decisión o que todavía estés intentando imaginar qué hará la persona que está al otro lado de la pared. Lo curioso es que, aunque conoces todas las consecuencias, hay algo que todavía ignoras: quién es esa persona.
El escenario que acabas de imaginar es una versión del dilema del prisionero, uno de los problemas más conocidos de la teoría de juegos. Su planteamiento clásico muestra cómo dos personas, al intentar proteger individualmente sus intereses, pueden terminar obteniendo un resultado peor que aquel que habrían alcanzado cooperando.
Pero hoy quiero llevar este dilema un poco más allá. Porque los seres humanos no somos seres de una sola dimensión, ni nuestras decisiones pueden reducirse siempre a un simple cálculo de beneficios y consecuencias. Somos contradictorios, cambiantes y, en cierta medida, impredecibles, incluso para nosotros mismos.
William Wordsworth, uno de los grandes poetas del Romanticismo inglés, escribió en el prefacio de Lyrical Ballads (1800) que es el sentimiento el que da importancia a la acción y a la situación, y no al contrario.
Esa intuición poética nos ayuda a comprender por qué una misma condena puede parecernos insoportable cuando se trata de un desconocido y convertirse en un sacrificio aceptable cuando pensamos en alguien a quien amamos. No porque hayan cambiado las consecuencias, sino porque ha cambiado lo que significan para nosotros.
Podemos conocer las reglas del juego, calcular las posibilidades y creer que sabemos qué decisión tomaríamos. Pero basta con cambiar a la persona que está al otro lado de la pared para descubrir que aquello que parecía una elección sencilla ya no lo es.
¿Tomaríamos la misma decisión si se tratara de un desconocido, de nuestro mejor amigo o de alguien que alguna vez traicionó nuestra confianza? ¿Estaríamos dispuestos a pasar diez años en prisión por alguien a quien amamos? ¿Y si supiéramos que esa persona no haría lo mismo por nosotros?
Lo que estamos dispuestos a perder puede ser completamente distinto, aun cuando las circunstancias permanezcan intactas.
En el planteamiento clásico del dilema del prisionero, declarar contra el otro es la decisión que ofrece el mayor beneficio individual, independientemente de lo que este decida. Pero esa conclusión parte de un supuesto: que nuestro principal interés es reducir nuestra propia condena.
¿Qué ocurre cuando lo que más nos importa no es necesariamente salir libres?
Podríamos guardar silencio por amor. Tal vez por lealtad. O incluso porque, aun sabiendo que la otra persona podría traicionarnos, hay decisiones que simplemente no estamos dispuestos a tomar. No por lo que esperamos recibir a cambio, sino por lo que significaría para nosotros haberlas tomado.
Porque no siempre elegimos aquello que nos beneficia de manera inmediata. A veces elegimos aquello con lo que podemos vivir después.
Y es ahí donde descubrimos que guardar silencio no necesariamente significa confiar en el otro. También puede significar ser fieles a nuestros propios principios, incluso cuando hacerlo tiene un costo.
Vuelve por un instante a aquella habitación. Las reglas siguen siendo las mismas. La condena también. Ahora sabes que tu respuesta podría cambiar dependiendo de quién esté al otro lado de la pared. Pero tal vez nunca se trató de descubrir quién era, sino de preguntarnos quiénes somos cuando debemos decidir en quién confiar y cuánto estamos dispuestos a perder.
Juliana del Sol Bastidas Rodríguez, CEO de COLCDA S.A.S