OPINIÓN

Greys Pérez Martínez

Rostros irreales y cuerpos imposibles: la trampa de la estética en la era digital

Con la expansión de la inteligencia artificial, el verdadero reto no es detener la innovación, sino desarrollar el criterio para distinguir lo técnicamente posible y lo éticamente responsable, evitando que la fantasía digital se convierta en un estándar que distorsione nuestra percepción de la belleza.
23 de julio de 2026 a las 9:15 p. m.

La disponibilidad de herramientas tecnológicas apoyadas en inteligencia artificial ha mejorado todos los aspectos de la vida humana y en el campo de la medicina, la estética y el bienestar no es la excepción. Sin embargo, ese mismo avance ha traído consigo un fenómeno que merece una reflexión: la percepción de la realidad alterada por estándares ficticios y en ocasiones inalcanzables.

En mi consulta recibo pacientes que más que realzar su propia esencia o mejorar funcional o estéticamente su cuerpo, desean parecerse a una fotografía alterada por inteligencia artificial, a un filtro de una aplicación o a un influencer que en muchos casos no luce así fuera de la pantalla.

Las redes han construido una utopía cruel: un escenario donde la apariencia parece haberse convertido en la principal carta de presentación, rostros sin poros, pieles perfectas, vidas permanentemente felices y cuerpos que desafían cualquier realidad biológica. Los filtros, la inteligencia artificial y las aplicaciones de edición, han logrado algo impensable hace apenas unos años: fabricar una versión idealizada del ser humano. El problema comienza cuando esa ficción deja de entenderse cómo entretenimiento y empieza a convertirse en el estándar con el que las personas comparan su propia realidad.

Convertirse en el proyecto más importante de la vida
La belleza puede ser una elección, pero la seguridad debe ser siempre la prioridad

Ahora bien, hay que decir que la amenaza no radica en la existencia de estas herramientas. La humanidad siempre ha recurrido al arte, al maquillaje, a la moda o a la fotografía para resaltar la belleza. La diferencia es que nunca antes la línea entre lo real y lo artificial había sido tan difícil de distinguir. Es allí donde comienza el riesgo, cuando la ficción deja de ser un juego visual para convertirse en un parámetro de comparación. Lo excepcional se transforma en cotidiano y lo artificial termina percibiéndose como natural.

La humanidad está expuesta voluntaria e involuntariamente a un universo digital donde la aprobación se mide en ‘me gusta’, seguidores y comentarios. Allí, el éxito parece depender más de la imagen que del conocimiento; más de la perfección estética que del carácter; más de la viralidad que del esfuerzo. Poco a poco se normalizan ideales imposibles que generan frustración, ansiedad, baja autoestima e incluso trastornos relacionados con la imagen corporal.

Pero eso no es todo. La verdadera preocupación surge cuando la búsqueda del bienestar es reemplazada por la necesidad de alcanzar una perfección digital que no existe. Es por ello que el bienestar debería entenderse desde una perspectiva mucho más amplia: cuidar el cuerpo, alimentarse adecuadamente, hacer ejercicio, dormir bien, prevenir enfermedades y aspirar a una vejez activa. Esos son los objetivos que realmente dignifican la vida y que ninguna tecnología debería eclipsar.

La tecnología no es el enemigo. Sería injusto desconocer que ha transformado positivamente el mundo. Con respecto a la medicina, nos ha permitido realizar diagnósticos más precisos, procedimientos menos invasivos y tratamientos más efectivos. Entonces, no debemos frenar la innovación, sino desarrollar el criterio para distinguir lo científicamente demostrado, lo técnicamente posible, lo éticamente responsable. Todo, para poder distinguir entre la realidad y la fantasía.

Como cirujana plástica creo que podemos modificar aquello que nos incomoda y buscar una imagen que nos haga sentir mejor, siempre que esa decisión nazca del bienestar y no de un falso ideal. La perfección del algoritmo y la belleza creada digitalmente no deberían convertirse en el ideal de la humanidad, porque solo nos conducirán a la frustración de perseguir lo inalcanzable.

La inteligencia artificial puede inspirar avances extraordinarios, pero nunca debería tener el poder de definir cómo debemos lucir ni cuánto valemos.

Dra. Greys Pérez Martínez, fundadora de Victoria Home Health and Spa