El mayor enemigo de nuestro patrimonio no es el olvido, sino la falta de oportunidades.
No estoy de acuerdo con la idea de que las tradiciones desaparecen porque a las nuevas generaciones ya no les interesan. Después de años trabajando con niños y jóvenes en procesos de formación cultural, he llegado a una conclusión distinta: muchas veces lo que llamamos “desinterés” es, en realidad, falta de acceso. Y esa diferencia lo cambia todo.
¿Cómo pedirle a un niño que aprenda a tocar un instrumento que su familia jamás podrá comprar? ¿Cómo exigirle a un joven que valore un patrimonio que nunca ha tenido la oportunidad de conocer? ¿Cómo esperar que una comunidad proteja una tradición si nunca la ha vivido de forma cercana y cotidiana?
El problema no es la cultura. El problema son las barreras que hemos construido alrededor de ella.
Durante mucho tiempo creímos que salvaguardar el patrimonio consistía en conservar archivos, proteger edificaciones, organizar festivales o alcanzar reconocimientos internacionales. Y aunque todo eso es importante, resulta insuficiente si olvidamos a la persona más importante de esta historia: el niño.
Porque el patrimonio no sobrevive gracias a los decretos. Sobrevive cuando una nueva generación decide hacerlo suyo. Y para que eso ocurra, primero tiene que existir una oportunidad real de acceso.
Hoy, en Colombia, hay miles de niños que crecen sin haber pisado un museo, sin acceso a una escuela artística y sin la posibilidad de explorar su talento. No porque no lo tengan, sino porque nacieron en contextos donde las oportunidades son limitadas y la supervivencia desplaza cualquier acercamiento al arte.
Es ahí donde la cultura deja de ser únicamente un asunto simbólico y se convierte en una verdadera herramienta de desarrollo.
Cuando un niño encuentra en la música, la danza, la literatura o cualquier otra manifestación artística una forma de construir su proyecto de vida, amplía su horizonte, fortalece su identidad y desarrolla habilidades como la disciplina, la creatividad, el trabajo en equipo y el pensamiento crítico. Aprende a crear antes que destruir, a dialogar antes que imponer y a imaginar futuros distintos.
Por eso insisto en que la cultura no puede seguir viéndose únicamente como espectáculo o celebración. También educa, genera oportunidades, construye ciudadanía y, sobre todo, ayuda a cerrar brechas.
Hoy la innovación nos abre puertas que hace apenas unos años parecían impensables. Permite que un maestro llegue a territorios donde nunca ha estado, que un museo trascienda sus paredes y que un niño, incluso en una zona rural, pueda acceder a experiencias formativas que antes estaban reservadas para unos pocos.
Lejos de amenazar nuestras tradiciones, la innovación puede convertirse en su mayor aliada.
No olvidemos que el acordeón, hoy símbolo del vallenato, también fue una innovación que llegó desde Europa y que nuestras comunidades transformaron en algo propio. Si en ese momento se hubiera rechazado lo nuevo por miedo a perder la identidad, probablemente hoy no existiría el vallenato tal como lo conocemos.
Las tradiciones nunca han sido estáticas. Siempre han estado en movimiento. Lo importante no es evitar el cambio, sino asegurar que, en medio de esa transformación, permanezcan la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia.
El verdadero reto para Colombia no es únicamente proteger el patrimonio que ya tenemos. Es garantizar que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de vivirlo, aprenderlo y transformarlo.
Porque un país que invierte en cultura no solo protege su pasado. También forma mejores ciudadanos para el futuro.
Y quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta diferente: no qué tradición estamos perdiendo, sino cuántos niños estamos perdiendo porque nunca tuvieron la oportunidad de acercarse a ella.
Porque una tradición permanece viva no cuando se recuerda, sino cuando alguien encuentra en ella una oportunidad para transformar su vida.
Julieth Peraza, gestora cultural y directora ejecutiva de la Fundación Cocha Molina