OPINIÓN

Carolina Escobar Velásquez

Perder es ganar un poco

A partir de la pérdida de su esposo y de un episodio que transformó su manera de ver la vida, la autora reflexiona sobre el duelo, la esperanza y la capacidad humana de reconstruirse cuando todo parece haberse derrumbado.
12 de junio de 2026 a las 5:34 p. m.

Durante años, esta frase, pronunciada después de una derrota en 1994 por Francisco Maturana, entonces director técnico de la Selección Colombia, fue motivo de bromas y sarcasmo.

Tal vez nos faltaba experiencia para comprender que algunas verdades solo se entienden cuando la vida nos obliga a vivirlas.

Todos atravesamos pérdidas: un trabajo, una mascota, una amistad, una relación, dinero o un ser querido. Algunas duelen. Otras dividen la vida en dos: un antes y un después.

La más difícil de mi vida fue la muerte accidental de mi esposo.

Horas antes estábamos riendo, haciendo planes, imaginando el futuro. En un instante se fue todo.

Perdí a mi mejor amigo, al padre de mis hijos, a mi compañero de viajes, de deporte y de proyectos. Pero también perdí mucho más que una persona. Perdí sueños, certezas, estabilidad y una parte fundamental de mi identidad.

Mujeres brillantes, liderazgo contenido

Durante mucho tiempo recordé una frase que escuchamos desde niños: “la esperanza es lo último que se pierde”. En mi caso, incluso esa desapareció. Mi terapeuta lo diagnosticó con dos palabras precisas: desesperanza profunda.

Cuando se pierde la esperanza, uno llega a creer que ya no queda nada.

Hasta que una tarde, detenida en un semáforo, dos hombres armados apuntaron sus pistolas a mi frente para robarme.

Fue una situación que duró segundos, pero que cambió algo dentro de mí.

Mientras veía esas armas entendí algo que había olvidado. Yo sí tenía algo. Tenía mi vida. Y alguien estaba dispuesto a quitármela.

Por primera vez en mucho tiempo comprendí que poseía algo que mi esposo ya no tenía: la posibilidad de respirar, de elegir, de equivocarme, de reconstruir, de volver a empezar.

Ese día descubrí que no lo había perdido todo.

Es cierto que hay cosas irremplazables. Hay personas, proyectos y sueños que nunca regresan. Pero también es cierto que cada mañana en la que abrimos los ojos es más valiosa que la anterior, porque todos vivimos en una cuenta regresiva cuyo final desconocemos.

Cuando has perdido casi todo, ocurre algo inesperado. Se va el miedo, porque ya no hay mucho por perder y así comienzas a valorar de manera diferente lo que permanece. Lo que antes parecía un logro pequeño se convierte en una victoria enorme. Lo cotidiano se transforma en un privilegio. Y la gratitud deja de ser un discurso para convertirse en una forma de vivir.

Con el tiempo entendí que esta lección no pertenece únicamente a las personas. También ocurre en las familias, en las organizaciones e incluso en los países, donde las transformaciones profundas suelen venir acompañadas de pérdidas que, aunque dolorosas, terminan abriendo espacio para nuevas posibilidades.

A veces un líder recibe la responsabilidad de transformar una empresa que necesita evolucionar para sobrevivir y crecer. Llegan los relevos generacionales, las reestructuraciones, los cambios estratégicos o simplemente el reconocimiento de que algunas personas ya no comparten el rumbo que la organización ha decidido tomar.

En esos momentos también hay pérdidas. Se van compañeros valiosos, desaparecen dinámicas conocidas y se rompen certezas que parecían permanentes. El primer sentimiento suele ser parecido al duelo.

Sin embargo, quienes permanecen comienzan a descubrir algo distinto. Aparecen nuevos liderazgos, la cultura evoluciona, los resultados mejoran y surge una organización más preparada para enfrentar el futuro.

La pérdida no era el destino final. Era parte del proceso de transformación.

Eso no significa que toda pérdida sea buena ni que el sufrimiento tenga algo de romántico. Hay dolores que nunca desaparecen del todo. Hay ausencias que nos acompañan para siempre.

Pero también es cierto que las mayores pruebas de nuestra vida suelen revelarnos nuestro verdadero potencial y todas las fortalezas internas que desconocíamos.

Hoy el dolor de la pérdida sigue siendo una presencia silenciosa en mi camino. Ya no como una herida abierta, sino como un recordatorio permanente de la fragilidad de todo lo que amamos.

Y quizá ahí reside la paradoja que Maturana entendió antes que muchos de nosotros.

Perder no nos devuelve lo que se fue.

Pero a veces nos revela el valor inmenso de lo que todavía permanece y nos permite recibir aquello que estaba esperando a que estuviéramos listos para verlo.

Recordemos que perder solo es ganar un poco cuando la pérdida se convierte en aprendizaje y oportunidad; de lo contrario, es simplemente perder.

Y desde ahí, aunque parezca imposible, comienza nuevamente la vida.

Carolina Escobar Velásquez, CEO de la Fiduciaria Central