Seguimos teniendo conversaciones del siglo pasado para enfrentar los desafíos del siglo XXI.

Mientras discutimos si un presidente es de izquierda o de derecha, si es creyente o no, si representa mejor a un sector de la sociedad o a otro, o si aumentará o disminuirá los impuestos, el mundo ya está siendo transformado por fuerzas mucho más profundas. La inteligencia artificial, la economía digital, la longevidad, la crisis climática y la redistribución del poder a través de la tecnología están redefiniendo la forma en que trabajamos, aprendemos, nos informamos y participamos en la sociedad.

Sin embargo, seguimos ejerciendo la ciudadanía con las reglas de un mundo que ya no existe.

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Durante muchos años fui una ciudadana a la que le costaba ejercer su voto porque ninguna opción representaba plenamente lo que esperaba para mi país. Con el tiempo entendí que esa frustración escondía una pregunta mucho más importante: ¿y si la verdadera transformación que necesitamos no depende únicamente de quién gobierna, sino también de cómo ejercemos nuestra ciudadanía?

Nos hicieron creer que la democracia se ejercía cada cuatro años, que nuestra responsabilidad terminaba en marcar un tarjetón, defender un partido, repetir una ideología o señalar al responsable de nuestros problemas.

Pero la democracia del siglo XXI exige mucho más.

Vivimos la mayor transformación tecnológica de la historia. Nunca antes una persona había tenido tanto acceso a la información ni tanta capacidad para comunicar, influir, organizar comunidades y participar en la conversación pública. El poder dejó de pertenecer exclusivamente a los gobiernos, a los medios de comunicación y a las grandes instituciones. Hoy también está en manos de cada ciudadano.

Y cuando el poder se distribuye, también se distribuye la responsabilidad.

La democracia ya no necesita más seguidores. Necesita más ciudadanos.

Ciudadanos que exijan resultados y no discursos.

Que estudien los programas de gobierno antes que los eslóganes de campaña.

Que verifiquen antes de compartir.

Que escuchen antes de juzgar.

Que cuestionen incluso a quienes piensan como ellos.

Y, sobre todo, ciudadanos que construyan más de lo que critican.

Durante demasiado tiempo hemos delegado nuestro bienestar al Estado, al gobierno, a los políticos o al sistema, como si nuestro futuro dependiera exclusivamente de ellos.

Necesitamos mejores instituciones y mejores gobernantes, pero también mejores ciudadanos.

Porque ningún país cambia únicamente desde el poder. Cambia cuando evoluciona la mentalidad de su gente.

Las mayores transformaciones recientes no comenzaron necesariamente en los gobiernos. Comenzaron con personas que identificaron problemas y decidieron resolverlos. En menos de una década, pequeñas startups han alcanzado valoraciones superiores a los mil millones de dólares y hoy desafían industrias que tardaron más de un siglo en consolidarse. No porque tuvieran más recursos, sino porque comprendieron antes que otros hacia dónde se dirigía el mundo.

Mientras seguimos atrapados en debates ideológicos, la economía ya está siendo rediseñada por ciudadanos que crean, innovan y resuelven problemas a una velocidad que las instituciones tradicionales apenas logran seguir.

Lo mismo ocurre con la educación. El Foro Económico Mundial estima que para 2030 cerca del 39 % de las habilidades que hoy demanda el mercado laboral habrán cambiado. Sin embargo, seguimos discutiendo la educación como si el reto fuera únicamente transmitir conocimiento. El verdadero desafío consiste en formar ciudadanos capaces de aprender continuamente, pensar críticamente, adaptarse y construir soluciones para un mundo que cambia más rápido que cualquier plan de estudios.

La salud enfrenta una transformación similar. Durante décadas diseñamos sistemas para tratar enfermedades; hoy necesitamos sistemas capaces de prevenirlas. En una sociedad donde aumentan las enfermedades crónicas, los desafíos asociados con la salud mental y la esperanza de vida, el bienestar dependerá cada vez más de ciudadanos conscientes y de gobiernos que conviertan la prevención, la educación y la tecnología en la primera línea de defensa.

Nuestra cultura tampoco escapa a este cambio. Abrirnos a la tecnología no significa renunciar a nuestra identidad. Significa amplificarla. En un mundo hiperconectado, quienes conocen sus raíces y entienden su historia tienen una mayor capacidad para proyectar su cultura, fortalecer sus comunidades y convertir su identidad en una ventaja para competir e inspirar al mundo.

Por eso creo que Colombia necesita elevar la conversación pública.

No podemos seguir construyendo la democracia alrededor de personas. Debemos construirla alrededor de principios.

Tampoco podemos seguir tratando la política como si fuera un partido de fútbol, donde la lealtad consiste en defender a un líder sin importar sus decisiones. En una democracia sana, la lealtad nunca debe ser hacia un político; debe estar orientada hacia la verdad, las instituciones, los valores democráticos y el bien común.

La transformación tecnológica no solo exige gobiernos diferentes. Exige ciudadanos diferentes.

Ciudadanos que entiendan que cada publicación, cada conversación, cada decisión de consumo, cada emprendimiento, cada voto y cada contenido compartido contribuyen a construir, o a deteriorar, la sociedad en la que vivimos.

El próximo presidente influirá en el rumbo del país durante algunos años.

Pero la calidad de sus ciudadanos determinará el país durante generaciones.

Tal vez la pregunta más importante ya no sea qué presidente queremos elegir.

La pregunta que realmente definirá nuestro futuro es otra: ¿Qué clase de ciudadanos estamos dispuestos a convertirnos para construir el país que decimos querer?

Porque el próximo gran cambio no será tecnológico.

Será un cambio de conciencia.

Y ese cambio comienza el día en que dejamos de esperar que alguien transforme el país y aceptamos que nosotros también somos responsables de hacerlo.

Lina Cáceres, fundadora y CEO de Latin World Digital y vicepresidenta del departamento digital de desarrollo de artistas, comercial y nuevos negocios