OPINIÓN

Romy Schaller

¿Y si la belleza fuera una necesidad?

La belleza queda reducida con frecuencia a una cuestión de apariencia, cuando durante siglos fue entendida como uno de los grandes valores que daban forma a la experiencia humana. Por ello, la autora de este artículo explora cómo aquello que no puede medirse sigue siendo fundamental para construir una vida plena y con propósito.
27 de julio de 2026 a las 7:26 p. m.

Hay palabras que el tiempo va desdibujando, y ‘belleza’ es una de ellas. Durante años la hemos reducido a una cuestión de mera apariencia; a veces, incluso, de vanidad. Sin darnos cuenta, dejamos de verla como aquello que durante siglos fue para filósofos, artistas, arquitectos y civilizaciones enteras: un valor fundamental. Y, sin embargo, la historia parece contar una versión muy distinta.

Antes de levantar rascacielos, levantamos templos. Antes de escribir tratados, pintamos las paredes de las cuevas. Antes de aprender a medir el mundo, aprendimos a contemplarlo. Las primeras ciudades reservaron espacio para plazas, jardines y lugares de encuentro. Las civilizaciones más antiguas tallaron piedra, compusieron música y construyeron monumentos que desafiaban toda lógica de eficiencia.

Resulta difícil creer que generaciones enteras dedicaran tiempo, talento y recursos a algo que fuera simplemente superficial. Tal vez intuían algo que apenas estamos empezando a recordar: que la belleza nunca fue un lujo, sino una necesidad humana.

Vivimos en una época fascinante. Nunca habíamos contado con tantas herramientas para prolongar la vida, medir nuestro rendimiento y optimizar casi cada aspecto de nuestra existencia. Pero, silenciosamente, otra pregunta empieza a abrirse camino: no solo cuánto queremos vivir, sino cómo queremos vivir.

Hace más de dos mil años, Aristóteles hablaba de la eudaimonía. Solemos traducirla como felicidad, aunque la palabra significa algo mucho más profundo: el florecimiento humano, una vida bien vivida en la que desarrollamos aquello que somos capaces de llegar a ser. Quizá esa conversación nunca dejó de acompañarnos, solo cambió de lenguaje.

La filosofía la llamó virtud; la psicología habla de bienestar; la neurociencia estudia cómo el entorno influye en nuestras emociones, decisiones y relaciones; y las tradiciones espirituales recuerdan que una vida plena necesita contemplación, gratitud, propósito y servicio. Todas parecen apuntar hacia una misma intuición: el ser humano no solo necesita sobrevivir, necesita significado. Y sospecho que la belleza forma parte de ese significado.

Tal vez por eso nunca he entendido el diseño como una actividad superficial. Diseñar no consiste únicamente en elegir materiales, proporciones o muebles. Es preguntarse cómo un espacio puede cambiar la manera en que una familia conversa, cómo una oficina puede inspirar mejores ideas, cómo un hotel puede hacer sentir bienvenido a un desconocido o cómo una casa puede convertirse en el escenario donde una vida encuentra refugio.

Los espacios no son simples contenedores: moldean hábitos, provocan emociones, guardan memoria y acompañan nuestras pérdidas, celebraciones y nuevos comienzos. Diseñar un espacio es, en el fondo, diseñar una experiencia humana.

Con frecuencia me preguntan por qué estudié filosofía si me dedico al diseño y al mundo empresarial. Durante mucho tiempo pensé que eran intereses distintos, pero hoy creo exactamente lo contrario. La filosofía me enseñó a hacer mejores preguntas; el diseño me enseñó que las ideas también pueden habitar un espacio.

Nunca sentí que estuviera recorriendo caminos diferentes. He estado explorando la misma pregunta desde distintos lugares: ¿Cómo construimos una vida que realmente valga la pena ser vivida? Vivimos en una cultura que ha aprendido a medir casi todo: la productividad, la rentabilidad, la esperanza de vida. Pero seguimos teniendo dificultades para explicar por qué una obra de arte puede conmovernos, por qué una ciudad puede inspirarnos o por qué una casa puede hacernos sentir, por fin, en paz. Quizá porque hay cosas que no pierden su valor por no poder medirse; al contrario, son precisamente las que terminan dándole sentido a todo lo demás.

Por eso sospecho que la belleza nunca fue un lujo reservado para cuando todo estuviera resuelto. Fue, desde el principio, una manera de recordarnos quiénes somos y cómo queremos vivir. Y tal vez esa sea una de las conversaciones más importantes de nuestro tiempo. Mientras aprendemos a vivir más años, no olvidemos preguntarnos cómo queremos habitarlos. Porque quizá la belleza no sea aquello que hace la vida más bonita, quizá sea una de las cosas que la hace verdaderamente humana.

Romy Schaller, CEO de Schaller Rossi & Partners