Un país comprende el valor de su capacidad farmacéutica cuando aquello que parecía siempre disponible comienza a escasear. Una emergencia sanitaria o una interrupción internacional basta para recordar que el acceso a los medicamentos depende de dónde se producen y de la capacidad del país para responder.

Hablar de autonomía farmacéutica no es hablar solamente de medicamentos. Es hablar de soberanía, seguridad sanitaria, desarrollo económico y capacidad de decisión.

Colombia cuenta con una industria farmacéutica que ha construido conocimiento, infraestructura y talento. El país dispone de cerca de un centenar de plantas, muchas reconocidas por sus altos estándares de calidad y el cumplimiento de requisitos internacionales.

Detrás de cada medicamento producido en Colombia existen laboratorios de control, procesos tecnológicos, sistemas de calidad, investigación y profesionales especializados. Es una actividad intensiva en conocimiento que genera más de 60.000 empleos directos, muchos de alta calificación, y moviliza proveedores y centros de investigación.

La industria establecida en el país produce entre el 60 y el 70 por ciento de las unidades de medicamentos que requieren los colombianos. Esa capacidad constituye una reserva estratégica que no puede darse por descontada.

Sin embargo, Colombia continúa dependiendo del exterior para numerosos medicamentos, principios activos, insumos y tecnologías. Esto no significa que debamos cerrar las fronteras ni aspirar a producirlo todo. Ningún país puede fabricar por sí solo cada medicamento, vacuna, producto biológico o tecnología sanitaria que necesita.

La autonomía farmacéutica consiste en identificar productos estratégicos, conservar capacidades, diversificar fuentes de abastecimiento y disponer de alternativas cuando las cadenas internacionales fallen.

Tampoco debería limitarse la idea de industria nacional al origen del capital. Es necesario reconocer y fortalecer a quienes invierten, producen, generan empleo, desarrollan talento y transfieren conocimiento en Colombia. Una planta instalada en el país es una capacidad que permanece y puede responder ante una emergencia. Una planta que desaparece resulta difícil y costosa de recuperar.

Construir y mantener una operación farmacéutica exige inversiones de largo plazo, validación de procesos, personal formado, sistemas de calidad, cumplimiento regulatorio y actualización tecnológica.

Lo que se requiere son condiciones para preservarlos y hacerlos crecer. La estabilidad regulatoria, la seguridad jurídica y la previsibilidad económica son determinantes para que una compañía decida ampliar una planta, transferir tecnología o desarrollar un medicamento en Colombia. También lo son la capacidad técnica del Invima, la agilidad regulatoria y la sostenibilidad financiera del sistema de salud.

El país ha dado un paso importante al reconocer al sector farmacéutico como estratégico y plantear políticas orientadas a la investigación, la innovación, la transferencia tecnológica y la producción local. El reto es convertir esa orientación en acciones concretas y sostenidas.

Una política industrial farmacéutica efectiva debería modernizar las plantas, facilitar financiación de largo plazo, fortalecer la investigación aplicada, desarrollar proveedores locales e incorporar criterios de seguridad sanitaria en las compras públicas. No se trata de comprar nacional por serlo, sino de conservar capacidades que producen medicamentos, empleo, conocimiento e innovación.

Esa política también debe garantizar una competencia justa. Colombia necesita medicamentos importados, pero la apertura comercial debe estar acompañada de controles regulatorios sólidos. Todo producto que llegue al mercado debe demostrar los mismos niveles de calidad, seguridad y eficacia exigidos a quienes fabrican localmente.

Esta no es una discusión entre medicamentos nacionales e importados. Es una discusión sobre la protección del paciente. La calidad no puede depender del lugar de origen ni flexibilizarse ante una necesidad de abastecimiento. Debe ser siempre el punto de partida.

Fortalecer la producción farmacéutica nacional tampoco supone un enfrentamiento entre el Estado y las empresas. La autonomía sanitaria solo puede construirse mediante la articulación entre Gobierno, industria, academia, centros de investigación y profesionales de la salud.

Colombia tiene experiencia, infraestructura y empresas dispuestas a invertir. Puede convertirse en una plataforma farmacéutica competitiva para América Latina, aumentar sus exportaciones y desarrollar capacidades de mayor complejidad. Para lograrlo necesita una visión que trascienda los ciclos políticos.

Apoyar la producción de medicamentos en Colombia no es proteger un interés particular. Es preservar una capacidad estratégica del país.

Cuando una nación fortalece su industria farmacéutica, no solo produce medicamentos. Produce empleo, conocimiento, innovación y confianza en su capacidad de cuidar a la población. Y esa capacidad también es soberanía.

Suany Orrego Carvajal, directora general de Sanfer Colombia

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