Qué año tan complejo está viviendo Colombia.

Quizás quienes más lo sentimos somos quienes tenemos la responsabilidad de conducir organizaciones, tomar decisiones estratégicas y construir visión en medio de la incertidumbre.

Hacerlo en un entorno tan convulsionado no es sencillo. Los resultados llegan, las organizaciones continúan y las decisiones se ejecutan, pero queda una sensación difícil de ignorar: el desasosiego de ver un país con tanto potencial, tan mal administrado y con poca capacidad de ejecución.

Colombia parece haberse acostumbrado a reaccionar a todo, pero anticiparse a nada.

El liderazgo que hoy Colombia necesita no es populista: es competente

Economía, seguridad y política: tres ejes que hoy evidencian una fatiga estratégica visible en el Estado y el país, tras años de improvisación, desconexión institucional y ausencia de visión de largo plazo.

Las cifras oficiales hablan de disminución del desempleo mientras el aparato estatal continúa creciendo en burocracia, aumentando el tamaño del gobierno, pero no su eficiencia. Mientras algunos indicadores intentan mostrar una realidad más optimista, basta caminar cualquier ciudad para entender lo que realmente ocurre: puestos improvisados de arepas, tintos y todo tipo de ventas ambulantes se multiplican como reflejo de miles de colombianos que quieren salir adelante y no encuentran cómo hacerlo desde la formalidad.

Qué grave se ha vuelto improvisar en un tema donde improvisar cuesta vidas.

El deterioro de la seguridad del país deja en evidencia la pérdida de capacidad estratégica del Estado para anticiparse a las amenazas. Mientras los grupos al margen de la ley, el crimen organizado y el narcotráfico evolucionaron, no ocurrió lo mismo con las políticas de seguridad y defensa.

Las evidencias hablan por sí solas: muchas regiones del país y más colombianos continúan despertando en medio de ráfagas y miedo. Comunidades enteras se cansaron de pedir ayuda porque no encontraron en el Estado un aliado, sino un espectador distante de su tragedia cotidiana; y en este Gobierno, una postura que muchos perciben más cercana a quienes los amenazan que a quienes los protegen.

Aun así, nuestros soldados y policías siguen allí. En los territorios, en las carreteras y junto a la ciudadanía, cumpliendo una labor cada vez más difícil, limitada por la falta de recursos y la ausencia de anticipación estratégica.

El escenario político tampoco ofrece tranquilidad. Colombia parece atrapada entre polarización, desinformación y emociones. Hace tiempo dejamos de elegir entre los mejores candidatos para terminar votando por opciones que replican modelos y narrativas para fortalecer aspiraciones políticas. Qué falta hacen líderes preparados. Personas con visión, rigor, principios y verdadero sentido de país.

A decir verdad, Colombia no solo tiene un problema de dirigentes; tiene un problema cultural frente a la corrupción y la mediocridad. Durante años hemos normalizado la idea de “que robe, pero que haga”, debilitando el valor del mérito y la preparación.

Entonces, ¿qué nos queda? Lo mismo que sostiene a millones de colombianos: la fe.

La fe de creer que este país sí puede salir adelante. Que Colombia aún tiene talento, disciplina y gente extraordinaria dispuesta a construir un mejor futuro.

Por eso nuestra responsabilidad en los próximos días es votar estratégicamente. Colombia se está jugando la posibilidad de seguir profundizando su deterioro o empezar a corregir el rumbo. Es cierto, no tenemos un candidato ideal; lastimosamente, no lo hay. Pero quien gane no puede representar la continuidad del gobierno actual.

Necesariamente, quien llegue a la Presidencia tendrá que rodearse de un gabinete digno, honorable y técnicamente preparado, que le ayude a convertirse en el presidente que Colombia necesita.

Que la fatiga estratégica no siga arrebatándonos la posibilidad de anticiparnos a un mejor país.

Nazly Riveros Rodríguez, consultora estratégica