OPINIÓN

Nazly Riveros Rodríguez

El liderazgo que hoy Colombia necesita no es populista: es competente

La diferencia entre populismo y competencia se hace visible cuando el liderazgo y las decisiones que derivan de su ejercicio dejan de ser cómodas y empiezan a tener impacto real sobre el rumbo y los resultados.
22 de enero de 2026, 10:44 p. m.

Durante años, en Colombia se ha confundido el liderazgo con la capacidad de movilizar emociones y construir adhesión inmediata. Se ha privilegiado la narrativa atractiva, la promesa amplia y la cercanía discursiva, mientras se relegaba a un segundo plano lo verdaderamente determinante: la competencia para tomar decisiones estratégicas, ejecutar con rigor y sostener resultados en contextos complejos.

Este desbalance no es exclusivo del ámbito político. También se reproduce en el mundo empresarial y corporativo donde con frecuencia se confunde liderazgo con visibilidad, actividad con estrategia y comunicación con capacidad real de decisión. Como advirtió Peter Drucker, liderar no es estilo ni popularidad; es asumir responsabilidad por los resultados. La narrativa puede generar adhesión, la competencia es la que sostiene resultados, organizaciones y países en el tiempo.

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Hoy, tanto el Estado como las empresas enfrentan un entorno de incertidumbre estructural: presión sobre los costos, fragmentación institucional, riesgos reputacionales, cambios regulatorios constantes, transformación tecnológica acelerada y crisis que ya no anuncian su llegada. En este contexto, el liderazgo reactivo, orientado al corto plazo o condicionado por la aprobación inmediata, resulta claramente insuficiente. Lo que se requiere es criterio estratégico, no solo capacidad de persuasión.

El liderazgo competente no se mide por su popularidad ni por su habilidad para construir consensos artificiales. Se mide por la disposición a asumir decisiones difíciles, incluso cuando no son cómodas ni rentables en el corto plazo. Es el liderazgo que prioriza con criterio, que sabe renunciar a lo accesorio y que actúa con responsabilidad en escenarios de incertidumbre, entendiendo que postergar decisiones hoy suele amplificar las crisis de mañana.

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En el ámbito corporativo, esto se traduce en líderes que no se limitan a administrar indicadores, sino que comprenden el negocio como un sistema: su exposición al riesgo, su entorno competitivo, su reputación, su capital humano y su sostenibilidad. Líderes capaces de decir no, de corregir a tiempo y de distinguir entre estar ocupados y crear valor real. En contextos complejos, el fracaso estratégico rara vez nace de la ignorancia; suele nacer de la incapacidad de convertir información en decisiones oportunas.

La incompetencia en el liderazgo, tanto público como privado, rara vez se manifiesta de forma abrupta. Aparece de manera silenciosa: riesgos subestimados, señales ignoradas, decisiones diferidas, responsabilidades diluidas. Pero siempre termina pasando factura. En las empresas, se expresa en pérdida de competitividad, crisis reputacionales y desgaste interno. En el país, se traduce en desconfianza, fragmentación institucional y frustración colectiva.

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Colombia necesita elevar el estándar del liderazgo, especialmente de cara a los próximos años. No se trata de exigir líderes infalibles, sino líderes preparados: con formación, experiencia real en decisiones complejas y capacidad para sostener una estrategia más allá del ciclo político o mediático. Liderar no es prometer más; es ejecutar con responsabilidad.

En un entorno donde el riesgo dejó de ser únicamente operativo para convertirse en estratégico, liderar exige lectura de escenarios, anticipación de impactos y responsabilidad en la toma de decisiones. Supone gobernar organizaciones y países con información, análisis y criterio, no desde narrativas efectistas que rinden en el corto plazo, pero debilitan el largo.

El liderazgo que Colombia necesita no es el que promete todo ni el que busca agradar a todos. Es el liderazgo que sabe qué priorizar, qué ejecutar y qué decisiones no se pueden seguir aplazando.

En el mundo corporativo y en el Estado, la distancia entre populismo y competencia se hace visible cuando el liderazgo y las decisiones que derivan de su ejercicio dejan de ser cómodas y empiezan a tener impacto real sobre el rumbo y los resultados.

Nazly Riveros Rodríguez, consultora estratégica en seguridad



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